14 septiembre 2012

Las caras de Alfonso y Juan


Saturno concedió a Jano la facultad de ver el pasado y el porvenir, y por eso, y no por otra razón, al legendario rey de Italia se le suele representar con dos caras. Pues bien; a Juan y a Alfonso Guerra les pasa al revés, que teniendo dos caras se les viene a representar últimamente con una sola, aunque Antonio Mates Rodríguez, abogado de Juan Guerra, tiene sus propias ideas al respecto. 

Antonio Mates, en efecto, tiene ideas propias, y tiene, también, una enorme afición por la literatura y la mitología, como demuestra de manera torrencial en su artículo publicado ayer en El País. El título, «Las dos caras de Jano», ya advierte al lector de que se trata de una pieza de alta especulación filosófica, mitológica y literaria.

El principio es, por lo inusitado, lo más bonito: «La ira, esa mala consejera, alienta con desbordada furia los hasta ahora apacibles vientos de la democracia española. En el ojo del huracán, los hermanos Guerra, como siameses de feria, giran y giran vertiginosamente, de tal forma que la imagen que ofrecen al observador atento es la de un Jano cuyas dos caras se superponen súbitamente. ¿Es Alfonso al que veo en este instante? No, es a Juan. Y ahora, ¿no es Juan? No, es Alfonso. 

Pero si parecía... En fin, yo lo que veo es a Alfonso y a Juan al mismo tiempo». El abogado-articulista, que pretende «aplacar la ira del vendaval que azota la vida política en España», cita posteriormente a declarar nada menos que a Arthur Miller, que sobre el proceso de «Las brujas de Salem» decía que «sólo podía explicarse por la proyección que toda una comunidad realizó de sus propios temores y angustias». Y más adelante, como es natural, asegura que los que se meten con Juan se meten, en realidad, con Alfonso, lo cual hasta cierto punto es comprensible si tenemos en cuenta el lío de caras que se traen. 

Para los propietarios de las caras (¿dos? ¿una? ¿mucha?), el asunto, y más desde que se ha instalado en los medios de comunicación, es, según Mates, desquiciante: «Algún medio de comunicación ha entregado, con cada ejemplar del periódico, una máscara recortable con la imagen del condenado. En otro se ha ofrecido un infame reportaje con las declaraciones de uno de los hijos de Juan Guerra (nadie dice que otro de sus hijos, de 13 años, está sufriendo un proceso de pérdida súbita del cabello a causa de la presión psíquica a que se ve sometido en la escuela)».

Pero aunque como articulista descarta la culpabilidad de Juan, y no digamos de Alfonso, como abogado no parece tenerlo tan claro, y al final se le nota mucho: «Y, en todo caso, suponiendo que fuera culpable de haberse enriquecido de forma rápida -lo que está aún por demostrar, no sería el único en España. Ilustres potentados de este país multiplican por 10 en dos días su multimillonario capital, sin que nadie se atreva a expresar una sola duda sobre la legitimidad de la operación. Un miedo reverencial al poderoso se lo impide. ¿A qué viene, pues, tanta ira contra Juan?». 

Es lo malo que tienen las cosas cuando son dobles, y no sólo las caras, sino todo, como cuenta Angels Gallardo, de El Periódico, en su reportaje sobre los zurdos y los ambidextros, criaturas con unos problemas horribles: «La literatura la calificó de siniestra, no se sabe si porque era la izquierda o por algún supuesto oscurantismo. Judas Iscariote, dicen, cobró sus famosas 30 monedas alargando el brazo izquierdo. No es de extrañar que años más tarde los maestros fustigaran a sus inocentes alumnos zurdos. La estadística señala que entre un 60% y un 70% de la población adulta no resolvió de niño su predilección cerebral, una mejor habilidad en la parte izquierda o derecha de todo el cuerpo. 

Y que, aproximadamente, un 8% de los individuos nacen zurdos. Es decir, con todo su circuito cerebral preadaptado a un mundo pensado al revés». Por último, chiste de Gila en Diario 16. Un guardia civil se dirige a un pescador de caña sentado en el muelle: «Y que no se te ocurra estirar los brazos, porque como pesques un boquerón de Marruecos te vas a enterar de lo que vale un peine».

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