18 marzo 2012

Un cambio de civilizacion

Por uno de los costados del Teatro Real, Edgar Morin tira con entusiasmo de su esqueleto de hueso fino, casi una leve arquitectura de pájaro. Anda a pequeños saltos de jilguero. Viene coronado por una gorra beige de comandante de la tarde y al cuello un pañuelo colorado. Tiene el centro de gravedad en los ojos, que le hacen de raya del pensamiento en un rostro afilado. De tanto mirar son casi fluorescentes. Morin pide sol. Terraza y sol. Y le damos el Café de Oriente. Allí, en un combinado simbólico de inteligencia irrefrenable y fotosíntesis, empieza a disparar ideas, sospechas, recuerdos, certezas, lejos del panal de admiradores y discípulos que lo cercaban el día de antes en el Instituto Francés y alrededores... 

Es un sociólogo que trasciende la sociología y remata en el confuso lugar del pensamiento con mil saberes acumulados por dentro del cráneo. Ha cruzado casi entero el siglo XX participando en él con vocación de compromiso, observando sus movimientos superlativos, asomado a todos los saraos sin que eso lo haya arrinconado finalmente en el nihilismo. Edgar Morin mantiene una energía de pesimista sonriente o de optimista dotado de ese estado de lucidez que propician algunas depresiones. Nació en París en 1921 y a los 92 años es uno de los filósofos más destacados de Europa, un rolling stones de la razón cívica y crítica, impulsor del pensamiento complejo, articulado en una de sus grandes obras El Método (1977-2006). Participó en el Partido Frentista, en la Resistencia, en el comunismo (del que salió por patas en 1951)... Empuña un conocimiento donde está la sociología, la antropología, la biología, la historia, las ciencias de la información. Es un pensador planetario que mira este mundo sobrepasado de incertidumbres como a un submarino descapotable: un cacharro muy dotado para el naufragio. Pero no pierde la esperanza de que un día el hombre reformule este rumbo siniestro. De eso vino a hablar el pasado lunes al Instituto Francés de Madrid. Y nos fuimos después a tascas y cafés. Pasando por la Puerta del Sol. «Vayamos a la plaza de los indignados», pidió. Y allá que nos piramos. 

- Ha venido a hablar de esperanza ante un presente caníbal que no hace fácil creer en ella. 

- Lo sé. Actualmente hay más resignación, miedo y explosiones de furor colectivo que esperanza. No hay una idea clara de porvenir y eso genera una enorme inquietud social... Es muy distinto a lo que sucedió en otros momentos históricos de reivindicación cívica. Pienso en Mayo del 68, por ejemplo. Entonces convivían maoístas, libertarios, trotskistas... Pero todos coincidían en intentar favorecer las exigencias de una juventud que reclamaba más autonomía, más comunidad, más solidaridad... Hoy existen las aspiraciones, pero ningún partido ni ninguna fuerza da confianza para lograr los objetivos. Estoy seguro de que surgirán nuevas explosiones sociales, aunque no serán tampoco la solución a los problemas que nos cercan. No basta con la crítica. Es necesario plantear alternativas firmes, de consenso, razonadas. 

- ¿Qué se puede hacer? 

- Es necesario articular movimientos de gente con ideas. Ideas firmes para poder combatir uno de los grandes males de este momento: la especulación financiera. Como exposición de alternativas escribí La Vía. Para el futuro de la humanidad. Ahí he intentando recoger las iniciativas y expresiones que van en esa dirección. El presente nunca es inmutable. Está plagado de fuerzas subterráneas que trabajan en el cambio, en favor de acontecimientos inesperados. Todas las grandes transformaciones de la historia parecían imposibles cuando comenzaron. Piense en el mensaje de Buda, en el de Jesús, en el de Mahoma. Piense en la democracia ateniense. En los avances de la ciencia en el siglo XVII. En el socialismo. En el capitalismo... Lo inhumano es la inmovilidad. 

- ¿Tienen sentido las utopías? 

- Depende. Hay una utopía nociva: aquella que exige una presunta perfección, una armonía total. En ese frente se sitúa el estalinismo, que fantaseó con imponer la perfección social. Del otro lado tenemos una utopía favorable que contempla en positivo aquello que hoy no tiene esperanza de concretarse, pero podría ser posible. La paz en el mundo, por ejemplo, no es una imposibilidad técnica. Igual que la erradicación del hambre. Para ambos problemas tenemos capacidad de solución. 

Edgar Morin echa miel al café. Sólo toma productos naturales. Algo así como una pureza gastronómica que alivia los quebrantos del rebelde. El discurso que lanza ha ido contagiando a las mesas vecinas de la terraza y la entrevista tiene algo de conferencia, con ocho o diez invitados a tentar la lucidez de este hombre que es la expresión más pura de la Resistencia: «¿Qué hubiéramos hecho sin esa experiencia? Habríamos tenido una carrera. Gracias a la Resistencia hemos tenido, sin embargo, una vida...», ha dicho en alguna ocasión. 

