20 abril 2012

El narrador de la depresion

Después de varios tanteos notables -en especial, Tortilla Flat (1935), su mejor obra para algunos-, John Steinbeck abordó con De ratones y hombres los contenidos, el estilo y el punto de vista que identificarían para siempre lo fundamental de su producción novelística: la aproximación al mundo de los trabajadores y desfavorecidos con una mirada humanista de implícita denuncia y bajo los cánones de un cierto naturalismo entendido a su modo. Sus antagonistas dirán que Steinbeck pecó de verbosidad y de una utilización excesiva del lirismo y la sentimentalidad. 

Esta veta de su creación literaria alcanzó su culminación con Las uvas de la ira (1939), la triste historia de unos emigrantes de Oklahoma -okies, se les llamaba- que cruzan el país para tratar de encontrar una tierra prometida -nueva decepción- en California. La novela, basada en artículos periodísticos del propio Steinbeck, obtuvo el Premio Pulitzer y fue rápidamente llevada al cine por John Ford. De Tortilla Flat a Las uvas de la ira y otras, el viaje y la carretera, Steinbeck de puente entre los pioneros de la conquista del Oeste y la literatura beat de Jack Kerouac. 

La década de los 30 estuvo marcada en EEUU por las consecuencias de la Depresión y también por las sucesivas presidencias del demócrata Franklin D. Roosevelt y su New Deal, o sea, por el intento de reconstruir el país sobre políticas sociales y progresistas, de las que Steinbeck fue partidario. 

El éxito le reportó a Steinbeck un aluvión de rechazo y problemas. Las fuerzas conservadoras -terratenientes y banqueros- rechazaron sus libros, que también fueron prohibidos en algunos estados -sobre todo, en bibliotecas y colegios públicos- bajo la acusación de contener un lenguaje soez y, en el caso de De ratones y hombres, con el pretexto de apología de la eutanasia, delirante interpretación del desenlace de la obra. El FBI de Hoover lo puso bajo seguimiento con la falsa suposición de pertenencia al Partido Comunista. 

Además, la conexión de Steinbeck con el periodismo y con el cine provocó una rebaja de sus méritos por parte de ciertos críticos literarios puristas. Fue el caso de Edmund Wilson -véase su Obra selecta, en Lumen-, que lo alabó con muchas reticencias y pegas y tardó mucho en admitir su grandeza. Wilson, a propósito de Las uvas de la ira -que calificó como «novela de propaganda»-, llegó a decir que Steinbeck «ha aprendido de la pantalla» -¡lo peor!- y, todavía más grave, que escribía pensando en Hollywood. Eso no pareció afectar a los académicos suecos, que le concedieron el Premio Nobel de Literatura en 1962. 

John Steinbeck, más allá de la situación de su país en los años de su maduración y de su compromiso personal, sabía de lo que hablaba. Había nacido en 1902 en Salinas, en el valle del mismo nombre, en Monterrey (California), un lugar con muchísimos trabajadores agrícolas por la abundancia de explotaciones dedicadas al cultivo de toda clase de frutas y verduras. 

Aunque criado en el seno de una familia acomodada, Steinbeck trabajó en el campo desde adolescente, incluso llevó durante algún tiempo una vida de obrero tras renunciar a licenciarse -después de años de estudio a la carta- en la prestigiosa universidad de Stanford, a la que le había llevado su familia. Su madre, maestra, fue quien le impulsó a la lectura desde niño. 

Casado con la segunda de sus tres esposas, Steinbeck se incorporó a la Segunda Guerra Mundial como corresponsal de guerra, aunque luego participó en misiones bélicas en el Mediterráneo en cuyo transcurso resultó herido y se agenció una depresión. 

Tras la guerra, publicó algunos de sus mejores libros como Cannery Row (1945), reforzando su relación con el cine -y, con ello, su popularidad- con novelas llevadas a la pantalla como La perla (1948) y, sobre todo, Al este del Edén (1952), esta última adaptada por Elia Kazan, para quien escribiría ese mismo año el guión de ¡Viva Zapata! 
Steinbeck mantuvo una estrecha y productiva amistad -viajes y libros juntos- con el biólogo y ecólogo Ed Ricketts, y es Edmund Wilson quien señala -al margen de las anécdotas de los títulos y de la constante presencia de animales en sus novelas-, que Steinbeck tuvo una concepción biologista del hombre, al que veía -con sus pros y contras- dentro de la especie animal. 

La historia de los dos braceros de De ratones y hombres, el protector George y su amigo Lennie, el gigantón retrasado, es una historia de soledades y sueños imposibles, provocados por la muy concreta fatalidad de las barreras y las miserias sociales. Miguel del Arco dirige en el Teatro Español -en versión propia y de Juan Caño- un montaje tan brillante como pertinente y ajustado, con escenas tan magníficas como el terrible encuentro final entre Lennie y la pobre esposa sin nombre del hijo del patrón, en la que he creído ver ecos de la mortal escena del río de Frankenstein. 

Dicho esto, uno de mis libros favoritos de Steinbeck es el distinto, inacabado y póstumo Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros, recreación del clásico La muerte de Arturo, de Thomas Malory. En su prólogo, Steinbeck dice que el libro de Malory está en el origen de toda su devoción a la lectura y a la escritura, de su percepción del bien y del mal, de «todas mis reflexiones contra los opresores y a favor de los oprimidos». 

John Steinbeck, fumador pertinaz, murió a los 66 años en Nueva York de un infarto. La autopsia puso de manifiesto que las arterias de su corazón estaban prácticamente obstruidas. En el final del prólogo de Los hechos…, John Steinbeck escribió: «Y ruego a todos vosotros, los que léeis este relato, que oréis por aquel que lo escribió para que Dios le conceda la liberación, y sea pronto y rápido. Amén».

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