24 mayo 2016

Cuando la tortura se convierte en fiesta

Plaza de toros de El Bibio. Viernes, 12 de agosto de 2016. Tercera de feria. Lleno de «no hay billetes». Toros de Salvador Domecq incluido el sobrero lidiado como 4º bis; rematados y bonitos; nobles fundamentalmente con otros matices; faltos de finales; bueno el 1º por el derecho; desfondado el 2º; muy suelto de cara el 3º; con su empleo el 6º.

José Tomás, de verde esperanza y oro. Estocada (petición y saludos). En el cuarto, estocada baja, estocada (oreja y petición de la segunda).
Alejandro Talavante, de malva y oro. Pinchazo y estocada (saludos). En el quinto, media estocada. Aviso (dos orejas). Salió a hombros.
Diego Silveti, de blanco y oro. Pinchazo, pinchazo hondo y estocada atravesada y dos descabellos. Aviso (saludos). En el sexto, dos pinchazos, media, descabello. Aviso (vuelta al ruedo y gran ovación de despedida).

Cuando Diego Silveti se despidó de El Bibio con el abrazo del capote de la Virgen de Guadalupe sobre los hombros, se me agolparon a puñados las nostalgias en los ojos. Seguía la ruta de José Tomás y la del padre Rey David en la memoria. A pie tantas veces por la puta espada para marcar la diferencia. El toreo en las muñecas. En el asiento. El maestro y el discípulo por su senda y Alejandro Talavante a hombros interpretando el papel de toricantano.

José Tomás bautizó a Silveti en una ceremonia sobria. Las monteras caladas, el cariño en la palabra, en el apretón de manos, en el intercambio de trastos. Y la montera al cielo. Diego había sido Silveti puro en las gaoneras de suerte cargada. Sello y temple en la mano derecha del burraquito reservado para la ocasión. Que tuvo su ritmo impreso en la muleta mexicana y encajada de personalidad. Por abajo. Con una madurez pasmosa y un trazo cautivador. 

El sello de un cambio de mano ligado a tres naturales con la bragueta por delante. El empleo de Lisonjero al natural se soltaba por arriba; Diego Silveti lo corrigió y lo cortó. Le dibujó con el reverso de la muleta divinos medios pases por uno y otro lado y como si nada tuviese fin se envalentonó por bernadinas. El sol de atardecer se apagó por el acero inseguro. Yo vi a David partir de la Monumental de todas las monumentales a hombros con once pinchazos a cuestas… Y cuando su hijo se despidió por su paso, envuelto en la Guadalupana, tras las saltilleras arrebatadas, hacerle cosas del tío Alejandro en los péndulos por la espalda al sexto, y el temple de papá, y la dignidad del abuelo Juan, volvió a pesar la idea de que el toreo se escribe con renglones torcidos. La vuelta al ruedo reconoció a los Silveti en Diego, a Diego en los Silveti.

La cosa, el asunto, trataba de José Tomás. Devuelto el cuarto, el toro que llamaba mentirosa a las tablillas, o que aparentaba más de lo que las tablillas habían marcado ayer y anteayer, salió el sobrero de cara abierta con el que JT halló en su izquierda el paraíso. En la suya propia. En esa zurda que se rompe donde las olas, con el peso cargado en la pierna de salida, rota la cintura. Para alcanzar la eternidad JT había mimado al toro en redondo, retrasado el embroque, para hacérselo fácil, como en el saludo alado de delantales en los medios. Hasta que llegó su hora. 

Y, cuando ese momento se produjo, el milagro del toreo se iluminó. Los vuelos traían la embestida por su cauce y no acababan, como los oles sin final. Siete naturales y una trinchera ligados, con el pecho volcado, la armonía destroncada. Si quiero ponerle de más, me voy a quedar de menos. Habían surgido de la nada tres series de acongojante profundidad. La plomada hundida en las arenas de Gijón que son como una playa sin mar y los toros las acusan. Vivir para torear, esperar para vivir, quedarse con la verdad. Así es muy difícil verla. Un gozo, un paraíso. El toreo, chaval, el toreo, espabila, que esto es. Y cuando te quieras dar cuenta habrá volado de tus manos. Sólo un estúpido error en la estocada bajísima de horror quebró el zumbido, ese rumor de pasiones. La estocada no arregló el fallo, pese a la insistencia de la plaza. ¿Qué premio es esa oreja para tanto? ¿Volatilidad de la piedra? Inamovible, bragado, con el toro del turno anterior de Salvador Domecq, atacado de kilos, desfondado de bravura.

