26 octubre 2012

Los toros desde la barrera son un camelo


Cierra los ojos e intenta seguir a tientas a Ernesto por ese enjambre de andamios polvorientos, zanjas traicioneras, cubos de basura, coches mal aparcados y alg√ļn que otro excremento de perro reposando sobre la acera. Ernesto de Gregorio tiene 37 a√Īos y dej√≥ de ver el cielo a los nueve. «Lo que m√°s recuerdo es la cantidad de estrellas que se ve√≠an en mi pueblo, en Almorox. A Madrid ven√≠a para que me miraran los m√©dicos. A√ļn recuerdo los luminosos, aquellos colores...». Ernesto pas√≥ su infancia en un colegio de la ONCE y aterriz√≥ en Madrid hace 25 a√Īos. «Imag√≠nate el contraste, yo que ven√≠a de un pueblo de 3.000 habitantes...

Esta ciudad es muy, muy agresiva; est√° plagada de barreras. ¿Que c√≥mo aprend√≠ a moverme por aqu√≠? Te lo puedes imaginar: a base de golpes y tortazos». «La gente quiere ayudarte, pero a veces te lo ponen a√ļn m√°s difi1. Ven que te la vas a dar y te gritan «iCuidado!», y ah√≠ se quedan, mirando c√≥mo te la pegas». Ernesto sonr√≠e. Sus gafas oscuras imponen una distancia que se va acortando. El calor humano derrite la frialdad del despacho. «Normalmente escribo en la Olivetti, y la gente se queda como alucinada. A m√≠ me parece que no es nada extraordinario». Ernesto es periodista, redactorjefe de la revista «Perfiles». Antes de llegar a las oficinas de la calle del Prado, tuvo que hacer carrera con los cupones. «He vendido en todo Madrid, pero donde mejor me lo pas√© fue en Vallecas. Aquel barrio era muy especial. Te plantabas en la esquina y ven√≠an las se√Īoras, camino del mercado, a revolverte los cupones como si fueran retales. Te llamaban de todo, desde "cahorro" a "rey m√≠o"».

«Lo de la integraci√≥n social es un camelo; no me lo creo. Estoy trabajando en una revista de la ONCE despu√©s de haberlo intentado en muchos sitios. Superaba las pruebas, pero al final sal√≠an con la misma respuesta: "Ya sabes que te va a ser muy dif√≠cil"». Son las nueve de la noche y Ernesto emprende el camino de vuelta a casa. Hoy decide no «desenfundar» su bast√≥n plegable y prefiere asir con suavidad el codo de su acompa√Īante, dejarse llevar por la la intuici√≥n: la intuici√≥n. «Los perros no me gustan; es una atadura». «Eso del sexto sentido es un t√≥pico. Lo que pasa es que desarrollas m√°s los otros. ¿El mido? En esta ciudad es una aut√©ntico co√Īazo, algo infernal». Ernesto lleva en su mente el trayecto hasta la parada del 31, en la plaza de Santa Cruz. «Ah√≠, junto al hotel Victoria, hay un charco que llevan ni se sabe de tiempo. ¿Que si cuento los pasos? ¿Te has cre√≠do que soy un ordenador?».

Al pasar por la plaza de Santa Ana, Ernesto est√° a punto de dar un paso en falso. «Esa es otra; mis amigos los chuchos...». Y al llegar a la plaza de Santa Cruz, una cola que ni el cup√≥n de la ONCE. Diez minutos de espera, unos cuantos apretujones y ¡escalones arriba!. El 31 no es precisamente como los autobuses de Nueva York, que se «arrodillan» para pon√©rselo m√°s f√°cil a ciegos y a minusv√°lidos. «En esta ciudad se han olvidado de nosotros. Los autobuses est√°n llenos de barreras, en el «metro» no hay ascensores. Antes cog√≠a las lineas 3 y 1, pero las nuevas son todo escaleras». El viaje es todo un suplicio. Entre frenazo y frenazo, Ernesto habla de su afici√≥n por la m√ļsica y el cine, aunque tenga que imaginar las escenas. Unas veces cuenta las paradas, otras le dice al viajero m√°s pr√≥ximo: «Av√≠seme en la segunda despu√©s del cruzar el r√≠o» . Ernesto se baja del autob√ļs, cmza el paseo de Extremadura y camina cuesta abajo hasta encontrar, con mec√°nica precisi√≥n, la esquina de la Calle Caramuel. «¿Qu√© hora ser√°?» Sus dedos buscan intuitivamente el reloj de pulsera. Levanta el cristal y palpa suavemente la esfera antes de perderse en la oscuridad del portal.

La vida de Jos√© D√≠az sufri√≥ un terrible bandazo hace cuatro a√Īos. Jos√© hab√≠a terminado Derecho, viv√≠a en Logro√Īo y ten√≠a por el delante un futuro prometedor. Aquel accidente de coche estuvo a punto de dejarle en la cuneta. Hace dos a√Īos regres√≥ a Madrid. La ciudad que conoci√≥ como estudiante era bien distinta desde la silla de ruedas. A Jos√© le cost√≥ lo suyo, pero al final levant√≥ cabeza: «Hay minusv√°lidos que no lo superan y ni siquiera salen de casa». Su nueva vida le parece ya de lo m√°s normal. «Cuesta aconstumbrarte, pero una vez te haces con la situaci√≥n no te privas de nada, ni siquiera de la vida nocturna.

Aunque a veces llegas tan cansado a casa, todo el d√≠a d√°ndole a los brazos, que te apetece cualquier cosa menos salir». Desde hace unos meses, Jos√© comparte su vida con Marta, tambi√©n minusv√°lida. «Conocerla me ha servido de mucho». «Lo m√°s dif√≠cil ha sido encontrar un piso accesible: Estuve buscando en un mont√≥n de sitios, pero en todos hab√≠a alguna pega: que si escaleras en el portal, un ascensor demasiado estrecho... Al final encontr√© este apartamento, en la calle Orense. Me cuesta un past√≥n, pero me viene muy bien».

«Del autob√ļs y del metro me he olvidado. Aqu√≠ no piensan en nosotros; si no tienes coche en Madrid est√°s vendido. Lo primero que hice al salir del hospital fue volverme a sacar el carn√© para poder llevar un coche preparado». Jos√© lleva las «llaves» de la ciudad sobre su silla de ruedas, enganchadas a un llavero con forma de pelota de golf. Como cada ma√Īana, Jos√© baja desde el piso 13 en un ascensor que le viene como un guante. Ya en el garaje, la silla de ruedas conoce de memoria el camino hasta el coche. Jos√© abre la puerta de copiloloto y salta al asiento con la ayuda de sus poderosos brazos. Una vez dentro, desmonta un par de piezas de la silla, la pliega y la deja tirada en el asiento de atr√°s.

Arranca. Todo lo tiene a mano, desde el acelerador (un peque√Īo volante supletorio) hasta el freno, una peque√Īa palanca al lado del limpiaparabrisas. «No he tenido m√°s problemas que los habituales en una ciudad como √©sta. Ya sabes, alg√ļn toque que otro. Eso s√≠, la gr√ļa no se corta con mi coche: un d√≠a se lo llevaron porque lo dej√© junto a las Cortes. No veas qu√© odisea para recuperarlo». D√≠a de suerte. Un sitio bien cerca de la agencia Servimedia, donde trabaja Jos√©. Una peque√Īa maniobra y izas! aparca a la primera. Lo dif√≠cil viene despu√©s: el montaje de la silla. Apenas dos vueltas de rueda y aparece la primera zanja. Sin se√Īalizar, por supuesto. Cuesta arriba.

Jos√© se apoya en sus largos y fornidos brazos: rara es la pendiente que se le resista. «Tienen una fuerza bestial, te puedes imaginar lo que he tenido que ejercitarlos». Los bordillos de la calle de Fern√°n Flor son el mejor campo de pruebas para Jos√©. La silla de medas sube y baja con envidiable destreza. «No todos pueden hacer esto, pero tal y como est√° la ciudad hay que aprender de todo». La entrada en Servimedia es toda una carrera de obst√°culos: media docena de brillantes escalones de m√°rmol se interponen en el camino. Jos√© tiene que avisar por el portero autom√°tico: «iQue estoy aqu√≠!». Y alguien baja para echarle una mano.

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