El origen sefardí le otorga una ligera secuencia profética. Con el café se enchufa dos pastillas para los vértigos y continúa aventando ideas, sospechas, intuiciones. Algo más tarde, en la Puerta del Sol, epicentro del 15-M, recuerda que escribió junto a Stéphane Hessel El camino de la esperanza, después de todo aquello. Uno más de sus títulos en la excelente Biblioteca Morin de la editorial Paidós, donde también tiene traducidos ¿Hacia el abismo? Globalización en el siglo XXI, Para una política de la civilización y Breve historia de la barbarie de occidente, entre otros. Le gusta Sol. 

- Mire, no podemos llamar «Revolución mundial» a lo que está sucediendo. Ese término tiene varios defectos. Para cambiar las cosas no resulta una herramienta ineficaz. La nueva organización de la sociedad saldrá de sumar todas las fuerzas históricas y culturales del pasado. Sólo si logramos combinar los logros del pasado con las expectativas del presente podremos hablar de resurrección de la esperanza. Pero no olvidemos que esperanza no significa certidumbre, sino posibilidad. 

La parte exterior de Edgar Morin da una sensación de fragilidad que no se corresponde con los aspavientos rápidos de las manos, ni con el tonelaje de las palabras. Alucina con las estatuas vivientes y en el ascenso a la Plaza Mayor sigue armando el discurso poderoso que disimula su envase de hombre quebradizo. 
- Pero hasta llegar a una alternativa contra el desconcierto puede que se pierda una generación entera de ciudadanos... 

- No podemos hacer ninguna predicción. La Historia se acelera y desacelera. Mire lo que fue la URSS, parecía algo eterno y al final cayó. Es imposible predecir las dificultades que aún nos reserva esta crisis. Y no podemos eliminar la posibilidad de asistir a una verdadera situación de violencia, que no es en absoluto deseable... Aunque hay momentos de violencia absoluta que sólo pueden ser combatidos con violencia... Estamos en el principio de un cambio de civilización, pero no ante la aniquilación de un modelo. Digamos mejor que atravesamos una época de metamorfosis. Superar, como dijo Hegel, es conservar mucho de lo que se supera. 

Ocupamos otra terraza, pero antes Edgar Morin juega con una cabra hecha de los restos del cotillón de Nochevieja que dentro esconde a un hombre. Va con un monederito de cuero soltando euros a los mimos de la plaza y tirando fotos con el iPhone, como si no acumulara 17 doctorados honoris causa. «Qué imaginación. Qué imaginación», exclama. Y despliega una risa de niño en tarde de tiovivo. Pide agua con limón, con mucho limón. Un limón abierto en cuatro partes que se come con entusiasmo mientras los demás guiñamos los ojos y se nos encoge el diafragma. 

- ¿La alternativa podría ser apostar por la Educación? 

- El problema es que la falta de complejidad se ha instalado en el sistema clásico de Educación. En las últimas décadas se apostó por crear castas de expertos que no prolongan su curiosidad más allá de lo suyo. El conocimiento se ha parcelado. Se ha estrechado. Y eso ha coincidido, inevitablemente, con el desfalco de las Humanidades en el ámbito educativo. Esa falta de exigencia y complejidad, trasladada a la política, propicia un exceso de maniqueísmo. Es decir, aquel impulso que lleva a dividir el mundo entre buenos y malos, sin matices. La satanización de la diferencia. 

- Pero usted se considera un optimista... 

- Voy a matizar. En realidad no soy optimista... Ni pesimista. Mantengo las mismas aspiraciones que cuando era joven, pero sin ilusión. La vida es algo maravilloso y horrible al mismo tiempo. Fui un resistente cuando pertenecer a la Resistencia era letal. He pasado por la decepción ante la URSS. He vivido la postguerra mundial. Y ahora asisto a la barbarie fría de la tecnificación del mundo, donde me temo que estamos dando respuestas a preguntas que ya no existen... Es mucho lo recorrido como para ser sólo optimista o sólo pesimista. Prefiero ser un optipesimista. 

Morin se detiene ante el escaparate de una tienda de sombreros en los soportales de la Plaza Mayor. Entra con una decisión de ansiedad en reposo, con cierto ardor místico en la mirada. Y al rato sale rematado por arriba en una gorra marinera. «Tuve una hace años y la perdí...», se excusa. Habla de Machado y Colliure, de Sartre (con el que no estableció una corriente de simpatía), de Camus (con el que tampoco coincidió demasiado: «Nos cruzamos en el camino, pero entonces llevábamos direcciones opuestas»), de Simone de Beauvoir, de Boris Vian, de Jacques Prévert, de Yves Bonnefoy, de su amigo Cornelius Castoriadis... A los 92 años aún no se le ha echado el otoño encima. Esta higuera ardiente no pierde hojas. Empezó como poeta. Se arrepintió como novelista. Y sin estrategia huroneó en todos los saberes y se le llenó el cerebro de dudas. 

- No olvide que ahora no hay un solo modelo para el cambio, sino muchos. El 15-M, Occupy Wall Street o los jóvenes árabes en las plazas proponen movimientos interesantes, pero a su fuerza crítica les falta enunciación. Cuando acaban las protestas no saben por dónde continuar. Es un síntoma general de nuestra sociedad... No sabemos contra qué se lucha en verdad. 

Y Edgar Morin sigue andando con su paso de jilguero. Entrándole con pasión a un plato de jamón ibérico. Cantando A galopar, a galopar..., mientras dirige con el puño al escueto coro de esta tasca. Con la esperanza ya puesta a remojo.

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