17 mayo 2016

Cuando el tiempo deja de tener sentido

Cuando mañana salga la Virgen de los Reyes a la calle se producirá uno de los momentos más bellos de esta ciudad. El tiempo dejará de tener sentido y los segundos se convertirán en eternidad. Sevilla en su máxima expresión durante tan sólo unos minutos.

Serenidad, constancia de que el pasado nunca ha dejado de ser presente y que éste se proyecta hacia el futuro. Amanecer de emociones simples y básicas, de elegante rito y suave claridad. Tumulto silencioso que perpetúa un código secreto entre la ciudad y la efigie fernandina, que todo lo ha visto y todo ha de ver. No es historia, es la historia de esta ciudad, de los sentimientos de esta ciudad.

Matronas sevillanas de otros tiempos acuden a su llamada, batitas frescas de verano, pelos aún mojados tras una ducha mañanera, nerviosismo en el inagotable batir de los abanicos y la conciencia de que cumplen con el pacto que un día se firmó entre Ella y los habitantes de esta ciudad.

Vendrán sevillanos desde las playas cercanas, bajarán desde el Aljarafe milenario cuando todavía no ha amanecido para asistir a las primeras misas celebradas aún en plena noche cerrada, convencerán a sus maridos y parejas para que las acompañe a sabiendas de que el protagonismo es absolutamente femenino.
Reyes, en Sevilla, es nombre de mujer, que las modas han reducido en número pero no en su significado último. Vayan a donde vayan, estén donde estén, si una mujer se llama Reyes, alguna conexión tendrá con esta Sevilla, no lo duden, pero cuidado, con lo mejor de esta ciudad. Imagen dulce y plácida, lejos de falsas algarabías y de oropeles engañosos. Ella, mejor que nadie, representa el alma de esta ciudad, que aunque no lo parezca detesta en su fuero interno los estereotipos.

Mañana de gloria, de evocación y de orgullo, el mismo que transmite su imagen portando en sus manos a un niño que solo quiere sonreír. Sonrisa socarrona de una Virgen que refleja como ninguna el natural instinto de supervivencia que cada mujer lleva en su interior, fuente inagotable de vida y amor.
Y mientras, los hombres nos dedicaremos a observar con envidia la inmensidad de lo femenino ante la fatuidad de lo masculino.

Desde su sillón de tijeras, bajo su peculiar palio, y escoltadas por increíbles varas de nardos, con esa elegancia de siglos, hará una vez más su particular milagro, derrotar al tiempo y a la vulgaridad, aunque sólo sea por unos minutos. Es el lujo que Sevilla se permite cada 15 de agosto y que nadie debería perderse.
No obstante, los que acudan a la procesión se sentirán reconfortados y tocarán la gloria por unos instantes. No es sólo cuestión de fe, es pura y simplemente una cuestión de sensibilidad.

Aquellos que esperen la brillantez de una procesión al uso, que se abstengan de acudir, se sentirán defraudados al no entender su oculto mensaje de total serenidad que intenta transmitir.

A las mujeres de Sevilla, agradecimiento eterno por haber sabido guardar, calladamente y en silencio, el auténtico misterio que la rodea y que tan bien refleja su pálida sonrisa apenas entreabierta. Es la intimidad expuesta a todos los que quieran sentirla.

Es el momento más puro de una ciudad que casi siempre optó por la falsedad como forma de vivir. Mañana no habrá mentiras, ni concesiones a la galería, sólo autenticidad, por eso hay que estar allí para disfrutarla una vez más mientras Ella lo permita.

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