28 abril 2017

David Lynch y su Corazón Salvaje

Ovaciones absolutamente convencidas y entusiastas se han entremezclado con pateos y silbidos agresivos cuando Bernardo Bertolucci, presidente del Jurado, ha pronunciado el título de la película ganadora de la prestigiosa y comercial Palma de Oro. El triunfo de David Lynch y de su Corazón salvaje confirma la puesta de largo y la coronación de la «modernidad». 

A partir de ahora los empresarios y productores más cartas suspirarán por financiar a directores rabiosamente juveniles, que posean cierto talento para transgredir las obsoletas leyes clásicas del lenguaje cinematográfico y narren historias sin pies, cabeza, sentimientos, estructura y demás tonterías pasadas de moda. Me queda la duda de si ese atildado público que bramaba contra Lynch pertenecía al clan godardiano, que esperaba que premiaran al Mesías suizo, o eran verdaderos amantes del cine, aterrorizados ante la brillante estulticia que nos va saturar en los próximos años, con el reconocimiento oficial de lo que presumía de underground, exquisitamente minoritario, y cultamente marginal. Corazón salvaje comienza con un tipo que le abre la cabeza a otro durante varios sanguinolentos minutos y acaba con otra paliza, ángeles de la guardia que bajan del cielo para ayudar y aconsejar al herido, y un delirio de amor que incluye el happy end. 

Lynch exige la complicidad y un sentido del humor parecido al suyo para divertirse con sus protagonistas, una pareja de tarados que se lo tienen que montar de «road-movie», porque la madre de ella, una especie de Kruella de Ville, se ha empeñado en asesinar al violento amante de la descerebrada de su hija. El argumento tan sólo le sirve a Lynch como pretexto para una exhibición completa de sus chorraditas, a las que sus admiradores denominan como «universo poético y existencial». 

En él aparecen zombis con apariencia sofisticada, se canta infinitas veces Love me tender como suprema declaración de amor, nos salpican los ojos con la sangre y las vísceras de los que mueren, se folla mucho y bien, la banda sonora nos atruena con infinitos golpes de efecto y en el plano siguiente nos relaja con una melodiosa canción del pasado, los personajes pasan de la ira más demente a la alegría pastoril, las imágenes buscan el cromatismo más agresivo, el desfile de monstruos le guiña el ojo a su travieso y esperpéntico creador, y los actores están encantados con las travesuras neuróticas que les obliga a realizar su director. Reconociendo la elaborada brillantez y la turbia y juguetona personalidad de este Corazón salvaje, a mí me aburre, me irrita y me deprime. David Lynch debe de considerar a la preciosa y auténticamente insólita El hombre elefante como un trabajo exclusivamente alimenticio y a Corazón salvaje como las más depurada expresión de su arte inquietante. 

El gran premio del Jurado, concedido a la sicoanalítica y atormentada película japonesa El aguijón de la muerte y la tan exótica como primaria La ley, del Burkinafasiano Idrissa Ouedraogo, supone la progresista aportación del Jurado al reconocimiento cinematográfico del Tercer Mundo y de la sensibilidad amorosa de los nuevos nipones. Nada que objetar a los premios de interpretación masculina y femenina. Gerard Depardieu se inventa un Cyrano tierno y vitalista, histriónico y rítmico, admirable de técnica y de corazón. La actriz polaca Kristina Janda ofrece también un recital completo de hondura dramática y sufrimiento físico y moral en el papel de víctima del estalinismo en El interrogatorio. Ni Depardieu ni la Janda admitían ningún rival a su altura en las películas a concurso. 

El premio a la mejor dirección, concedido al soviético Pavel Lounguine, director de Taxi Blues, curiosa pero también monótona reflexión sobre la distancia sideral entre la vieja y la nueva mentalidad que deben de aprender a convivir en la Rusia actual, confirma el apoyo internacional a la perestroika. El suspense en torno a si el Jurado se atrevería a premiar a la extraordinaria corrosión de La agenda oculta, alegato implacable contra el terrorismo de Estado y los nuevos fascismos con ropaje demócrata que amenazan con perpetuarse en Inglaterra, se ha resuelto con el consolador y simbólico Premio del Jurado. Margaret Tahtcher y los GAL de cualquier parte maldecirán este premio y su repercusión internacional. Ken Loach no hace apología del IRA. 

Narra con excelentes y austeras imágenes, con sentido del ritmo, con inteligencia y honestidad, los mecanismos de esa hedionda tela de araña con la que el Poder manipula y envilece a sus súbditos. Los esfuerzos del ruso Gleb Panfilov por demostrar la vigencia de La madre, de Máximo Gorki, han cristalizado en una película sensible y enérgica. Desde el festival de Venecia de hace dos años no hemos asistido a un certamen internacional que justifique cinematográficamente el desplazamiento. Cannes siempre es una fiesta y un circo con infinitas posibilidades, pero eso no asegura una calidad notable en la programación. La culpa, tal vez sea del estado del cine actual, que no da para más. ¡Ay, Carmela!, desechada previamente por la organización del festival, posee más calidad que la mayoría de las películas que hemos presenciado, sufrido y dormido.

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