Las actrices españolas dan pena

Toda biografía tiene sus blancos y sus negros, sus luces y sus sombras, sus altos y sus bajos, sus logros y sus fallos. En mi biografía hay más blancos que negros -aunque, en parcelas biográficas concretas, hubo algún que otro negro despampanante, por lo que tengo que estarle muy agradecida a la suerte, pero también a mi carácter y a mi tipazo. Las cosas, en general, me han ido bien y no me he dado en la vida ningún zarpajazo descomunal. Tampoco me he llevado grandes decepciones. Si exceptuamos una: no logré ser chica Almodóvar. Objetivamente, creo que reunía todas las consideraciones para que Almodóvar se hubiera fijado en mí.

Además, hubo un tiempo en que nos veíamos muchísimo. En Madrid, hubo un tiempo en que todo el mundo veía muchísimo a Almodóvar. Yo a él lo veía de lejos, las cosas como son -entre otras razones, porque servidora es muy divina y no le da coba a nadie, y él a mí no tenía más remedio que verme: salía todas las noches, me daban las tantas en los sitios de moda, empecé a ir modernísima dentro de lo sexy que una ha ido siempre, me ponía hasta el hipotálamo de todo lo que había que ponerse, posé para las Costus en un cuadro en el que hice de santa Teresa de Jesús levitando con el cuerpo enfundado en una malla negra y aparecí en un reportaje gráfico que sobre zoología urbana publicó La Luna de Madrid. Sumergidísima en la movida estaba yo. Incluso fui vestida por Alvarado a la suelta de patos en el Manzanares que hizo Tierno Galván. Pero una noche, en uno de aquellos tugurios abarrotados de modernos, se me acercó una gachí muy desenvuelta y me dijo: - Mira, bonita, no te esfuerces. No va a servirte de nada. Pedro, para enigmática, ya tiene a Bibi, y para trotona me tiene a mí. - ¿Y tú quién coño eres, bonita? -le pregunté yo, que a desenvuelta me ganan pocas.


Y ella dijo: - Patty Diphusa. En persona. Y hay que decir que, en persona, Patty Diphusa no valía nada. No era bajita, pero como si lo fuese, porque era de ésas que tienen las piernas separadísima por el meridiano de la bisagra y por allí cabían más balones que en la portería de Albania la tarde de la goleada por 12 a 1. Además, tenía el cutis achicharrado, supongo que por los potingues de alguna amiga que quería hacerle la competencia a la Elizabeth Arden y la tenía la pobre de conejito de indias. Hacía mucha morisqueta y mucho aspaviento estereotipado, como si tuviera que demostrar todo el tiempo que ella era, en efecto, Patty Diphusa en persona, y lo único que conseguía la pobre era parecer una gallareta con calambres después de hacer por correspondencia un curso del estanislasqui o como se diga eso. De cara, corrientita, y de todo lo demás, simplemente voluntariosa. Encima, joven, lo que se dice joven no era; en todo caso, estaba más restaurada que «Las Meninas», y desde luego el trabajo de restauración era tan polémico como el que le hizo el yanqui aquél a la obra maestra de Velázquez. O sea, en persona, Patty Diphusa no era enemiga.Pero tenía el mito de su parte. O por lo menos, eso fue lo que yo pensé en uno de los pocos errores de cálculo e intuición que he cometido en mi vida.

Pensé que no hay como caer de pie y en buenas manos, y no en las manazas de este muertojambre del Mendicutti; no hay como caerle en gracia a alguien con verdadero talento, alguien que haga de ti una estrella, alguien que te pasee por medio mundo en olor de multitudes, alguien que te tenga como a una reina, alguien que no te haga trabajar en agosto como si fueras del negociado de obras y asfaltados del Ayuntamiento de Madrid. Por Dios. Es cierto que el Mendicutti, cuando está en vena, tiene buena pluma, pero tampoco eso es de mucho mérito; para pluma, la del mayordomo de los Urquijo. Y es verdad que el Mendicutti, en general, es una buena gente y muy aplicado y responsable y yo le tengo cariño, a ver qué remedio, pero a veces he pensado que si yo hubiera sido la Susi que soy de manera corriente y le hubiera tirado aquella noche del flequillo a Patty Diphusa, otra sería ahora mi vida. En primer lugar, porque, aunque sólo fuera por el escándalo, Almodóvar se habría fijado bien en mí, y de mí no se olvida nadie fácilmente. Y en segundo lugar, porque habría desenmascarado a tiempo a aquella suplantadora que no era, para nada, Patty Diphusa. Era una petarda que quería ser chica Almodóvar a toda costa, que salía todas las noches, que se ponía hasta el hipotálamo de todo lo que había que ponerse y que ahora hace la carrera en el Parque del Oeste. Después de todo, supongo que tengo que alegrarme por tener al Mendicutti y haber hecho la movida por mi cuenta.

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