29 diciembre 2017

Patti Smith la mujer del saco

En su primera actuación, hace de esto más de 30 años, en aquel club del Bowery neoyorquino, el CBGB, Patti tenía ya un aspecto tan propio, tan suyo, que no podía por menos de resultar impropio.Lucía con abstraída desgana un pelo suelto y levantisco, como el de una india echada a culatazos de la reserva. Encorvaba el esbelto cuerpo evasivo. Sus ojos voraces parecían estar devorándola allí mismo, en directo, pero no estoy muy segura que en vivo, porque Patti ya era entonces una criatura ultraterrena. 

La bota paramilitar plana, el negro total de predicador improvisado, el bigote impertinente, que es en ella un detalle de humor folk, y la voz sobrecogedora no conseguían, sin embargo, evitar la impresión de que esta chica era tan dulce como gamberra y que sufría por el mundo y se reía de él alternativamente. No tenía un plan. Dijo aquello de «Jesús murió por los pecados de alguien, pero no ciertamente por los míos», y en ese preciso momento empezó su leyenda, que aún perdura. Con ese mismo aire de invulnerable adolescencia de entonces se la vio recibir el 10 de julio de 2017 la orden francesa de Comendadora de la Orden de las Artes y las Letras, alta distinción en la que la han precedido sus hermanos electivos, Susan Sontag y William S. Burroughs.


Se la veía dichosa con su condecoración sobre la camisa blanca masculina y bajo la levita, firmada por su gran amiga Ann Demeulemeester, pero lo más gracioso es que la cinta bicolor había perdido su honorabilidad de banda y parecía una innominada cuerda de atar algo, de la que colgaba, en lugar de una medalla, cualquier cosa.Llevaba, como en la portada de su primer disco, Horses, su saco.En él guarda ocasionalmente toda clase de objetos sin valor que prefiere no atesorar porque teme acabar perdiéndolos. En un viaje a la India, alguien le regaló un rubí, de los ínfimos que aparecen entre la arena y que luego la pobre gente cambia por una porción de arroz. Lo tuvo con ella un tiempo hasta que el rubí se extravió.

«Mejor», pensó, «era como una lágrima de infinita pena.» Me gusta mucho pensar en esta poeta y agitadora, gran figura del rock punk, lectora de Rimbaud, amiga de Dylan y Mapplethorpe, admiradora de William Blake y Diane Arbus, exegeta a su bola del Antiguo Testamento, opositora tenaz de Bush y auténtica superviviente de su generación -por el camino han quedado su marido y su hermano, y tantos otros-, arrastrando su saco por la tierra. Sólo un trozo de informe tela, sin marca, sin forro, sin llaveros ni pins, sin customizar

Ahora que las mujeres no llevan bolso, sino que el bolso las lleva a ellas y les sirve de pasaporte y soporte en la agitada vida social; ahora que el bolso ha alcanzado el estatus de arte y el arte cotiza en bolsa; ahora que las ciudades, como ella dice, han dejado de ser artist friendly para ser sólo shopping friendly, ¡qué talento tienes, hija mía, para la proclama! Ese saco de papá noela misérrimo es todo un estandarte. Ella no se propone crear estilo, es de una espontaneidad refinada, pero sí servir a la comunidad, componer canciones, escribir poesía -su último libro se llama Augurios de inocencia- y prestar su incalificable presencia a todos los actos que eviten a nuestro mundo ser un agujero de mierda.

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