20 septiembre 2013

Y Madrid a sus pies

Luego, la llave giraba con dificultad en la cerradura, una herrumbrosa silueta sobre la chapa de metal pintada de verde, y él rezaba apresuradamente, rogando que ninguna otra vecina hubiera ele gido ese mismo momento para tender la colada. Obtenía esa sencilla gracia con mucha frecuencia. El corazón le saltaba en el pecho mientras ella, un enorme barreño de plástico rebosante de ropa húmeda encajado en la cadera izquierda, luchaba contra la puerta atrancada hasta el hueco de la escalera se llenaba de luz. 

Más allá, estaba el mundo. Fiel a la remota mirada de aquel niño pequeño, él siempre querría recordar la azotea como un espacio enorme, una gran plaza rectangular, el patio del castillo, su reino. En tomo a los postes metálicos que sostenían las cuerdas del tendedero comunal, un amplio corredor hacía las veces de camino de ronda. El lo recorría erguido, procurando trazar con sus pasos una línea rigurosamente recta, a la sombra del murete enjabelgado que partía la tierra -su casa- y el cielo. Su madre tendía la ropa y cantaba, contaba historias tristes con su delgada voz que se quebraba siempre en los agudos, repitiendo las mismas palabras en melodías parecidas, alcoba, corazón, penas, remordimientos, tu boca, me muero, niña morena. 

Cuando comenzaba a trajinar con las sábanas, concentrando toda su atención en evitar que uno solo de los blancos picos de tela llegara a rozar siquiera los polvorientos baldosines, él se acercaba sigilosamente a la frontera prohibida, y aferrando el muro con los dedos hasta que le dolían, se elevaba sobre las puntas de los pies para inspeccionar sus posesiones. A su altura estaban las nubes. 

A sus pies, Madrid, un océano de tejados rojos y marrones que llegaba hasta el mar, por allí, en alguna parte. El ocupaba el centro, hasta que los brazos de su madre, precedidos por un débil chillido de alarma, le rodeaban por la cintura, arrebatándole bruscamente de su atalaya. Los azotes no le dolían. Habría pagado precios más altos por una diversión tan gratuita, y era agradable de todas formas pisotear los charos, caminar entre las inmaculadas paredes de tela mojada que se ondulaban con el viento para salpicar su rostro de pequeñas gotas de agua limpia, el cestillo de las pinzas sobre el brazo, en pos de unas chinelas de color azul celeste.Hasta que una tarde la eterna sucesión de los acontecimientos se quebró de manera inexplicable. 

El ocupaba el centro, todavía. Parapetado tras el muro, seguro en su azotea, miraba el mundo con ojos confiados y escuchaba el canto de su madre cuando éste cesó sin previo aviso a la mitad de una estrofa. Contrajo los glúteos y esperó, pero no ocurrió nada, no hubo chillido, ni azote, no sintió sus brazos, y entonces tuvo miedo y la llamó.

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