19 octubre 2012

Las niñas como objeto de consumo


Leo en mi querido Campmany una columna que necesito continuar por mi cuenta, con perdón del maestro, porque yo es que la he vivido. O sea que las niñas (o los niños para Michael Jackson) van por ahí atropellando adultos y luego las madres te ponen una denuncia de garabatillo y cocamacola, que, curiosamente, las niñas sólo atropellan famosos, nunca funcionarios de Aduanas. A la niña que digo, morenita monísima, la tuve cerca este verano: - ¿Y tú eres tan viejo como mi papá? - Sí, y además muy amigo de tu papá. - ¿Y tú por qué no tienes panza, como papá? - ¿Es que te gusta la panza? - No, estás más guapo así. Hay ingenuos o salidillos que todavía pican y le tiran un tierno viaje a la nena. No vea usted el follón, la escandalera, el griterío, el marujerío, la querella. No sé si es que todas las niñas han leído ya «Lolita» en Anagrama/Herralde o que antes eran tan lolitas como ahora, pero se lo hacían de diávolo y chupachús, el eterno femenino, o sea.

Cela cuenta que estaba sentado en una plazuela viendo jugar al diávolo a una niña y en seguida asomó al balcón la mamá: - iBeatriz, sube corriendo! El libro es «Judíos, moros y cristianos», y la anécdota, aparte el gratuito e injusto bochorno, le sirve a Camilo para encadenar una prodigiosa tríada: «ágiles, gráciles, dóciles». Efectivamente, son ágiles, gráciles, dóciles, pero además son unas hijas de puta. Cuenta John Updike en una novela que tenía que soportar las urgencias impúberes de las dos niñas de su nueva y divorciada mujer, que pedían a todas horas un diafragma, hasta que les dijo: -¿Cuándo váis a dejar en paz a mamá con vuestros sucios coñitos? En Doctor Fleming había una gitanilla portuguesa que coqueteaba con los clientes. Luego supe que la explotaba una banda. Por casa vienen niñas escolandas a hacerme entrevistas para sus revistas colegiales. Procuro estar duro, seco y antipático, porque estoy seguro de que son una trampa que me mandan las monjorras, que tanto me quieren.

En cuanto le ofreces a una niña una mirinda, ya has pasado de menorero a viejo asqueroso y culpable, con Woody Allen y Michael Jackson. Algunas marujonas, que ya no saben qué inventar, han agotado la maña de atribuirle un hijo natural al gran torero (nunca a un picador viejo y pobre). Ahora lo que se lleva es pasarte la niña por la entrepierna ¿verdad que es mona la niña?, por cobrar luego el pleito o por el gusto de salir en el couché contra un famoso. En Madrid hubo, hace bastante tiempo, una putilla de doce años, manejada por unos explotadores, la pobre, que cada noche ejercía en una casa distinta, por huir de la pasma. Algunas noches perseguí a la niña para hacer un reportaje.

Cuando al fin me dejaron solo con ella, estaba chupando piruletas y viendo los dibujitos de la tele, en camisoncito: - ¿A ti no te gustan los dibujitos?- me dijo-. -Me volví y salí llorando. La niña es más precoz que el niño («Ada o el ardor», de Nabokov). Nada nuevo. Lo nuevo es que ahora algunas niñas (y no hablo de mendicidad o hambre, que todo lo explican) han decidido convertirse en objeto de consumo, han descubierto que todos los adultos pueden ser sus tíos y llenarlas de gonfles y muñecas repollo. Han descubierto que también sin tetas se puede triunfar en el mundo de los hombres. Cuando los nacionales entraron en Bilbao, un nacional me contaba que se acercó una niña y se le ofreció por un panecillo. Las guerras lo explicaban todo, pero lo malo es que esto de ahora es un fenómeno de paz. De la hedionda paz consumista y culpable que nos devora.

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