He estado en el Liceo

En 1838, cuando la primera guerra carlista, la nueva y recia burguesía catalana quiso que sus familiares, vecinos, Barcelona, Europa, vieran cuán grande e importante era, quiso que el mundo la contemplara guapa, segura, sentada en el teatro más grande y bello del planeta. Ganaban dineros pero también querían sentirse finos, delicados, redimidos por la llama depuradora del «bel canto». 

Para ello alzaron el Gran Teatro del Liceo en el solar de un convento de trinitarios descalzos que se asomaba a las Ramblas. Y para que todos supieran «quién» era «quién» plantaron sus firmes posaderas en los mejores asientos. Por los siglos de los siglos -pensaron-, dejaremos en nuestros legados la butaca y el palco. Y así fue; en Barcelona eras lo que eras según qué asiento habías conseguido en el Liceo.


Ese sueño vanidoso y eterno de la hasta ahora incombustible burguesía resultó una bendición para el «bel canto», para los estudiantes, melómanos, habitantes del «gallinero», para los músicos, autores, profesores, directores, para el coro, cantantes, divos, carpinteros, pintores, artistas viejos y nuevos, y para los miserables que se plantaban a las puertas del Gran Teatro, diciembre, frío polar, 1964, quietos, en silencio, visten ropas gastadas, escasas, feas, están ahí para contemplarte y para que tú los veas, existen, se te entran en la cabeza y ya no salen nunca más de ella, y mientras tu acompañante te arrastra hacia la luz rosada no puedes dejar de mirar a los que te observan -No los mires. 

Eso no se hace, Emma-. El vestíbulo, luces, tiemblo. Ya estoy en el Liceo. Es como nos contaban que sería el cielo, porque aunque lo encargaron para ser escaparate y eterna gloria de algunos, el que lo construyó llevaba a más gente dentro. Y este lunes, el 31 de enero, a las once de la mañana, una chispa díscola saltó del soplete, se encaramó por el cortinaje hasta incrustarse en el techo falso que se desploma por entero sobre el patio de butacas. Al Gran Teatro del Liceo se le saltan los sesos, arde. Pena grande. Ya nadie es nadie en el Principado. Se borraron 150 años. En las Ramblas la gente dice que no es bueno que una herencia dure tanto. En las Ramblas la gente pide una rifa digna.

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