18 marzo 2016

Nuestro código genético es muy parecido al de una gallina

Hoy, varios estremecimientos vienen a coincidir sobre el teclado del ordenador. 

El primero lo provoca el sombrío recuerdo de aquel día en que el mundo, entre atónico e incrédulo, asistió en directo al espectáculo del mayor atentado terrorista de la Historia. El segundo estremecimiento lo suscita el reparar en que de aquello, que aún parece que fue ayer, ya han pasado siete años, nada menos. 

Así de rápido se las gasta el tiempo. Casi todo en el Universo viaja a la velocidad de la luz, aunque el hombre se empeñe en no querer reconocerlo; nos metemos con los avestruces, pero nos parecemos a ese bicho mucho más de lo que nos imaginamos. 

El día en que comparen nuestro genético con el de esa gallina gigante que esconde la cabeza en vez del culo en caso de peligro puede que nos llevemos una sorpresa. El tercer estremecimiento de este 11-S se adelantó a su víspera. En Ginebra, los científicos del CERN se disponían a enchufar el gran acelerador de partículas donde pretenden recrear el big-bang del que, según la teoría, surgió el cosmos para ver qué pasa y, mientras, en Sevilla, un concienciado ecologista nos confesaba cuán contrito asistía desde sus adentros a dicho evento.

Ni que decir tiene que es de los que teme que el experimento dé lugar a la aparición de un agujero negro que se lo trague todo, linces incluidos. Pese a ser un tipo que huye de extremismos, no puede evitarlo. 'Juegan a ser dioses', dice sin ocultar cierta indignación hacia los señores de la bata blanca. A lo largo de la Historia siempre ocurrió así. A todo avance del progreso, sistemáticamente hubo quien se opuso utilizando para ello la superchería, el miedo, la hoguera. Ahora lo hacen los ecologistas; unos neoinquisidores que predican su particular Apocalipsis si el hombre no se aviene a volver a las cavernas. 

Pero hasta ahí llega su rabia, ya no le da para los responsables del vertido de Aznalcóllar, el incendio de Berrocal o la amputación de los jardines del Prado. Y es que, aunque uno sea vegetariano, hay que comer cada día. No sé si me entienden.

El gobierno municipal ha anunciado su intención de pedir a la Unesco la catalogación de la Plaza de España como Bien Patrimonio de la Humanidad. Lo que no se sabe exactamente es cuándo va a hacerlo, porque hace cinco años ya dijo que iba a pedir lo mismo para el Parque de María Luisa y todavía estamos esperando. 

Habría que advertirle que los responsables de dicha organización internacional podrían responder a su petición con un educadísimo y plurilingüe corte de mangas en atención al trato recibido este mismo año por el delegado del Icomos (la entidad que supervisa la protección y el cuidado que gobiernos y ciudadanos dispensan a los monumentos que reciben la citada catalogación) durante su visita a Sevilla pues el Ayuntamiento ni siquiera se dignó a recibirlo. 

Y es que en el Icomos, y por tanto en la Unesco, existe una cierta preocupación sobre el impacto que la Torre Pelli, en caso de que finalmente se construya pueda tener sobre el paisaje monumental de Sevilla, que en su día ya fue declarado Patrimonio de la Humanidad; catalogación que, llegado el caso de que las barbaridades vayan a más, podría hasta retirársele. Pero hay más. El Ayuntamiento anuncia su intención de pedir la declaración de la Plaza de España como Patrimonio de la Humanidad, pero no dice nada de las rajas de sus torres y del deplorable estado que presenta. Ni dice, ni hace. De modo que más le valdría callarse y no decir tonterías, que bastante se ha puesto ya en evidencia.

No se dejen engañar por el epígrafe; aunque el asunto atañe a uno que se confiesa capillita, la cosa no va de cofradías ni de curas. 

En todo caso, tal vez de curas de humildad, algo que el personaje debería iniciar cuanto antes para rebajar la injustificada altanería que al parecer va exhibiendo. Sucedió en una esquina cualquiera de la ciudad, dos viejos compañeros de clase se encuentran y, aunque ambos van con prisa, intercambian una escueta información sobre sus respectivas vidas. 'Bueno, yo trabajo con ese concejal tan polémico que siempre está saliendo en los papeles', dice uno. 

El otro se queda estupefacto ante las vueltas que la vida ha hecho dar a su antiguo camarada hasta conducirlo a tan impensable destino y le insiste sobre el particular. 'La verdad es que el tipo no vale un duro. Casi todo lo que hace, lo hace mal. Si no fuera por nosotros, los que estamos detrás... de todos modos creo que le queda un cuarto de hora'. Esta vez nos hemos limitado a transcribir textualmente. Por lo visto, este otoño puede estar movido.

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