30 julio 2015

Los Sex shop virtuales

Estábamos en la sección sado maso de Mundo Fantástico, la antigua tienda de muebles de la calle Atocha que conservó su nombre cuando la convirtieron en sex shop. Amelia Alas, Marco Meer, de la productora Ice 9, y yo observábamos con relativa neutralidad el cepo de pene, los correajes, los látigos de tiras, las máscaras completas de color negro con ojos de redecilla metálica que parecen los de una mosca, el inmovilizador de brazos, la cadena de pezones, el arnés brida que utilizan los amantes duros para cabalgarse. 

La planta baja del local es una especie de Simago sexual, un amplio supermercado de objetos, fantasías, complementos y sustancias para estimular el deseo. Y el ciudadano mira estos productos como si fueran las latas, los yogures o los tetra brick de un Seven Eleven. Las cuatro mujeres jóvenes y modositas que de pronto entraron en pandilla seguro que no se reían entre ellas porque les diera corte, sino porque les hacía gracia decidir el regalo de boda o de despedida de soltera que pensaban hacerle a una amiga suya. ¿Qué tal le sentaría a Chuny un corsé con liguero? ¿Por qué no una mordaza o ese taburete regulable con polla incorporada para que se siente con placer cuando se sienta sola?

Hay cintas de vídeo para todos los gustos. A Marco le fascinó este subtítulo de un porno que se titulaba Espuma: Una chica limpia en una historia sucia. Y Amelia y yo nos entretuvimos un rato con las películas del gran género de la zoofilia, que abarca múltiples subgéneros, algunos francamente especializados, como ésa que había «para amantes del sexo oral con caballos». Nos pareció que las mejores eran Suck a horse y Horse fever, aunque yo todavía no he olvidado el impacto que hace años me provocó Miss Piggy, una historia de mujeres nórdicas con rostros casi satánicos, de tan fríamente viciosos, que se lo hacían encantadas con un cerdo enorme y salidorro. Con decirles, por si no lo saben, que las pollas de los cerdos son como sacacorchos, pueden hacerse una vaga idea de lo que era aquello. Por eso suelo decir que con Miss Piggy perdí definitivamente la inocencia. Pero en fin. Y son divertidas las versiones porno de películas famosas como Juranal Park, con sus penisaurios desencadenados, The boodyguard (El guardatetas) o Rain Woman 5.

Yo no me conformé con el de Atocha. Cuando Amelia y Marco se retiraron, me asomé a varios Show Centers de la cadena Hollywood (el más grande está también en la calle Atocha). Están además los California y hay un Californiusa en los antiguos Salones Montera donde, por qué no decírselo a ustedes en confianza, tuve que hacerme una paja en una cabina, porque es que uno acaba poniéndose cachondo con tanto adminículo y tanto ver cuerpos follando en cualquiera de los ciento y pico canales de cine pornográfico, que está precisamente para eso, para provocar el deseo en el espectador solitario. 

Y como bien dice Umberto Eco -vamos a darle una pátina intelectual a esto para no patinar demasiado- en Cómo reconocer una película porno, un texto de su Segundo diario mínimo, el cine pornográfico está lleno de tiempos muertos, «lleno de parejas que pierden un tiempo increíble para registrarse en los hoteles». Porque «para que la transgresión tenga éxito, es necesario que se perfile sobre un fondo de normalidad». Y añade que «si Gilberto debe tomar el autobús e ir de A a B se verá a Gilberto que toma el autobús y el autobús que va de A a B», y «si para ir de A a B los protagonistas tardan más de lo que desearíais, eso significa que la película es pornográfica».

No sólo las películas, también la vida real está llena de tiempos muertos, y más en una ciudad como la nuestra, que es una mera sucesión de horas perdidas en los medios de transporte, de pausas para el café, para la comida, para el cigarrito, para que las empleadas de la empresa se pongan húmedas viendo cómo se quita la camiseta sudada el chico de la Coca Cola o para que el joven ejecutivo que va todo el día embutido en su traje de chaqueta y corbata libere al animal que lleva dentro en la oscuridad de una pequeña cabina de sex shop, como el que se para a hacer pis y luego sigue. Es un mero desahogo. Para eso sirven las tiendas del sexo virtual, donde las fantasías más monótonas o más increíbles te sumergen de golpe en un mundo fantástico de jadeos, besos húmedos y gargantas profundas.

Al día siguiente, Félix Leiro me acompañó a uno de los primeros sex shops que hubo en Madrid, junto con los también pioneros de la calle Barco, en el número once de Desengaño, en el corazón mismo de la prostitución más auténticamente arrastrada de la ciudad, entre un ir y venir de lumis y chulos temibles. Sin duda es el mejor porque no está estandarizado. La verdad es que conserva todo el aire de un bar de barrio al que bajaran los maridos para tomarse unas pintas de cerveza mientras una crazy girl pasea su cuerpo moreno por la barra con ademanes lascivos o sensuales. Y en lugar de echar unas monedas en la máquina tragaperras, las echan en la cabina y ven un puñado de escenas morbosas que les ponen a tono.

Quién sabe si dentro de poco no habrá también grandes superficies, enormes continentes del sexo para recorrerlos en familia, empujando un carrito entre estanterías repletas de pitos locos, tetas saltarinas, vaginas de látex, verduras con sorpresa fálica, bolas anales, vibradores dedo de dama, estimuladores de clítoris o anillos para potenciar la erección. Sólo es una cuestión de tiempo.

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