07 abril 2012

Un traidor necesario

Espléndido, bello y turbador espectáculo. Un ejercicio de inteligencia y buen teatro, más allá de estos días de Semana Santa. Empieza como un oratorio solemne, desgarrado; se desliza por los vericuetos de La vida de Brian, mezcla los evangelios con los libros apócrifos y acaba como lo que es: una tragedia de amor y deslealtades, una contradicción entre la omnipotencia de Dios y el libre albedrío.

Pero antes de seguir por los tortuosos caminos de teologías y teosofías, conviene detenerse en la sustancia teatral de Los últimos días de Judas Iscariote. Primero, una gran interpretación; a la cabeza la versatilidad de un fascinante Eleazar Ortiz en Satán y en Pilatos. La sutileza cínica y teológica, de un elegantísimo Satán, se desdobla también en un Pilatos prepotente y chuleta. A veces recuerda al editor de La pereza, reciente éxito de Flotats y Helio Pedregal; pero esto convierte aquella fría elegancia en un trabajo de tono menor. 

Y, hablando de versatilidad, ejemplar Inma Cuevas en la Madre Teresa de Calcuta, María Magdalena y Gloria Jesús; y ejemplar también María Morales en Henrietta, Freud y Santa Mónica, la madre de San Agustín. La mezcla de nombres evangélicos y actuales es el necesario mecanismo histórico de un juicio científico y teológico a un gran enigma de la Historia Sagrada de Dios: la traición de Judas. 

Esther Ortega, la abogada Cunnigan, es la defensora de Iscariote, dura, apasionada y contundente; y el fiscal, llamado con intención El-Fayoumi, hace más concesiones al humor dentro de la dificultad de su papel: espléndido. 

Israel Frías es Jesús de Nazaret, y Alberto Berzal hace un Judas más fanático de la revolución, que felón avaricioso; más creyente en un Cristo líder político, que siniestro y desleal; memorable la escena final de Los últimos días de Judas Iscariote y un Jesús arrepentido que refuerza el sentido de toda la obra e ilumina la figura de este discípulo disidente que la doctrina cristiana, como tantas otras cosas, no ha podido explicar. 

Judas es un elemento clave de la cristología ortodoxa, como del raciocinio heterodoxo. Sin su concurso no hubiera sido posible el sacrificio de Cristo y, por la tanto, no hubiera sido posible la redención. Y sin redención todo el andamiaje católico se vendría abajo. 

Judas fue un colaborador necesario en la obra redentora y su única recompensa ha sido el vilipendio. El espacio escénico prolongado con una magnitud épica en las gradas, es un acierto de dificilísima resolución. 

Sensitiva y dialéctica la dirección de Adán Black y la iluminación de Javier Ruiz de Alegría. Los injertos a lo Monty Phyton alegran y vigorizan lo que podía haberse convertido en doctrinarismo especulativo y discursivo. Un gozoso regalo para la inteligencia. Y para la Semana Santa.

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