25 diciembre 2011

Vuelta al pasado

Hacer ahora veinte años, el día de la Natividad cristiana, se extendía el acta de defunción del Estado soviético ateo. En efecto, el 25 de diciembre de 1991 dejó de existir, sin ceremonial especial, el mayor imperio surgido en el siglo XX.

Pero ese final -tras una metástasis muy rápida en los últimos cuatro meses- se había iniciado con la elección de Mijail Gorbachov, en febrero de 1985, como secretario general del PCUS. Un nombre bastante joven (frente a la gerontocracia característica en los países comunistas) para enfrentarse a una situación en la que la vieja URSS sufría numerosos achaques. La realidad económica era muy mala, el ejército llevaba seis años enfangado en el arisco Afganistán, el sistema productivo era ineficaz y la industria, obsoleta. Así, la explosión del reactor nuclear de Chernobil fue, sólo un año después, un anticipo y metáfora de lo que sucedería con la propia URSS un lustro más tarde.

En los años 80 los países satélites comenzaron a alejarse de un sol en declive. Los procesos democráticos e identitarios frente a Moscú se sucederían sin que el nuevo dirigente del Kremlin interviniese. Sus colaboradores calificaron esto como doctrina Sinatra (por My Way) que suponía que, frente a las injerencias de la URSS de Brevnev, debía entenderse que cada país socialista debía evolucionar a su manera. El derrumbe del muro como icono de opresión fue la ruptura de un dique, siendo esencial la actitud de Juan Pablo II.

Pero otro fenómeno impulsó el derrumbe de la URSS: la Perestroika como programa reformista que pretendía, más que democratizar verdaderamente el país, introducir los cambios necesarios para que el sistema sobreviviese. Pero el modelo estaba tan petrificado, anticuado e inviable que las reformas ahondaron las grietas de un sistema político y económico acartonado.

Esas reformas y medidas liberalizadoras pretendían modernizar un país anclado en el pasado. Esto, en un país acostumbrado a muchos controles e ineficiencias, sacudió las instituciones y la propia sociedad. Desde el regreso de deportados (como Sajarov) a la introducción de unas libertades muy básicas pero hasta entonces desconocidas en la URSS, los cambios que pretendían salvar al sistema parecía que podían terminar con él.

Así lo entendieron los sectores más conservadores y ortodoxos del Soviet Supremo, el Politburó, la KGB, etcétera, que se confabularon para acabar con Gorbachov antes de que éste acabase con la URSS. Precisamente con esas corrientes más recalcitrantes había pactado éste en 1990, cediendo en sus reformas e intentando mantenerse al frente de un timón en riesgo de naufragio. Ellos propiciaron el golpe de Estado el 19 de agosto de 1991 contra Gorbachov y cuyo desenlace frustrado -en parte por un pésimo diseño- produjo el efecto inaudito de que fracasando un golpe de Estado el propio Estado desapareciese. Queriendo extirpar un tumor provocaron una metástasis.

Era aquélla de las principales críticas y, ciertamente, era realidad: el desorden y el caos eran muy ajenos a lo que los ciudadanos de la URSS habían conocido nunca, al igual que era muy novedosa y extraña para ellos la eclosión de libertades.

El heredero de la Gran Rusia, Boris Yeltsin, artífice de contención de la fallida vuelta a la caverna, asumió también esa situación de desorden y desde planteamientos genuinamente nacionalistas y más democráticos que su antecesor, profundizó la senda reformista y de libertades jamás conocidas por los rusos. Pero los más refractarios continuaron intentando evitar este proceso que con luces y sombras puede calificarse, junto al periodo de Gorbachov, como primavera de la libertad.

Desbordado por los acontecimientos, en una fecha también significativa, un 31 de diciembre de 1999, convocaría una sorpresiva rueda de prensa y anunciaría que dimitía y proponía como sucesor al primer ministro nombrado pocos meses antes. Entregaba todo el poder a Vladimir Putin… Comenzaba el invierno…

Con gran capacidad analítica como experto que era del KGB, Putin imprimió un giro de rumbo y conectó con amplias capas sociales que, además de recuperar el orgullo patrio perdido y humillado, pedían, sobre todo, la vuelta al orden.

