Sharon Stone es una marrana

En la deliciosa Tempête dans un benitier el impío Georges Brassens hacía una apasionada declaración de principios respecto a las odiosas moderneces de la misa: «sans le latin, sans le latin la messenous emmerde» («sin el latín, sin el latín la misa nos aburre»). Paradójicamente, la afirmación del ogro tierno coincide con la de un pulcro cura carmelita que hace crítica de misas en el periódico ABC. Este le confiesa a Angel Casas en Tal cual que añora el protagonismo del latín y del gregoriano en la misa, que prefiere el órgano a la guitarra y que las canciones religiosas son muy malas. La lucidez del singular crítico también cuestiona la puesta en escena del sagrado ritual: «El sacerdote tiene que ser un actor que juega con símbolos, movimientos y posturas para llegar al pueblo. El Papa es un modelo de lo que digo».


Completamente de acuerdo. Voy a suplicarle al director de este periódico que me permita hacer crítica de misas o crónica del Parlamento. Sospecho que sería bastante más divertido para el lector (lectores descarriados y frívolos, por supuesto) y para mí este tipo de actividades que escribir de la agotada y agotadora televisión. Después del insólito crítico aparece una señora que ha ambientado comprensiblemente los sueños pornográficos de media humanidad durante el último año. Le salen arragas cuando sonríe, posee una mirada inteligente y el temple de la que ha lidiado mil corridas peligrosas. Es difícil que alguien haya olvidado su golfo y provocador cruce de piernas, su abrasiva y letal sensualidad, su elegante desvergüenza en la más que entretenida y subversivamente amoral Instinto básico.

Sharon Stone narra su primer y único contacto con Woody Allen. El genial neurótico le habló durante media hora de la infinitud, la vida, la muerte y el arte. No desvela si esa marciana forma de comunicación tuvo una prolongación estrictamente erógena. Asegura que Sangre y arena es la peor película que ha interpretado nunca, lo cual debe de figurar en el Guinness si nos atenemos a su presencia en infinitos bodrios. También cuenta su estratégico ascenso al estrellato. Posó en bolas para Playboy y se propuso dar una imagen sexy fabricando un personaje malvado y salvaje. «¿Qué hay de la verdadera Sharon Stone en los personajes que interpreta?», le pregunta el libidinoso Casas. «Eso no le importa nada a usted», replica ella con una deslumbrante y helada sonrisa. Se supone que tenía que hablar del impenetrable Indurain, pero no sé, no entiendo, no pillo su halo mitológico ni la trascendencia del ciclismo. O de Mohedano, pero alguien tan viscoso y patético no me sugiere nada gracioso.

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