18 septiembre 2012

Nuestro subconsciente siempre se venga


Edith Cresson, que vive en un país culto y muy permisivo, no ha cometido la grosería que cometió hace tiempo Marta Ferrusola, señora de Pujol, al decir por televisión que los hornosexuales son enfermos que requieren tratamiento médico. No ha ido tan lejos, pero todo se le entiende y en su desprecio a los homosexuales británicos parece asomar un vengativo subconsciente. Si es cierto que el diez por ciento de lá población masculina es homosexual, como dicen algunos libros, es curioso constatar cómo mucha gente no homosexual se interesa más por ese diez por ciento que por el restante noventa por ciento. De momento, parece que las ligas militantes de los gays franceses no se han cabreado mucho y han declarado que no les interesan las opiniones sexuales de su primera ministra. 

Lo de los japoneses me resulta, siendo latino corno ella, más comprensible. Yo tampoco envidio a aquellos laboriosos y austeros ciudadanos que viven en apartamentos minúsculos, tienen una semana de vacaciones al año y se pasan horas atrapados en el tráfico de sus densas ciudades. Visitar el Japón es el mejor método para vacunarse de japonofilia, salvando la admiración que producen sus templos taoístas, sus nenúfares y sus ceremonias del té. Pero la peculiaridad japonesa es hija de su historia y si antaño se veneraba rígidamente y sin discusión al emperador, al shogun y al samurai, hoy se venera con la misma ciega disciplina al emperador y al dueño de la empresa en que se trabaja. La famosa movilidad laboral norteamericana es vista allí como una herejía y se supone que el muchacho que a los quince años entra a trabajar debotones en una empresa se jubilará en la misma compañía cincuenta años más tarde. 

Abandonar la empresa, que es una gran familia con su himno glorificador incluido, es un acto de traición a lo más sagrado. Evidentemente, el individualismo occidental resulta bastante incompatible con esta concepción vertical y gregaria de la sociedad, que se basa en la lealtad confuciana a los viejos y a los sabios, acomodada en la sociedad capitalista a la lealtad a los amos y los jefes de empresa.

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