21 febrero 2012

El mundo en un libro

La honestidad es para António Lobo Antunes (Lisboa, 1942) lo que el tiempo para San Agustín. Cuando le preguntan lo que es, no lo sabe. Pero cuando no se lo preguntan, sí. Lo sabe porque la ejercita cada día, tanto en su vida cotidiana como a la hora de enfrentarse a la materia narrativa de cada nuevo libro sin hacer concesiones ni a la puntuación siquiera. La honestidad, incluso desde el registro formal, parece haber modelado con el tiempo su hipnótico estilo cargado de lirismo y simbología onírica por partes iguales, más aquí y a la vez más allá del mero fluir de conciencia. 

«La honestidad desde el punto de vista humano significa muchísimo, pero desde la perspectiva literaria, no lo sé muy bien», reconoce el escritor luso, habitual candidato al Nobel. Y lo confiesa horas antes de protagonizar un coloquio junto a Juan Marsé (Barcelona, 1933) justamente sobre La honestidad en el ciclo Virtudes del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB). Una serie de conferencias y ponencias sobre las cualidades democráticas de la que ya han participado expertos en filosofía, política y humanidades como Tzvetan Todorov, Joanna Bourke o Claudio Lomnitz. 

Y la sinceridad del autor de Buenas tardes las cosas de aquí abajo no es impostada. «No he preparado nada, nunca sé lo que voy a decir», confiesa. Un rasgo que ya es una metodología de escritura en un autor que prefiere «hacer trabajar la mano» antes que trazar un plan o pensar la estructura de la novela que trae entre manos. «He descubierto que un libro es un organismo vivo, independiente del escritor. Tiene su propio temperamento y por eso acaba siendo otra cosa», explica. 

Y otra cosa, muy diferente a sus anteriores títulos, es su última obra: ¿Qué caballos son aquellos que hacen sombra en el mar? (Mondadori), no sólo por la historia narrada. Historia o relato que, por lo demás, a Lobo Antunes no suele interesarle mucho. «Lo que yo quiero es poner el mundo entre las cubiertas de un libro», señala. «La narración o los personajes me interesan sólo como una manera de atraer al lector hacia símbolos más profundos, porque las grandes narraciones son siempre simbólicas». 

La simbología de ¿Qué caballos son aquellos… pasa por una corrida de toros, cuyas partes organizan los capítulos de la novela. El animal de lidia es la matriarca de una arruinada familia ganadera en su lecho de muerte. Lecho en torno al que giran las voces de sus hijos (desde el ambicioso primogénito dispuesto a conservar como sea la fortuna familiar o la niña adicta aficionada a los bajos fondos, a la que carga con dos matrimonios fracasados a cuestas o el hijo predilecto cuya homosexualidad deshonra a la familia) e incluso la voz de la vieja criada. Una decadencia familiar, a caballo entre Lisboa y el arcaico entorno rural, que resuena en la imagen de la lidia. 

«Una corrida de toros tiene una gran carga simbólica, es mucho más que un ritual o un espectáculo», concede el autor. «Había intentado con libros anteriores adaptarlos a su estructura y no la aceptaban. Finalmente con esta novela lo he conseguido y me he quedado contento», explica. Lo cierto es que la obra tiene mucho de novela coral con ecos de Mientras agonizo de Faulkner. Aunque Lobo Antunes no los niega, matiza: «Mientras la escribía no la consideraba una novela polifónica. Tenía la impresión de que era siempre la misma voz con variaciones». 

Una voz que en el caso del primer monólogo del personaje de Beatriz se atreve incluso a interpelar al escritor António Lobo Antunes que hilvana sus palabras. Un juego autorreferencial inusual hasta ahora en el luso. «No se puede ser hipócrita», se sincera. «Si uno no cree que es el mejor y que escribe cosas jamás escritas, para qué hacerlo». 

El de escritor es un «oficio raro», piensa el portugués. «Porque te la pasas jugando como un niño a juntar palabritas, mientras ahí fuera la vida sigue», reflexiona el médico que sirvió a su país en la guerra de Angola. A su regreso a Lisboa, Lobo Antunes se especializó en psiquiatría y ejerció durante algunos años, pero no tardaría mucho en dejarlo todo por las letras. «Muchas veces me he preguntado por qué», añade en referencia a ese raro oficio que lo gobierna. Y la respuesta es obvia: «Tengo la sensación de que no soy dueño de lo que hago», confiesa. 

Puede que lo acusen de idealista, pero hay ciertas zonas oscuras que lo gobiernan de las que no quiere indagar en demasía. Entre otras cosas, porque a sus 69 años Lobo Antunes sigue manteniendo una fe inquebrantable en lo que llama «el misterio infinito de la creación». «Se han escrito millares de libros sobre Lewis Carol y he leído muchos, sin embargo el misterio de Alicia sigue intacto», explica. 
«Como lector, me gustan los libros que dan trabajo. Creo que los libros no hablan, sino que escuchan; somos los lectores los que hablamos», añade. Y si Lobo Antunes lleva razón, entonces ¿Qué caballos son aquellos… escucha al lector de una manera más diáfana y despojada que sus anteriores novelas. ¿Se trata de una evolución de su estilo? «Claro que me gustaría quitar toda la grasa literaria y escribir en el hueso, pero nunca tengo la certeza de haberlo conseguido», concluye.

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