04 octubre 2009

EL PALOMAR

El palomar de las cartas
abre su imposible vuelo
desde las trémulas mesas
donde se apoya el recuerdo,
la gravedad de la ausencia,
el corazón, el silencio.
Este fragmento pertenece a una poesía de Miguel Hernández que desde que la elegí en el colegio para un trabajo de lengua me ha acompañado como un recuerdo íntimo, con sabor a lápiz con punta nueva, como el tacto de las gomas milán, como los parches de los pantalones de pana.
Desde pequeño, cuando me dijeron que allí arriba de gol sur se llamaba "el palomar", mi pensamiento unió poesía de Miguel Hernández con un trozo de la historia del Betis. El palomar, cuando allí arriba, tras un gol del Betis, se deslizaba el número en negro sobre blanco por los railes, se certificaban los goles. Siempre había una mirada huidiza en la barandilla tras la portería hacia ese sitio que me decía que no soñaba, que el gol era nuestro.
Qué envidia tenía de aquellos señores que desde allí mostraban al campo los números de la gloria.
El palomar del Betis... donde se apoya el recuerdo. Recuerdos de una infancia que queda lejos y que gracias a estas postales del alma podemos recuperar y pensar en tiempos mejores, mejores no por gloriosos, sino mejores porque en ellos evocan nuestros sueños.
Ahora, cada partido, cada vez que aparezco por la escalera de fondo, sigo el mismo ritual, miro a Gol Sur, y busco la torre del homenaje de la muralla humana del castillo del Betis. Y no la veo. No está, no la encuentra. La atalaya de tantos béticos aparece desmochada, vacía, y el triste pedestal que la sustentaba parece sujetar a la nada.
Me podeis decir que eran cuatro hierros oxidados, que no servía para nada, que no era más que papel mojado. Pero nada de eso me hará cambiar mi ritual de llegar al Villamarín y mirar allí buscando lo que ya no está.
Siempre pensé en la entrada del museo del Real Betis y el palomar, cuidado, limpio, en su puerta. Un sitio donde los béticos empezasen el pellizquito de saborear la historia de más de un siglo de su Betis. Una historia que, durante muchos años, estuvo marcada por los números míticos que en el palomar marcaban el pulso de cada partido en Heliópolis.
Ojalá, querido palomar, ojalá vea de nuevo salir de uno de tus rectangulares ojos los brazos alborozados de un bético celebrando un gol antes de, con cariño, poner el número que lo autentifica. Ojalá.

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