25 abril 2012

Carmen Machi es una ordinaria

El destino (y los designios del jurado) quisieron que en la pugna por el VI Premio Valle-Inclán Carmen Machi tuviese enfrente a sus dos últimos directores: Gerardo Vera y Miguel del Arco. Finalmente, su monólogo como Helena de Troya en Juicio a una zorra se impuso al resto de los finalistas y su nombre se unió al de Juan Echanove, Angélica Liddell, Juan Mayorga, Nuria Espert y Francisco Nieva en la nómina de ganadores del premio de referencia del teatro español.

Pregunta.- El Valle-Inclán le llega en un momento especialmente productivo, con tres obras en los últimos meses. 

Respuesta.- Las cosas no pasan de un día para otro. Agosto es una función que tenía comprometida desde hacía dos años. Igual que Falstaff, que había cerrado con Andrés Lima porque tenía muchas ganas de trabajar con él. Pero lo de Juicio a una zorra sí que fue de aquí te pillo, aquí te mato, algo que surgió de la nada. Yo había estado trabajando fuera y había hecho bastante cine. Así que ese verano, en el poco tiempo que tenía para descansar, me junté con Miguel del Arco para un monólogo durante cuatro días en el Festival de Mérida. 

P.- Pero el montaje fue a más. 
R.- En su momento, dije que sí porque era algo para cuatro días y de apenas 20 minutos de duración. Pero la cosa creció; Miguel del Arco es un currante incansable y para él no hay cosa pequeña. Lo hace todo de tal forma que una Helena de Troya gritando al cielo entre las piedras de Mérida lo convierte en un espectáculo que a día de hoy sigue girando por España. Por eso decidí dejar los huecos y apartar cosas que tenía en medio para dedicarme a hacer este monólogo que me produce tanta satisfacción. 
P.- ¿Cuáles cree que son las claves del éxito de este espectáculo? 

R.- Hay varios factores. Primero, el momento tan importante en que está Miguel del Arco; su nombre es garantía de calidad para los programadores. Y luego que -va a parecer falta de modestia- en los últimos años estoy acostumbrada a ver los teatros llenos. Hay algunos que me siguen y también otros que se sientan pensando que van a pasar un momento divertido y que se convierten en nuevos espectadores de teatro al encontrarse con otra cosa distinta. Eso me alimenta las ganas de seguir. 
P.- ¿Cómo es hacer de Helena? 

R.- Me ocurre algo y tengo miedo de que eso se acabe mecanizando: cada vez que hago la función, y mira que la hago veces, entro en un estado incontrolable de dolor. Tal y como lo ha hilado Miguel, la curva emocional está perfecta. Me duele mucho hacer Helena de Troya, pero me hace sentir muy viva. 
P.- ¿Cómo definiría al personaje? 

R.- Es muy bonito, porque ella ama. Y el amor es un estado de enfermedad. Ella cuenta que cuando ese amor es correspondido, todo está lleno de colores, pero cuando el amado ni la mira, su dolor es mayor que la propia violación que sufrió siendo niña. Y eso, sumado a una guerra. Por todo ello, va hundiéndose paso a paso. 
P.- ¿Cómo experimenta en Juicio... la relación con el público? 

R.- Hay un silencio cuando hago esta función que me resulta sobrecogedor. Y hay una empatía entre Helena y el espectador que hace tenga siempre un aliado en el público y entremos todos en una catarsis. 
P.- En este momento, ¿qué hitos recordaría de su carrera? 

R.- La primera función que hice fue Bodas de sangre, de Lorca, con 17 años. Luego llegó mi luz, uno de los momentos más hermosos: el Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, de Valle-Inclán, que fue el primer montaje de La Abadía y que dirigió José Luis Gómez. Me moriría por volverlo a hacer. También el Roberto Zucco con Lluís Pasqual. Y luego, por supuestísimo, La tortuga de Darwin, que fue algo que ni yo misma esperaba. Uno de los grandes regalos de mi vida, que me pasó en un momento muy importante, cuando había tomado la decisión de abandonar la televisión y necesitaba recuperar la libertad del teatro. 

P.- Carmen Machi es un referente tanto de la alta cultura como de la cultura popular. ¿Cómo lo vive? 

R.- Viene solo y es muy grato. Quizá tiene que ver que nunca haya hecho teatro comercial. Y cuando digo comercial no me refiero a nada malo ni barato. Ni muchísimo menos. Mi cuna teatral es La Abadía y tiene el perfil de lo que me mueve, el teatro de la palabra. Lo que me pone son los autores; autores que me tiren muy lejos y me enseñen muchísimo. Muchas funciones las elijo básicamente por el texto y por su autor. Me interesa que las palabras me muevan y me conmuevan. Luego, circunstancialmente, hice una serie de televisión que tuvo unos índices de audiencia brutales y que marcó mi vida durante 10 años. Pero hace cuatro años de aquello, aunque en la retina de la gente quedará para siempre. Si conmigo sucede esto, me alegra y está muy bien para quitarnos tonterías. Es evidente que ambos mundos se pueden compaginar. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario