16 septiembre 2012

El despotismo contra los oprimidos

Hermet lleva toda la razón del mundo cuando afirma que la historia real de los pueblos democráticos responde poco a las imágines clásicas que se tienen de ellos. Y para confirmar esta verdad, baste recordar esta amarga observación de Simone Weil: «Los oprimidos sublevados nunca han conseguido fundar una sociedad no opresora». O dicho de otra manera: las antiguas víctimas, al vencer a sus verdugos, heredan su talante diabólico.

Y la misma Simone Weil, poco sospechosa de animosidad respecto del pueblo, tropieza con la paradoja de la eclosión de la libertad. La revuelta de los oprimidos es justa. Pero se ha inscrito, desde hace mucho tiempo, en un impulso uniformador que ingnora la autonomía de los individuos o de los grupos que no se consideran populares. 

No tenemos tiempo de desarrollar todo el fenómeno, pero lo cierto es que este rápido proceso no hace sino resaltar la amplitud de todo ello. Trae también a la memoria una enseñanza: que las revoluciones frustradas son menos violentas, mientras que las que triunfan se caracterizan por el rasgo opuesto. Subvertir un orden establecido sólo requiere un despliegue limitado de fuerza popular. Además, la violencia que implica se aplaca rápidamente si fracasa, mientras que se intensifica con la victoria del pueblo sublevado. En síntesis, que más que acompañar al levantamiento, la violencia le sigue. Y este proceso explica aquella tesis, aparentemente paradójica, del propio Platón cuando escribe: «Veamos bajo qué rasgos se presenta la tiranía, pues en cuanto a su . origen es casi evidente que procede de la democracia». 

Y es que, aunque a los pueblos no les gusta tanto como se dice fabricar déspotas, su fascinación por la tiranía puede ofrecer la otra cara de la aclamación de los dictadores. Ya también Platón destaca este hecho cuando pone en boca de Sócrates: «¿No tiene acaso el pueblo la invariable costumbre de elevar a un hombre, en quien se nutre y acrecienta el poder?». Incluso en los regímenes representativos el poder sólo existe gracias a la sumisión en que parece complacerse la inmensa mayoría.

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