10 marzo 2013

Me río yo del Séptimo arte

Mi recuerdo más antiguo de Mónica Randall está asociado al estilo y declamación genuina de las telenovelas, e incluso a Estudio 1, aquella representación teatral, o lo que fuera, que adaptaba frecuentemente a autores tan modernos como Casona, Ruiz Iriarte, Paso, los hermanos Quintero, Benavente, y foráneos tan ilustres como Priestley. En el cine, demostró una espléndida comicidad interpretando a la amante fondona, catalana, liguero y corsetería tradicional, de un primitivo distribuidor de porteros automáticos en La escopeta nacional, y una carnalidad bastante sugerente en medio de la blandura sensible del cine de Armiñán. Siempre he apreciado cierto morbo, cierto rollo, en esta señora con deliciosa propensión a la ojera, y una voz que me suena a transgresión del sexto mandamiento.

Mi otro justificado fetiche de esa época era Teresa Gimpera, rubia y abarrotada de estilo, elegante, internacional. La desmitificación que sufrí con la primera me llegó a través de su nuevo oficio de entrevistadora exótica, en un programa de inútil memoria. Con Séptimo cielo, el desencanto ya es total. Entiendo que el sueño de cualquier comediante pasa por el desdoblamiento, por esa certidumbre borgiana del «Yo, que tantos hombres he sido», por introducirse en la piel de la tipología mas heterodoxa. Comprendo y admiro la cristalización en la Randall de aquel problema físico que obsesionaba a Fausto y a Dorian Gray. Lo que no puedo admitir es que hayan puesto a su servicio una serie tan penosa, unos guiones tan imposibles, tan declamatorios, tan pretenciosos, una realización tan plana y tan plasta.

La historieta del último día, disfrazaba a la estilizada diva de putón castizo que le cobra una pasta a su marido, futuro presidente del gobierno, cada vez que éste precisa que la dama se comporte en sociedad y venda imagen. Todo sonaba a casposo, a forzado, a sicodrama con mensaje cínico, a falso, a desperdicio, a esa sensación tan ingrata de la vergüenza ajena.

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