De la moda sólo quedan las modelos

Pasan los salones, los desfiles y las pasarelas. Se censa a los modistos y a los diseñadores. Se escribe sobre los estilos, las tendencias y las formas, pero, al final, nos están quedando, de la moda, las modelos. La dichosa crisis se está llevando por delante la industria de la moda. Los creadores no tienen dinero para fabricar y vender al por mayor y los consumidores no tienen dinero para comprar a los minoristas. 

De todo esto se salva lo que parece una ficción, la continuidad de las presentaciones, y lo que es una realidad, las modelos, que tienen cara, ojos, piernas y todo lo demás. Siempre han sido estrellas, pero, de un tiempo a esta parte, lo son más y parece que son más. 

Las modelos. Los medios publican sus fotografías, la historia de sus vidas, de sus amores y de sus cosas. Imán, Linda Evangelista, Claudia Schiffer, Cindy Crawford, Naomí Campbell y todas las otras tienen recursos ajenos a la moda para mantenerse en el escaparate. Se casan con actores y cantantes famosos, hacen el tonto con príncipes de opereta, ruedan películas y videos, abrazan negritos famélicos y causas justas. 

No dejan de salir en la cuatricomía. En el panorama español, de Judith Mascó a Inés Sastre, pasando por media, docena más, las modelos tienen más protagonismo que los modistos que hace diez años eran legión y presunta edad de oro de la moda. Victorio y Lucchino se las apañan bien porque son dos, Adolfo Domínguez se lo hace de novelista en gallego y Agatha Ruiz de la Prada pinta porque se pinta sola y porque hace de modelo de sí misma. Mientras los creadores pasan a la reserva de la fama, Paloma Lago vuelve con paso firme y bello a la moqueta. Todo fenómeno requiere de protagonistas para hacerse notorio y perenne. Si falla la negrita, si falla el «starring» se viene abajo el invento. Las modelos son el «star system» resurgiendo frente a la «política de autores». 

La moda se había intelectualizado demasiado. Y a la evanescencia del concepto le está sucediendo la concreción del objeto: la modelo. Sólo que el objeto se está haciendo sujeto. Es la venganza y el despertar de la mujer, con todas las armas, en todos los frentes. Frente al hombre ejerciendo de artista del sortilegio y aprendiz de brujo, la mujer, por el camino a su alcance -la pasarela, en este caso, chupa cámara y se hace con el papel protagonista. Ellas desfilan y ocupan el escenario, y después sale un señor que recibe los aplausos, pero, luego, nadie recuerda su cara y su nombre juntos. Los creadores de la moda han filosofado sobre la ropa como una manifestación del espíritu sobre el cuerpo, pero, al final, como el cuerpo se cultiva ahora más que el espíritu, nos estamos encaprichando de los cuerpos gloriosos de estas señoritas. La ropa sin ellas no sería nada, pero ellas sin ropa serían todavía más. Pero, ojo, sin Von Sternberg no hay Marlene.

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