03 marzo 2013

El duque del pop

Hablando en términos musicales, los años 80 no pertenecen a Paul McCartney. Nada especialmente significativo ha realizado el más guapo de los Beatles en esta década. 

Sin embargo, basta su aureola personal y su recuerdo de los tiempos gloriosos en la «década prodigiosa» para que su presencia esté rodeada de la máxima expectación. 

Cabe recordar, a este respecto, que ésta de ahora es su primera gira mundial de los últimos diez años: un bagaje excesivamente flaco como para ser tomado en consideración. 

Digamos que Paul es un poco como el Adolfo Suárez del pop; su personalidad viene marcada por la ausencia, su carisma viene definido por reducción al absurdo. McCartney el ansiado, el añorado, el esperado. En el fondo existe una gran nostalgia por el ayer. 

No es de extrañar, entonces, que la actual «tournée» del creador de Penny Lane y Hey Jude repare, con especial énfasis, en las canciones de los Beatles.

Nadie se había atrevido, hasta ahora, a volver a tocar esos incunables, esas canciones clásicas que marcaron aquellas épocas y las sucesivas. Y, menos que nadie, ninguno de los tres supervivientes había osado, una vez muerto John Lennon, reparar en un repertorio que se creía intocable, improfanable, irrepetible. Desde la separación de los «Cuatro Fabulosos», desde la irrupción de la mística e inquietante Yoko Ono en el seno de la pequeña comunidad establecida de los Beatles, Paul McCartney marcó las distancias. 

Sus enfrentamientos con el rebelde John Lennon fueron proverbiales. La sociedad musical más importante del siglo estaba a punto de desmoronarse, como ilustraba a la perfección la atmósfera tristona y decadente del film Let it be. Muy pronto Paul McCartney mostraba sus cartas. Frente al retorno al puro rock and roll de Lennon y sus posturas militantes en lo social y lo político, Paul organizaba un grupo, Wings, al lado de su mujer, la fotógrafo Linda Eastman.

Una banda de puro pop, sin más inquietudes que el trabajo bien hecho por la senda comercial y con vocación mayoritaria. 

McCartney ha sido uno de los máximos vendedores de discos de toda la historia. Sus elepés de entonces fueron paradigmáticos al respecto. Facilidad para la melodía, propensión a la balada lacrimógena, brillantez en los recursos técnicos y sentimentalidad a flor de piel, fueron algunas de las virtudes que años atrás contribuyeron a la aparición de trabajos tan sorprendentes como Revolver, Sgt. Pepper o Abbey Road. 

Los 80 son otra cosa, y en ellos se ha defendido Paul como ha podido. Algo relamido, peligrosamente cursi y azucarado, este indudable «guru» ha pensado siempre que sus canciones eran gemas esplendorosas en un pop ensuciado hoy. De ahí el título de su último disco, Flores en la suciedad.

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