Putin consideró que no tendría problemas para que los ciudadanos rusos renunciasen a libertades que, salvo la breve primavera mencionada, apenas habían conocido, a cambio de seguridades, certidumbres y ausencia de improvisación o riesgos. Por eso, especialmente Gorbachov y también Yeltsin no son apreciados en su país. Y por ello, en cambio, Putin tiene respaldo. Aparte está la prosperidad económica rusa (muy localizada en Moscú, santuario del lujo) sobre el elevado precio de los recursos naturales. No obstante, ese crecimiento tiene unos pies de barro, pues su economía no está asentada sobre bases sólidas productivas y la especulación y el mercado negro tienen unas derivaciones mafiosas extendidas como una hidra gigantesca cuya expansión es letal. Se ha pasado del poder ideológico al imperio del business.

Frente a eso, la generalización de corrupción, los recortes de derechos y libertades y la aceptación resignada de la situación eran asumidos por una sociedad adormecida y pasiva donde la esperanza de un futuro diferente no existía. Putin se retiró -sólo un poco y como primer ministro- por imperativo constitucional tras estar ocho años como presidente. Con derecho a recuperar su silla del águila, como diría Carlos Fuentes, lo cedió a una persona, Medvédev, con una apariencia de más modernidad, como rostro amable de un programa totalizador de todos los proyectos e iniciativas sociales, políticas y económicas.

Aprendió Putin bien de los enfrentamientos de su antecesor con el Parlamento y configuró un partido a su imagen y semejanza que le asegurase el total control y la ausencia de crítica. Rusia Unida fue ese partido creado desde su amplísimo poder. Incluso desde ahí se alentaron partidos satélites para dar apariencia de un pluralismo institucionalmente inexistente.

El próximo marzo serán las elecciones presidenciales, en las que Putin quiere volver a asumir la jefatura de Estado. Y pese al retroceso sufrido en las elecciones legislativas que se acaban de celebrar, la hegemonía de su partido es enorme y escasas son las posibilidades de quienes postulan un modelo democrático y liberal, los cuales siguen fuera del nuevo Parlamento. No tendrán un candidato que tenga mínimas posibilidades. La única oposición es la de los comunistas. Putin reforzará los controles, incrementará el fraude, se postulará como más potente de su propio partido, recolectará votos de Rusia Justa y, así las cosas, se llegará a un 65% de voto a su candidatura. No hay que olvidar que lo que ahora ha sido muy alto es la abstención real, compensada con la espectacular y falseada participación en algunas zonas.

Pero así como las trampas electorales ya se hacían antes, ahora la sociedad empieza a estar muy hastiada de una forma de ejercer el poder como puro negocio. El hartazgo ante un bandidaje de los dirigentes ha hecho lo que no acontecía desde hace 20 años: que una parte de la población (cuantitativamente no muy numerosa pero significativa históricamente) saliera a las calles denunciando al poder corrupto. La reaparición pública de Gorby es de rotunda crítica al montaje de los okupas convertidos en propietarios cuasi vitalicios del poder. Putin debería tomar nota de los movimientos populares en otras zonas del mundo que se han llevado por delante, como vendavales inesperados, a dirigentes que parecían consolidados.

LA ALTERNANCIA en el poder es un elemento consustancial a la democracia. Que la oposición tenga posibilidades de alcanzar una mínima representación es esencial. Las sociedades modernas son, cada vez más (salvo que exista un dirigismo dominante), plurales y esto debe reflejarse en una elecciones que además de trasparentes deberían ser libres y con igualdad de oportunidades. Las celebradas ahora para la Duma no lo han sido y cerraban toda posibilidad de alternancia. El enroque Putin-Medvédev, anunciado hace dos meses, ha reforzado ese distanciamiento del pueblo. A nivel político, si no hay una mínima incertidumbre no es que no haya emoción, es que no hay democracia.

Si todo está orientado por un proyecto único, totalizador y que se perpetúa (tras la reciente reforma constitucional podrán ser doce años más de quien lleva otros tantos dirigiendo todo), podremos seguir admirando la cultura, la historia y tantos aspectos apasionantes de ese maravilloso pueblo, pero no podrá calificarse de democracia lo que hay en Rusia. En este sentido, las irregularidades de los recientes comicios han sido abundantes (aunque no mayores que en los demás países ex soviéticos salvo los bálticos y Ucrania). El Informe de la OSCE es muy contundente y contrasta con el silencio de los dirigentes de la Unión Europea, muy condicionados por los intereses comerciales con Rusia.

El metro de Moscú es uno de los emblemas de este gran país. En los días previos a las elecciones del 4 de diciembre, el reverso de los billetes que se vendían -normalmente un espacio en blanco- estaba ocupado por propaganda del partido, que en otros tiempo era el comunista y que hoy es Rusia Unida. Era el billete al pasado. Una anécdota que simboliza perfectamente el presente.

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