Pánico en sus caras

Hay quien ve la historia de los ERE y las elecciones autonómicas como una de esas películas de acción en las que el atribulado héroe se dispone a cortar el cable rojo o el cable verde de la bomba, cuyo cronómetro, angustiosamente, corre hacia el cero. Según esa versión el cero correspondería aquí a las nueve de la mañana del domingo 25 de marzo, cuando se abran las puertas de los colegios electorales. Hacia ese punto confluyen el río de basura que continúa apareciendo y el esfuerzo del PSOE por remontar todos los sondeos que tiene en contra y desmentir todas las voces que apuestan porque la cosa saltará por los aires.

Pueden apelar a confabulaciones y voluntades compradas, señalar a la juez Alaya con insinuaciones más o menos veladas. Pero el hecho es que cada día manece con un nuevo revés para los socialistas, aspirantes a su enésima reválida. En el penúltimo capítulo, Javier Guerrero surge de entre un paisaje arrasado y se presta a tirar voluntariamente de la manta. Seis horas cantando bajo la lluvia. Ante la Guardia Civil. Ex director general de Trabajo y Seguridad Social que previamente se vio sometido él mismo a otro tirón de manta por parte de su antiguo chófer, que lo acusó de consumir cantidades industriales de coca y putas pagadas con el dinero de los andaluces.

A saber en qué punto termina la verdadera podredumbre y dónde la realidad empieza a hacer aguas en beneficio del thriler. Guerrero ha hablado de Gaspar Zarrías y del consejillo de viceconsejeros, de papeles y documentos destruidos. Todo tiene un aire más de película de rateros y drogatas que echan la mercancía por el retrete que de una de sofisticados ladrones. No se sabe hasta qué punto es fiable ese imputado que ahora intenta salpicar a todos los que lo rodearon en los tiempos felices del despilfarro y el atraco. Lo que sí parece claro es que la chapuza, la improvisación y el caos propio de los saqueadores imperó en toda esa red de sangrado al erario público. Compadreo y maneras de taberna del Simenon más negro.

La traqueteada Justicia dirá cómo, cuándo y quién. Acotará la cuestión más allá de las interpretaciones, los tufos y las sensaciones, pero en el aire queda un desánimo importante, un puño oscuro metido en el pecho de cada andaluz decente. Y la pregunta íntima, qué han hecho y qué están haciendo con nosotros. Hubo un tiempo en el que se hablaba del desencanto. Ese soplo de aire frío y desabrido se metió en aquella atmósfera calenturienta, enérgica, casi feliz, que nos prometieron algunos compases de la transición democrática. El choque con la realidad dejó una fina melancolía flotando en aquel aire revuelto, ya algo viciado. Pero tan respirable, todavía tan lleno de futuro. No de un futuro matemático, pura suma de meses y segundos, sino de porvenir, de ciertas ilusiones. Frente a la pestilencia y la desolación de hoy, al lado de este aire sombrío y de estos escombros que nos rodean, aquel desencanto es aire de montaña, oxígeno en estado puro.

El descrédito es la moneda de cambio. El ahora comunicativo Guerrero dice que las ayudas que ellos daban a unos y a otros eran "discrecionales pero no arbitrarias". Una especie de tómbola podrida, quiere decir.

Tienen ante sí cincuenta cables que explotan y uno que no. La tensión zumba como un pitido de tren. «¿Me ven ustedes con cara de pánico?», preguntaba el consejero de Empleo, salpicado por el locuaz Guerrero. No. No se le ve cara de pánico. Ni a él ni a nadie de quienes se pasean por bancadas y despachos oficiales. Aquí solo se han visto sonrisas, caras impasibles y, como mucho, algún entrecejo fruncido. Eso es lo malo. Las caras de pánico se quedan a este lado de la barrera.

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