Al conjunto de don Salvador le faltó finales, durabilidad, que no bondad. Alejandro Talavante arreó. Tanto, que en los fuegos artificiales, el arrimón, las telas sueltas sin caída tersa, le arrastraron al triunfo. El desplante, las mil espaldinas, las trescientas manoletinas, el valeroso ardor, el quite por gaoneras, más de la mariposa de Marcial que de Gaona. Una tarde mala de Lalanda le dijeron: «¿Hoy no mariposeas?» Talavante mariposeó con el capote aun queriendo hacer de su talla José Tomás. Esto fue en el quinto. ¡Qué mal enlotada la corrida! ¿O no, Erice? Qué poquita clase para tratar de impedir que Silveti no tuviera su toro de alternativa. Alejandro arreó, muy bien. Pero no quedó nada más que su salida a hombros. Qué tristeza.

17 mayo 2016

Cuando el tiempo deja de tener sentido

Cuando mañana salga la Virgen de los Reyes a la calle se producirá uno de los momentos más bellos de esta ciudad. El tiempo dejará de tener sentido y los segundos se convertirán en eternidad. Sevilla en su máxima expresión durante tan sólo unos minutos.

Serenidad, constancia de que el pasado nunca ha dejado de ser presente y que éste se proyecta hacia el futuro. Amanecer de emociones simples y básicas, de elegante rito y suave claridad. Tumulto silencioso que perpetúa un código secreto entre la ciudad y la efigie fernandina, que todo lo ha visto y todo ha de ver. No es historia, es la historia de esta ciudad, de los sentimientos de esta ciudad.

Matronas sevillanas de otros tiempos acuden a su llamada, batitas frescas de verano, pelos aún mojados tras una ducha mañanera, nerviosismo en el inagotable batir de los abanicos y la conciencia de que cumplen con el pacto que un día se firmó entre Ella y los habitantes de esta ciudad.

Vendrán sevillanos desde las playas cercanas, bajarán desde el Aljarafe milenario cuando todavía no ha amanecido para asistir a las primeras misas celebradas aún en plena noche cerrada, convencerán a sus maridos y parejas para que las acompañe a sabiendas de que el protagonismo es absolutamente femenino.
Reyes, en Sevilla, es nombre de mujer, que las modas han reducido en número pero no en su significado último. Vayan a donde vayan, estén donde estén, si una mujer se llama Reyes, alguna conexión tendrá con esta Sevilla, no lo duden, pero cuidado, con lo mejor de esta ciudad. Imagen dulce y plácida, lejos de falsas algarabías y de oropeles engañosos. Ella, mejor que nadie, representa el alma de esta ciudad, que aunque no lo parezca detesta en su fuero interno los estereotipos.

Mañana de gloria, de evocación y de orgullo, el mismo que transmite su imagen portando en sus manos a un niño que solo quiere sonreír. Sonrisa socarrona de una Virgen que refleja como ninguna el natural instinto de supervivencia que cada mujer lleva en su interior, fuente inagotable de vida y amor.
Y mientras, los hombres nos dedicaremos a observar con envidia la inmensidad de lo femenino ante la fatuidad de lo masculino.

Desde su sillón de tijeras, bajo su peculiar palio, y escoltadas por increíbles varas de nardos, con esa elegancia de siglos, hará una vez más su particular milagro, derrotar al tiempo y a la vulgaridad, aunque sólo sea por unos minutos. Es el lujo que Sevilla se permite cada 15 de agosto y que nadie debería perderse.
No obstante, los que acudan a la procesión se sentirán reconfortados y tocarán la gloria por unos instantes. No es sólo cuestión de fe, es pura y simplemente una cuestión de sensibilidad.

Aquellos que esperen la brillantez de una procesión al uso, que se abstengan de acudir, se sentirán defraudados al no entender su oculto mensaje de total serenidad que intenta transmitir.

A las mujeres de Sevilla, agradecimiento eterno por haber sabido guardar, calladamente y en silencio, el auténtico misterio que la rodea y que tan bien refleja su pálida sonrisa apenas entreabierta. Es la intimidad expuesta a todos los que quieran sentirla.

Es el momento más puro de una ciudad que casi siempre optó por la falsedad como forma de vivir. Mañana no habrá mentiras, ni concesiones a la galería, sólo autenticidad, por eso hay que estar allí para disfrutarla una vez más mientras Ella lo permita.

25 marzo 2016

Una caja vacía de galletas Fontaneda

La verdad es que últimamente el verde se ha convertido en un color coñazo. Que si la ilusión óptica de los brotes verdes en economía. 

Que si el verde Betis echado a la calle para pedir la marcha del ditero al que tanto idolatraban las criaturitas. Ahora se nos ha echado encima otro asunto que lleva también su verde oriflama de actualidad. 

