05 abril 2012

Un cuenco de ceramica china

La exquisitez de formas, la alta calidad del material, la simpleza en la decoración y la pureza de acabados convertían esta cerámica en orgullo de emperadores y botín de coleccionistas. Sus diseños, cubiertos por una fina capa de vidriado, crearon tendencia durante siglos. 
Más de 900 años después, el interés no ha cedido al paso del tiempo. Su valor supera hoy todo pronóstico y se erige en un termómetro idóneo para calibrar la fiebre de los coleccionistas chinos. 

Una de las últimas piezas completas disponibles en el mercado, un pequeño cuenco de apenas 13,5 centímetros de diámetro, se vendió ayer por 20,5 millones de euros en Hong Kong. La porcelana batió un nuevo récord en cerámicas de la época, según Sotheby's, que había ofrecido el cuenco como la guinda de su lote de arte clásico chino para esta primavera. La expectación era altísima y, según la casa de subastas, ocho aspirantes mantuvieron un pulso al alza durante más de 15 minutos. La batalla sólo se decidió finalmente cuando se triplicó el precio estimado en la preventa. 

La cerámica es modesta, minimalista y de escasa decoración si se la compara con las piezas más floridas y barrocas que se estilaron en dinastías posteriores. Pero el valor que los amantes del arte chino le otorgan va más allá de lo estético. La dinastía Song del Norte es el equivalente al Renacimiento italiano, una época de relativa paz que dio como fruto un ardor creativo donde tomaron cuerpo los rasgos de la cultura china. 

Entre los años 960 y 1127, cuando los Song establecieron su capital en la actual provincia de Henan, se inventaron las altas finanzas, se comenzó a extraer gas natural y se llevó a cabo la primera excavación arqueológica para recuperar tumbas de la época de Confucio. También se inventó la pólvora. 

Esa conexión despierta empatías nostálgicas de una gran era en los patriotas chinos, entre los que se sitúan muchos de los más del millón de millonarios (en dólares) que se calculan en el país. Los Song, que luego trasladaron su capital al sur, en la actual Hangzhou, sólo claudicaron con la entrada de Genghis Khan en escena, allá por 1269. Las cerámicas no sólo resistieron el paso de los mongoles, sino que han perdurado intactas hasta ahora, todo un milagro del azar por el que se paga caro. Las reliquias, objeto de adoración casi fetichista, adquieren un valor proporcional a su escasez. 

El funcionamiento de los hornos de Ru se redujo a poco más de dos décadas. Tanto es así que, en tiempos de los Ming, dos siglos después, el Ru guanyao (literalmente, la vajilla oficial Ru) ya resultaba casi imposible de conseguir. Hoy los platos, boles y vasijas de aquel taller que se preservan completos son exactamente 79 piezas, casi todas en colecciones de grandes museos. Tan sólo seis de ellas -siete, si se cuenta el bol subastado ayer- permanecen en manos de coleccionistas privados. 

«Su aparición en el mercado ha creado un gran revuelo», declara un portavoz de Sotheby's, cuya firma ha colocado en los cinco días de subasta primaveral vinos, joyas, arte contemporáneo y moderno, cerámicas y relojes por un valor superior a los 400 millones de euros. Para los observadores, es la prueba de que el mercado asiático de arte y antigüedades permanece ajeno a la crisis. 

En 2011, China superó (con un 30%) a Estados Unidos (29%) como el mayor mercado de arte en el mundo. Sus nuevos ricos, que ya han irrumpido de forma activa en el mercado internacional, se interesan, sobre todo, por el arte y las antigüedades de su país. Algo que, por ejemplo, ha lanzado el valor de los artistas chinos, tanto contemporáneos como antiguos. En artes plásticas, por ejemplo, los chinos Zhang Daqian (1899-1983) y Qi Baishi (1864-1957) destronaron el año pasado a Picasso como superventas mundial.

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