05 julio 2010

Las pelotas de Torres

El Mundial colecciona seleccionadores en el corredor de la muerte. Raymond Doménech, monumento a la mala educación, se ha convertido en enemigo público número uno de Francia. Marcello Lippi se iba a comer el mundo y el Mundial se lo zampó a él. Fabio Capello, curtido en mil batallas, llegó como favorito y se marchó como un desecho de tienta. Maradona, amado y odiado, pero apoyado, tapó bocas en primera fase y ahora se siente como si le hubiera arrancado la cabeza un gancho de Muhammad Alí. Sven Goran Eriksson llegó como gurú de Costa de Marfil, pero lleva varios días esquiando en Suecia.

El número uno en nudos de corbata Windsor, Carlos Queiroz, recibió una doble extremaunción. En el campo le jubiló España y fuera del campo le remató Cristiano Ronaldo. Por último, Dunga, que traicionó el "jobo bonito" por la samba de hierro y llevó tanta gloria como paz dejó. Hijos de los resultados, todos se fueron para casa antes de lo que les hubiera gustado. Atendiendo a esa larga fila de cadáveres deportivos, resulta irritante la situación de Vicente Del Bosque, aún vivo y coleando en un Mundial que empezó de nalgas. Mientras algunos piensan más en hacer balance que en seguir soñando, a Del Bosque se le pide consenso en sus decisiones, cuando a Vicente le pagan por tomarlas. El paisaje hacia el seleccionador es estresante y estomagante. Va en el cargo que Vicente tolere opiniones de un ex seleccionador que se ha ganado el derecho a opinar, pero que no ha sido elegante ni diplomático.

También va en el sueldo escuchar que a algunos periodistas les guste jugar con cinco centrocampistas y que otros critiquen el doble pivote. Del Bosque, modélico en el fondo y en la forma, acepta barco como animal acuático.

Pero toda paciencia, hasta la de Vicente que parece el Santo Job, tiene un límite. Persistir en el error empieza a ser un ejercicio de estupidez supina o peor aún, de cobardía y retranca hacia el seleccionador y sus futbolistas. Algunos que no venderían hielo ni a los esquimales deberían recordar que la España de Vicente del Bosque ha roto su maleficio de cuartos de final. Que está en semifinales por primera vez en la historia.

Y que aspira a ser campeona del mundo, un hito sin precedentes. Jamás se había conseguido esta meta, jamás se había tenido un seleccionador tan conciliador y jamás se había tenido una generación de jugadores tan buenos como los de ahora. Eso debería bastar y sobrar para zanjar debates infantiles sobre el doble pivote. Debería ser suficiente para dejar de engañar al prójimo con esa cantinela de que los rivales son muy malos.

Tendría que animar al personal a no alimentar el morbo entre Casillas y Carbonero. Sería un ejercicio de responsabilidad olvidarse de si Luis reparte cera o caramelos en Al Jazeera. Y por supuesto, sería un momento inmejorable para dejar ya en paz a Fernando Torres.

España está en semifinales y tiene un sueño por delante. Asesinar la reputación del hombre que le hizo Campeón de Europa sólo sembrará dudas. Fernando no las merece. Una cosa es que FT9 no esté en su mejor momento y otra cosa, bien diferente, es presentarle como un lastre. Y una cosa es que Del Bosque sea una persona entrañable y otra bien diferente es que se le pinte como un señor bonachón con una flor en el culo.

Los dos se merecen un respeto. El mejor ejemplo es Casillas, que tampoco vivía su mejor momento en Sudáfrica. Servidor habría apostado por Valdés, pero Del Bosque demostró que a los grandes siempre hay que esperarles y San Iker respondió siendo el héroe en los cuartos. En eso consiste ser entrenador, en tomar decisiones. Y Del Bosque ha tomado la suya: Esperará a Torres. Porque es un grande, porque ha peleado como nadie por llegar al Mundial, porque es un referente de esta selección y porque se vacía como nadie en cada partido.

Cuando Diego Maradona jugaba en el Barça, el alemán Uddo Lattek le hacía entrenar con balones medicinales de diez kilos y aquello terminó en tragedia: "Recuerdo las pelotas con las que nos hacía entrenar el alemán. No se podía creer, viejo. Con Lattek, cuanto más importante era el partido, más pesadas eran las pelotas. Y las mías ya estaban llenas". Entre tanto debate, tanta milonga y tanto niño muerto, tengo la impresión de que las pelotas de Vicente Del Bosque también están llenas. Y las de Fernando Torres, a rebosar. Con perdón.

Posdata: España está en semifinales por primera vez. Es hora de disfrutar y soñar, no de señalar culpables y alimentar debates. Enfrente estará la Alemania más potente que se recuerda. Los españoles podemos. Pero unidos y sin fisuras. Todos a una.

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