18 octubre 2012

Cuando se cae en la peor desgracia

Dice el papiro egipcio: «La vejez es la peor desgracia que puede aquejar al hombre. Puede. Pero no les hace inútiles. Pitágoras y Tales calcularon hasta sus noventa años, edad en la que se suicidó Diógenes. El Edipo también tiene edad: Sófocles lo escribió con 88 años. Las Leyes las redactó Platón con 80... Hasta para la guerras: ¿Quién ha olvidado, en Francia, un Clemenceau llamado a los 76 años para acabar con la Primera Guerra Mundial,. o un Petain para firmar el armisticio a los 84, o un De Gaulle para salir de la agonía argelina a los 68?

Ya sólo coinciden en prohibir en los hospitales públicos diálisis a los mayores de 75 años Ceaucescu y Thatcher, que en muchas cosas son tal para cual. En todas las partes civilizadas del mundo, se percibe el creciente interés por el notable incremento de peso demográfico, político, económico y social de los «Cabellos Plateados» y por los problemas humanos que habrá de resolver. En España, las «sienes plateadas» serán casi ocho millones antes del año 2000... Y se ve como esa «Tercera Edad» lo es cada vez menos: un anciano tiene hoy diez años menos, biológicamente, que su edad de registro civil, y esto gracias a los progresos de la asistencia sanitaria, de la higiene y de la geriatría. 0 sea, que nada de mandarlos a morir lentamente, apartados de nuestra vista. No pensar solamente, pues, en residencias (por cierto, en España, las públicas, o sea las asequibles son, demasiado escasas: menos de tres plazas por cada cien interesados), y más desarrollar medidas sistemáticas para ayudarles seriamente dentro de sus propias casas.

Porque mejor que mandarlos a asilos o Residencias es, establecer las alcaldías y/ó las Comunidades Autónomas, como se está empezando a hacer en el resto de Europa, servicios gratuitos y a domicilio de recogida de ropa para su lavado, de aseo tanto personal como de su vivienda, de transporte a domicilio de comidas preparadas y a precios de comedores universitarios, de salidas de casa en vehículos adaptados para trasladarlos a espectáculos o a visitar a familiares. Y multiplicación de mecanismos de alarma automática; el último: ese «Sistema de telealarma "para sujetos" de alto riesgo» que aparenta un simple reloj de pulsera y que es un aparatito de alerta que por mera presión de un botón, avisa al personal de centros próximos receptores, de cualquier anormalidad.

En un continente que se prepara ya para el «Pai-boom» calificándolo justamente de auténtica revolución social, caducadas ya las expresiones «ancianos», «viejos» y «Tercera Edad», los acontecimientos de Villaviciosa de Odón, donde una persona ha sido desatendida durante cuatro días y ha aparecido muerta, así como el anuncio de más cosas parecidas en otros centros, constituyen noticias aterradoras. Y no faltaba personal para atender (que es la excusa habitual en estos casos): un empleado por un poco más de dos enfermos. ¿Es qué no había sistema de alarma, o un simple timbre, en las habitaciones? ¿Es qué no se hace recuento nunca? ¿O es que da igual? Alguien ha hablado de «error humano». Los imbéciles, unidos a los que «pasan», cuando vuelvan, tapan el sol.

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