15 marzo 2010

Delibes, Higuaín y Messi

Miguel Delibes, maestro de maestros y "cazador que escribe" dejó su poso en el fútbol siendo cronista de los partidos del Valladolid en los años treinta. Don Miguel, que en paz descanse, solía escribir que "en el fútbol deben correr pelota y futbolista".

Su Valladolid, esta noche, corrió como un poseso. Pero víctima de su agonía y su urgencia clasificatoria, se olvidó de la pelota. Mal negocio. Agua al cuello, el Valladolid dibujó un partido áspero y bravo. Tras el SOS de Marcos en la previa - apología de la violencia para unos y apología de la desesperación para otros- el Madrid esperaba una suerte de Vietnam en Pucela. Revolucionado, duro y correoso, la tropa local buscó el cuerpo a cuerpo.

El Valladolid repartió de todo menos caramelos y Mejuto repartió tarjetas a diestro y siniestro. Para calentón local, templó gaitas cuando no debió hacerlo: Ramos, torpón y lento, derribó a Nauzet en un penalti de libro que subió el nivel de decibelios de la grada. Sin tregua, Nivaldo tumbó a Granero al borde del área. Fue una falta como un despertador para Cristiano. Onésimo, en El País, teorizó: "Creo en los futbolistas diferentes, aquellos que por sí solos cambian una situación". Y Cristiano Ronaldo, un futbolista diferente, cambió la situación. Puso su reloj en hora, pateó con violencia y entró un sputnik por la escuadra.

Encorajinado, el equipo local descargó un par de arreones. Nivaldo zapateó un libre directo y la pelota, entre Casillas y la madera, no besó la red de milagro. El propio Nivaldo, al filo del descanso, confundió aspereza con infamia.

Pisó de manera salvaje y cobarde la tibia de Cristiano de una manera tan desahogada como mezquina. Mejuto se guardó la amarilla y Ronaldo alucinó. Un cámara-chivato mostró la huella del crimen en la tibia del portugués, que se llevó una herida de guerra de Pucela, unos tacos clavados en su pierna. Higuaín, al filo del descanso, dejó su autógrafo en la red y aplacó el fuego local.

Tras el paso por vestuarios, la misma tónica. El Valladolid corrió mucho y pensó poco, un suicidio en el cara a cara con el Madrid que, sin nada del otro jueves, hizo sangre. Lo hizo con la misma receta de siempre, su pegada. Le bastó con no exponer y trenzar contragolpes directos para hacer leña del árbol caído. Casillas y Albiol firmaron autogol en la jugada tonta de la semana y Ramos, en su segunda torpeza de la noche, cometía penalti metiendo la mano donde no se debe.
Como a perro flaco todo son pulgas, el Madrid finiquitó de contra. Higuaín, escopeta de corcho en Champions pero Winchester de repetición en Liga, se reivindicó. Vacunó por partida doble, liquidó el partido y firmó un "hat-trick". A la intemperie, herido de muerte, el Valladolid arrojó la toalla. Con una autopista en cada banda, el ingeniero Pellegrini dio minutos a Raúl y Guti, la vieja guardia. De ahí al final, piloto automático para el Madrid. "El estadio de la pulmonía" era una prueba de vida para el Real Madrid. Salió airoso. Después del batacazo de Champions y con Pellegrini como blanco fácil, el Madrid arrancó una victoria para evitar la depresión. Ante un equipo ofuscado y frágil, el Madrid firmó un ejercicio de autoridad con una versión Higuaín 3.0 en Zorrilla.
Antes, en la otra ventanilla de la Liga, asomó un Barça con dos caras en el Camp Nou. En el primer acto, el equipo de Guardiola sesteó y palideció ante un Valencia sin Villa que cerró los pasillos de seguridad de Guardiola, tapó los costados y plantó un campo de minas en el centro del campo. Banega, "Chori" Domínguez y Jordi Alba - enorme el chaval ante Alves- ponían un nudo en la garganta del Camp Nou. Tras el descanso, Guardiola buscó luz entra la espesura.
Apostó por abrir el campo, sentó a Bojan - que más que colmillos aún tiene dientes de leche- y acomodó en ese perfil al discutido Henry. Ese resquicio lo aprovechó el francés, que estuvo redentor, solidario y generoso. Tiró desmarques de ruptura, se movió con inteligencia y abrió un boquete en el muro ché, hasta entonces, granítico.
A campo abierto, con Xavi más lúcido, Pedrito poniendo corazón y Busquets de coche-escoba, el Barça encontró su ritmo. Messi, siempre Messi, firmó el primero con una de sus obras de arte. San Valdés, que no frena a la hora de llamar a las puertas de la selección, sacó el empate a Zigic y segundos después, Maduro se fue a la caseta por doble amarilla.
Con el partido en el zurrón, Aerolíneas Argentinas Messi sobrevoló el área de César y dejó dos delicatessen más. Fueron una estocada hasta la bola para el Valencia. Messi, a lo Juan Palomo, ejecutó el segundo, digno de un museo.
Y de postre, Messi, siempre él, todo electricidad, hizo el tercero. Su cuarto "hat-trick" como culé. Pep Guardiola, agradecido, le premió a un minuto del final. Cambio, ovación del respetable, dos orejas y rabo.
El argentino, en otra actuación memorable, volvió a abrir la puerta grande del Camp Nou. Lo consiguió con tanta fantasía y brillo como simpleza. Aplicando la fórmula del maestro Delibes: "En el fútbol deben correr pelota y futbolista". Messi vive parafraseando a Delibes. La pelota siempre le obedece.

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