13 mayo 2012

Robert de Niro, un tipo hosco y paranoico

Tiene fama de enigmático, hosco y paranoico (ha contestado con justificada sobriedad y educado aburrimiento a la sarta de tópicos y preguntas necias con las que le han bombardeado en la rueda de prensa). Sabemos que vive por y para el cine, que no le importa arriesgar seriamente su salud y su estabilidad mental si a cambio consigue aportar hasta el menor matiz físico y síquico al personaje que se ha comprometido a interpretar, sabemos que mantiene una postura feroz y legítima en la defensa de su vida privada.

Es un hombre que se ofrece por entero al colocarse delante de la cámara, un lujo para cualquier director que se lo merezca y el actor más completo del cine actual. Posee tanto magnetismo como credibilidad. Se llama Robert de Niro. No es necesario almacenar un prodigio de inteligencia para que la cámara te ame, te mime y contagie su enamoramiento al espectador.



Hay actores con evidente carisma y con poderoso instinto para expresar el universo de sus guionistas y de sus directores que no se distinguen precisamente en la vida real por su talento, su sensibilidad o su gracia. Una parte considerable de las estrellas del cine norteamericano necesita alguna vez demostrarse a sí mismos, a la industria y al público que además de haber sido bendecidos en la lotería establecida por los dioses, son seres de carne y hueso, inteligencia y corazón, que tienen cosas importantes que contar y saben cómo hacerlo.

Marlon Brando, Paul Newman, Robert Redford y Barbra Streisand superaron el atenazante miedo al ridículo y han dirigido películas. Robert de Niro también se ha atrevido a dar ese salto liberador o suicida. Lo ha hecho con limpieza, dignidad y encanto notables. Se titula Un cuento del Bronx y es demostrativa de que detrás del hombre de las mil caras, del profundo, brillante y perfeccionista camaleón existe un director con capacidad narrativa, sentido de la observación y habilidad para controlar y potenciar el trabajo de sus actores. De Niro utiliza en su ópera prima un evocativo y presumiblemente autobiográfico guión de Chazz F'alminteri (también autor de la obra teatral y espléndido coprotagonista de la película) que cuenta la infancia y la adolescencia de un niño receptivo y desconcertado en el Bronx de la década de los sesenta. El colorista escenario de este barrio y de esta época ambienta la angustiosa educación sentimental, familiar y vital de un crío dividido entre su amor a dos padres que encarnan dos radicalmente enfrentadas concepciones de entender la vida. Uno es su padre natural, un hombre bueno y legal que acata el orden establecido, con horizontes simples, previsibles y limitados, y dispuesto a inculcar con racionalidad y dulzura esos principios existenciales en su hijo. El otro padre es el que el niño ha adoptado vocacionalmente, el que le gustaría tener: el duro aunque campechano «capo» del barrio, un asesino con reglas de honor (la relación comienza al ser testigo el niño de un asesinato del mafioso y negarse posteriormente a identificarlo ante la policía). Para su mirada iniciática este matón con principios representa la aventura, la excitación, la sabiduría callejera, el poder, el riesgo y la transgresión. De Niro demuestra un conocimiento lúcido y tierno de la sicología infantil, de esos sueños y esas apariencias en los que resulta laborioso y complejo distinguir el Bien del Mal, de la perpetua incertidumbre entre la realidad y el deseo, de las sorpresas, las alegrías y el dolor que acompañan al aprendizaje vital. Un cuento del Bronx remite al pintoresco mundo de Scorsese, de Coppola en El Padrino y de Sergio Leone en Erase una vez en América, italoamericanos como De Niro los dos primeros, directores con los que ha trabajado como actor y que le han dejado una transparente huella, pero la referencia afortunadamente no se transforma en molesto mimetismo. Aunque, como a ellos, le obsesionen sus raíces familiares, ambientales y culturales, y haya aprendido de su forma de trabajar, Robert De Niro tiene su propia personalidad como director de cine. Cuenta las cosas sin énfasis, es sutil, es lírico sin ostentación, no abusa del costumbrismo facilón, sabe transmitirte la emoción de los personajes y que les comprendas en su anverso y en su reverso, cuida los diálogos, el clima y los pequeños gestos, elige primorosamente la música (Sinatra, Hendrix, James Brown y los Beatles conviven en maravillosa armonía) y la introduce con fuerza y sentido en las imágenes, hace creíble el exterior y el interior de protagonistas y secundarios.

No hay fallos ni pretenciosos experimentos de principiante. Ha logrado una sólida, madura y emocionante película. Si en el futuro pone tanto empeño en perfeccionar su arte de director como el que aplica a su trabajo de actor, va a hacernos felices a algunos por partida doble. Todos los festivales internacionales de cine están dispuestos a descubrir cada año a un nuevo genio del cine chino, creyendo los muy oportunistas o ilusos que abundan los Zhang Yimou. Su encomiable búsqueda la pagamos los sufridos críticos mediante un paciente y permanente aburrimiento. Za zui zi (aseguran los chinólogos que se podría traducir como Bocazas), dirigida por la muy elemental Liu Miaomiao, no se refugia en las habituales claves simbolistas sino que pretende montárselo de neorrealista. También va de niños pero éstos no tienen nada que ver con el de Un cuento del Bronx. Todo resulta pedestre, gritón y explícito. Esperemos que la moda cambie en los próximos años y descubran el inmenso y exótico valor del cine de Tanzania. ¡Qué manía les ha dado en confundir las excepciones con la norma!

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada