25 febrero 2013

El gran jefe Ecclestone

Por una sesión fotográfica con su inmaculada, rutinaria y evidentemente falsa sonrisa -eso sí, en exclusiva- ha llegado a pedir cuatro millones de pesetas. El empalagoso reportaje a todo color de la feliz pareja Michael-Corinna, en sendos trajes nupciales, costó a una de las revistas del corazón germanas punteras -Bunte- veintiún millones de pesetas. La cadena privada RTL redondeó la dote de los Schumacher igualando la apuesta anterior a cambio de los derechos televisivos del evento.

El piloto de Fórmula I mejor pagado de la historia abrió la temporada asestando un duro golpe a los miles de «Shummi fans» -como se autodenomina su fiel clientela germana-. «Pensar en llevarme el título este año sería poco realista», sentenció en abril Schumacher. Había dado un arriesgado y trascendental salto en su carrera: el paso del rodado Benetton-Renault a un Ferrari por probar.

La hinchada contuvo el aliento. El superhéroe nacido para acumular títulos no podía resignarse a ser un «piloto de pruebas». Ni siquiera a las órdenes de la marca que ha dado los más potentes y codiciados autos de la historia, Ferrari.

Las tres primeras pruebas confirmaron los negros augurios -tan solo un honroso tercer puesto en Brasil, pero por detrás del gran rival, Damon Hill-. En su primera incursión «en casa» -Nürburgring- sacó pecho y llevó al éxtasis a sus 300.000 seguidores con una segunda plaza -y sobre todo, por delante del inglés-. Pero en Montecarlo pinchó de nuevo, tan solo cincuenta segundos después de tomar la salida.

El binomio «mejor marca del mundo-mejor piloto» seguía en fase de rodaje. El primer V-10 de Ferrari sigue resistiéndosele al mejor piloto del mundo. La lapidaria frase del «Boss», Bernie Ecclestone, vaticinando que «solo la técnica puede frenar a Schumacher» se cumplió hasta hoy.

Pero ello no impide al ídolo germano liderar el ránking de facturaciones: más de diez mil millones de pesetas de ingresos anuales, de los cuales menos de un tercio -2.900 millones- corresponden al salario también récord con que Ferrari lo atrajo a su escudería. Es el hombre mejor pagado de la Fórmula I, en reñida competencia con el gran jefe Ecclestone.

El secreto de su inquebrantable salubridad económica reside en haber optado por el «exilio fiscal» en el soleado Montecarlo, huyendo del duro fisco que amenaza a otros compatriotas de élite -caso de Steffi Graf- y mantener incólume su imagen de triunfador.

Mucho ha cambiado el superdotado Schumacher desde que se hiciera con su primer Campeonato Mundial, en 1994. Sobre el título pesaba aún la sombra de Ayrton Senna, arrancado de competición en plena temporada. Por si fuera poco, ni siquiera los incondicio na les po dían pasar por alto la etiqueta de «Michi el Sucio» que se había ido ganando su Schumacher.

En el circuito japonés de Aida, Senna había denunciado a su rival, asegurando que competía contra un «bólido ilegal» -refiriéndose al Benetton-Ford de Schumacher-. En mayo, se repiten las acusaciones de irregularidades contra el automóvil del alemán.

En julio, la incipiente batalla «a codazos» Schumacher-Hill adoptaba carices de guerra sucia a causa de un adelantamiento irregular del alemán, que encima optó por no ver la bandera negra que le desclasificaba. En agosto, al ídolo germano se le arrebataba su recién ganado Gran Premio de Bélgica por nuevas irregularidades. Su expediente deportivo estaba salpicado de lamparones -léase suspensiones- que ponían en peligro su victoria final. Con todo, Michael hizo suya la temporada. 1995 se iniciaba para él con un cambio de motor -de Ford a Renault- y la moral más alta que nunca: se trataba de consolidarse contra el eterno segundón -Damon Hill, por razones parece que hereditarias-. Pero también de incrementar fortuna. Su contrato con Benetton le reportaba ya 1.200 millones de pesetas anuales -900 millones por debajo del histórico récord, en poder de Senna-. Sin embargo, su imagen de tramposo, indisciplinado, arrogante y sucio piloto le impedían sacar todo el jugo a la gran fuente de ingresos de todo deportista de lujo: la publicidad. En 1994, su puesto en el ránking de hombres-anuncio del deporte alemán era envidiable, pero a mejorar: el cuarto lugar, con 1.000 millones de pesetas anuales, aventajado por Steffi Graf -1.500-, Boris Becker -1.400- e incluso Michael Stich -1.100-.

Las cosas no podían seguir así. Schumacher debía limar las asperezas de su personalidad que le impedían erigirse en imagen codiciada para cualquier producto.

Y en eso entró Corinna, su novia de toda la vida. Michael Schumacher sentaba cabeza en pleno verano de 1995, a puerta cerrada -por exigencias de las exclusivas- y con felicitación expresa del canciller Kohl. Iniciaba así su proceso de remodelación de imagen que le permitiría saltar de héroe de los boxes a ídolo nacional. A la legión de Schummi-fans que año tras año peregrinan hasta el circuito doméstico de Nürburgring se sumaron consumidoras -y consumidores- de revistas del corazón. Schummi era ya el mejor reclamo para cualquier anuncio -incluidos los de organizaciones humanitarias, como la UNESCO-, cuando «oficiliazó» su paso a Ferrari con un contrato que dinamitó cualquier récord: dos años, a razón de casi tres mil millones de pesetas por temporada. El fichaje podría costarle el más preciado trofeo de su carrera: convertirse en el segundo hombre de la Fórmula I, tras el legendario Fangio, que consigue su tecer título mundial consecutivo. «Solo la técnica puede frenar a Schumacher», pronosticó Bernie Ecclestone.

Y así ha ocurrido hasta el momento. Tras seis pruebas, el bicampeón del mundo ha llegado hasta el Gran Premio de España, hoy en Barcelona, con solo 16 puntos en la clasificación general, frente a los 43 de Hill y los 22 Jacques Villeneuve. Pero todo el mundo parece feliz. Por primera vez en años, a Schumacher se le ve aliviado. Asume su posición de «piloto de pruebas de lujo» del nuevo V-10 de Ferrari y celebra cualquier prueba que no termine en abandono como un título más en su palmarés.

La escudería asegura asimismo estar satisfecha con los resultados, argumentando que tener a Super-Schummi a bordo de su coche es la mejor garantía de que éste acabará siendo la máquina perfecta para la temporada 97. Tras 17 años aguardando el título, la marca más elitista del circuito opta por la paciencia.

A Bernie Ecclestone, el eclipse parcial de la estrella le llena de mal disimulada satisfacción: un Schumacher imbatible restaba alicientes -y sponsors- a la Fórmula I. Hill, Villeneuve y demás aspirantes al título comparten su satisfacción.

Entretanto, los Schummi-Fans aguardan. Quedan diez grandes premios y no se resignan a dar por buenas las cautelosas palabras de su héroe. Aseguran que Michi sorprenderá a todos en cualquier curva, y demostrará al mundo que ha domesticado a su Ferrari.

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