06 junio 2012

La Factory días salvajes

Las cámaras eran para ellos tan naturales como los espejos. Concebían la vida como un ejercicio de escaparatismo: todo era serialización, cadena de montaje y risas; sexo, drogas, underground, madrugada en Nueva York, revelaciones, hallazgos y un delirio agitador. Andy Warhol oficiaba a cualquier hora del día o de la noche. Era el maharishi con peluquín de aquella cofradía de nautas colgadísimos de sí mismos. Los peregrinos del amanecer. Los paseantes del East Village. Aquellos travestis con su espesor de carne que sonríe. Los inquilinos de la Factory, el templo contracultural de Manhattan en los años 60 que el fotógrafo Billy Name forró por dentro de papel de aluminio como si fuera una nave muy loca, un templo muy raro.

Dentro se gestó una de las expresiones imprescindibles del Pop. Incluso el Pop mismo en su márgen más radical. Más frívolo. Más necesario. Más ancho. Y Warhol se ofreció a sí mismo de icono, de momia rubia, de agitador con voz de flauta. La Factory era un zoo de cristal desde que en 1962 comenzó a acumular leyenda. Era el territorio salvaje de tanto huérfano imprevisto: fotógrafos, cineastas, músicos, diletantes, artistas, poetas, bailarines... Fauna. Muchos de ellos contribuyeron a forjar una estela que creció hasta la muerte de su buda... Y que aún reverbera. De lo que fue aquel locus queda el testimonio de sus habitantes, las anotaciones de Warhol en sus diarios y, sobre todo, las instantáneas de todos aquellos que fueron desarrollando un dietario icónico entre la polaroid y lo analógico: Diane Arbus, Billy Name, Richard Avedon, Taylor Mead, Brigid Berlin, Stephen Shore, Nat Finkelstein y el propio Warhol.

Ellos y sus trabajos son los protagonistas de una de las muestras de PhotoEspaña en colaboración con la Fundación Santander, la que acoge la Sala de Exposiciones del Centro Cultural Fernán-Gómez (Plaza de Colón) hasta el próximo 22 de julio y de la que es responsable Catherine Zuromskis. Todo en la Factory era visible. Algo así como un Facebook presencial de seres que que entraban y salían imantados por Andy Warhol. Retratados compulsivamente por él. No sólo amigos, ayudantes y los miembros de la Velvet Underground -con Lou Reed y John Cale como meteoros-, también Allen Ginsberg, Duchamp, Salvador Dalí, Bob Dylan... Todos hacían nido en este espacio donde colisionaron las ideas y los excesos de 1960 a 1980.

«Sufro de una enfermedad social», afirmaba el autor de los retratos serigráficos de Elvis, Jackie Kennedy y Mao. «Tener carretes que revelar es un buen motivo para levantarme por la mañana». Es cierto. Y la mejor obra de Warhol resultó ser él mismo. Y sus abalorios humanos. Lo insunúa Finkelstein en un libro sobre la Factory: «En esa factoría de la calle 47 coincidí con algunas de las personas más raras del planeta». Porque la Factory era eso también: un territorio de publicidades mutuas donde todos los que llegaban eran ungidos por el calambre de la modernidad. Como si aquello fuera más creación que la creación misma.

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