18 septiembre 2017

París la ciudad que no puedes dejar de visitar

París es la tentación. Siempre el mismo, pero siempre nuevo. Vive en un furor de cambio. No se trata de la creación de barrios modernos, común a todas las ciudades. Tampoco de las modas que abren y cierran locales. Hay un nuevo París, con hitos urbanos propios. Dentro de cien años definirán las postrimerías del segundo milenio, como la Torre Eiffel lo hizo en los coletazos del siglo pasado. Si hace años que no visita la capital francesa, olvídese de los viejos «clichés» y busque sus nuevas señas de identidad, tan originales como espectaculares. La era Mitterrand lleva el camino de pasar a la historia como la de las grandes construcciones que han creado otro país. La ciudad, que siempre había sido considerada como el centro de la vanguardia artística, tenía ya competidores demasiado fuertes. Vivir del pasado no bastaba. 

Junto al «Boubourg», es decir, el centro «George Pompidou», se comprueba que la corriente de transformación es anterior, que comenzó hace varios lustros. Centenares de jóvenes pintores, actores, músicos, bailarines y mimos acampan a diario en torno suyo convirtiendo la zona en un auténtico zoco. En sus cercanías, pocos se acuerdan ya del viejo mercado de Les Halles y de las típicas tabernas y bistrots de la zona. Desaparecieron hace años y en su lugar se alza un centro comercial y de animación en el que arquitectos y decoradores han plasmado buenas dosis de fantasía. Lo que permanece en el barrio es el bullicio nocturno. Se han congregado allí numerosos pubs, discotecas y clubs repletos de gente con marcha, gente muy distinta de la que llena los lugares de diversión de la «rive gauche».


A los dos clásicos miradores sobre el conjunto de la ciudad -la Torre Eiffel y el Sacre Coeur- se ha sumado el que brindan los pisos altos de la Tour Montparnasse. Desde su piso 56, el restaurante panorámico permite disfrutar de las más bellas vistas parisinas y, si es de noche, de los mil brillos centelleantes que lanzan las luces de la con razón llamada «Ville Lumiére». Se dijo que esta flecha de acero había destruido la armonía del barrio famoso por sus cafés, sus «clochards» bebiendo en las calles y el recuerdo de su vecino JeanPaul Sartre. Pero a sus espaldas pronto se edificó un nuevo centro de oficinas y de hoteles. La herida no tenía cura, y Montparnasse es ahora un lugar de contrastes: existencialismo. 

La Pirámide de Cristal del Louvre también levantó maremotos de protestas. Ahora, los grupos de mirones están formados por provincianos y extranjeros. Su arquitecto, Ming Pei, un chinonorteamericano, ideó esta gran pirámide de acero y cristal como entrada al que será el museo más extenso del mundo. Por museos no llora París. A los doscientos que ya tenía se suma el fastuoso de la «Gare d'Orsay». La vieja estación, construida con motivo de la Exposición Universal de 1900, fue acondicionada para albergar la fabulosa colección de arte de la segunda mitad del siglo XIX, con los impresionistas a la cabeza. Hay que armarse de paciencia para entrar en él cuando, en verano, los turistas se convierten en los auténticos habitantes de París. Merece la espera. Para muchos fue desvestir a un santo para vestir a otro. El «Jeu de Paume», donde se exponían las obras maestras del impresionismo había quedado vacío. Pero hace pocos días ha vuelto a abrir sus puertas convertido en Galería Nacional, con colecciones de impresionistas menores y exposiciones de vanguardia. No le va a la zaga el Museo Picasso, que también aprovecha un viejo edificio. Cuando el malagueño falleció, sus herederos se encontraron un su inménso legado. 

No tardó mucho tiempo el Estado francés en recabar para sí un 20% de ese legado en concepto de impuestos por la herencia. En total se hizo con 203 pinturas, 158 esculturas, 16 collages, 29 cuadros en relieve, 88 cerámicas y 3.00 dibujos y grabados. Pero lo que se dice nuevo de verdad es La Villette, la ciudad de la técnica. De inmediato, el visitante se convierte en testigo de la conquista del espacio y de los mayores adelantos científicos. Y cuando enmudece es en su Geode, la nueva cúpula de la capital francesa dedicada a las proyecciones de films en una descomunal pantalla esférica. Lo que ha quedado como recuerdo de las fastuosas celebraciones del bicentenarit de la Revolución Francesa está concebida con toda la «grandeur» gala. 

No dudará de ello ante el «Arco de la Defense». Suba hasta su terraza, en la que caben 70.000 personas de pie y, de paso, fíjese en los edificios de alrededor. En ellos trabajan más de 60.000 personas que acuden a diario a este nuevo barrio de negocios. El segundo edificio es la Opera de la Bastilla, levantada sobre el solar de la fortaleza donde se inició la revolución. A 35 kilómetros aguarda Astérix y su parque, repleto de aventuras. Un duro rival, Eurodisney se abrirá el 12 de marzo del 1992. Naturalmente tendrá un sabor americano, pero con restaurantes franceses. Por ahora, es el punto y final del nuevo París.

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