03 febrero 2012

El cine social da pereza

«No somos conscientes de la importancia de la educación pública, sin distinción de clases. No somos conscientes de lo peligroso que es ponerla en cuestión, como se está haciendo ahora. Eso por no hablar del despretigio social que están sufriendo los maestros desde la clase política. Esto es lo más peligroso». Icíar Bollaín no es ministra. Se nota porque, entre frase y frase, sonríe. En eso y en que cuando habla se la entiende casi todo. 

Y, pese a ello, lanza frases como la de arriba sin mover una pestaña. Privilegio de ministros. El motivo de tan acalorada proclama es Katmandú, un espejo en el cielo, su última película a vueltas con la historia de la maestra Vicky Subirana. «Me ofrecieron hacer un biopic, pero no...». Y en los puntos suspensivos la directora deja el relato de una mujer a brazo partido contra la realidad en la más dura realidad de Nepal. Allí llegó la catalana citada y montó una escuela para los más desfavorecidos, para los que por no tener, no tienen ni nombre. «La película en realidad habla de la recuparación de la dignidad y eso vale en Nepal o en cualquier parte del mundo», concluye Bollaín, la ya, y a todos los efectos, ex ministra. 

La cinta, de alguna manera, insiste en el tono reivindacativo y voraz de una filmografía siempre pendiente de lo que ocurre, de lo real. ¿Cine social, acaso? «No, por favor. La etiqueta, la verdad, suena a hacer lo deberes; da mucha pereza. Prefiero pensar que hago cine de lo que me motiva, de lo que me hace pensar. No tengo ninguna vocación de dar la matraca a nadie. Lo único que me gusta es hacer cine». Queda claro. De hecho, Katmandú viaja exclusivamente pendiente de la mirada de los personajes. Toda la película la conforman los ojos de Verónica Echegui y lo de la debutante y actriz por accidente Saumyata Bhattarai. 

«Trabajar con gente que no son actores es mucho más difícil, pero cuando consigues lo que quieres son imbatibles. Lo que te dan es pura verdad». El comentario abre el largo y tortuoso relato de un rodaje construido día a día entre la improvisación y el simple accidente. «Hablamos de un país donde puede haber cortes de luz de hasta 14 horas, donde las calles no tienen nombre... Simplemente no entendían nuestras necesidades. Allí el tamaño de los rodajes es mucho menor». 

De este modo, la directora ha completado, entre su anterior película (También la lluvia) y ésta, el más largo periplo del cine español lejos de España. ¿Cuánto de exotismo hay en estas dos películas? «Es algo frecuente al visitar un país tercermundista, el creer que lo nuestro es lo bueno. Es lo primero que hay que manejar con cuidado. Hay tradiciones y supersticiones perfectamente respetables, pero hay otras que no lo son». Para ilustrar lo último, explica la tradición de la dote que hace que en la India medio millón de mujeres aborten si esperan una niña. «Es un auténtico genocidio». Y sigue: «No ha sido premeditado el viajar tanto. Simplemente ha salido así y, además, de forma muy seguida. Generalmente, entre cada uno de mis trabajos pasa más tiempo. Esta vez no, y no sé decir por qué. Es bueno, eso sí, que el cine español viaje y conozca otros mundos». 

Y dicho lo cual, y en calidad de la ex vicepresidenta de la Academia de Cine que es, se muestra convencida de que un sistema mixto entre la subvención directa y la desgravación fiscal (lo que anuncia el actual ministro) puede ser bueno. «En compañía de un productor, he visitado más de un banco o un posible inversor, y la verdad es que resulta muy aleccionador verte delante de alguien que puede poner dinero en tu proyecto y tener que explicarle quién eres, qué vas a hacer y cuánto va a costar. Ésta puede ser una manera de acercar definitivamente el cine al público». Habla y, qué cosas, vuelva a parecer ministra.

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