Es la disputa contenciosa por una zona verde en los jardines del Prado de San Sebastián, justo donde se construye la biblioteca de la Universidad de Sevilla con diseño futurista de la arquitecta iraquí Zaha Hadid. Digo yo que, con la calor febril, tanto verde coñazo va a provocar la caza indiscriminada del inocente vegetariano. Al tiempo.

El caso es que esta semana el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha fallado contra la construcción de la biblioteca por vulnerar una zona reservada al ocio de la muy noble ciudadanía. Se le da así la razón al núcleo de vecinos del número 9 de la calle Diego de Riaño, cuyo portal donde me hallo luce una solitaria placa sobredorada indicando la consulta del Dr. José Cubiles Martínez. Esta vecindad anda a la gresca con el Ayuntamiento. 

Todos pues contra la biblioteca que ya ha provocado un arboricidio que, me suena a mí, más sirve de ecológica excusa para tapar los legítimos intereses vecinales de tener vistas hacia la floresta y no hacia un enorme depósito de cadáveres como van camino de ser los libros. 

Tras el fallo del TSJA han pedido el fin inmediato de las obras. Por contra, los munícipes alegan que los jurisconsultos han invadido sus competencias. Van a apelar el fallo con recurso de casación y dicen que el auto no significa que las obras hayan de paralizarse. Hasta aquí la información de tribunales, que se me ha jamado ya buena parte de la crónica.

Como puedo observar, desde luego las obras siguen con su ritmo de martillo pilón. Desde la calle Diego de Riaño, junto al portal 9 de la discordia, contemplo el paisaje bronco y primigenio de las obras. Vigas. Canalones cilíndricos. Chispas de soldaduras. Andamios de hierro. Camiones de maquinaria de obra pesada. Casetillas de arquitectura portátil. Grúas de Ferrovial de acongojante altura. Obreros con casco y sin casco… 

Esta zona cero está acotada por un largo y monótono panel rectangular que, por dentro y por fuera de los jardines, impide ver cómo marcha la aparatosa obra de Zaha Hadid. Como hay poco que ver, nunca mejor dicho, decido darme una paseata por estos jardines del Prado que antaño fuera quemadero de herejes.

Pese a los siglos, aún quedan restos de chamusquina. En un quiosquete de ladrillo rojo dispuesto para el disfrute ciudadano, veo restos de tizne de alguna fogata gamberra. Los ladrillos están todos pintarrajeados con arabescos de spray y declaraciones de amor de adolescentes hormonales en fase álgida. Leo que un tal Fabio o una tal Estrella (sus nombres están enmarcados por un cursi corazoncito).

Más adelante, me siento en un banco a la sombra. Sobre el asiento de forja hay una botella de agua recalentada con un repugnante color fecal. A los pies tengo una bolsa de plástico del Opencor, una caja vacía de galletas Fontaneda, una cajetilla de Chesterfield y un arrugado anuncio de un curso intensivo de relajación zen. Según parece a esto lo llaman zona verde, la cual se ha salvado de las obras destructoras del medio ambiente por culpa de la odiosa biblioteca. 

Pese al denuedo de los operarios de Parques y Jardines, muchas partes de este supuesto vergel del Prado son sólo un acumuladero de basurillas que con el viento se enganchan en los parterres de arrayanes o flotan como medusas en los estanques cubiertos de florecillas caídas de los árboles. Mire donde mire, siempre hay un papel volandero que ensucia la vista. Pero contra la Sevilla guarra que somos nadie pone ningún recurso en lo contencioso-administrativo.

Como digo, los operarios de jardinería se afanan en la limpieza del entorno. Con sus máquinas sopladoras van formando montículos de florecillas color yema de huevo que alfombran el suelo. El sonido de la sopladora me hace evocar el de la máquina cortacésped de las urbanizaciones con piscina donde estrenábamos los veranos. Pero ahora, escuchándolo mejor, ese mismo sonido quizá se parezca más al de la tala de todos los veranos que fuimos.

En los troncos de los árboles veo que hay pegados con fiso varios anuncios de perros abandonados. Leo uno al azar: «Orión. Rubio, de ojos verdes, guapísimo y joven, buen carácter y sano… ¿Qué más se puede pedir? A pesar de todo, Orión lleva años ya con nosotros y sigue sin encontrar hogar. Por favor, ya le toca salir de una jaula. ¡¡Llévatelo contigo!!».

Salvo en lo rubio, los ojos verdes (otra vez el verde coñazo), la guapura y el buen carácter, el perro Orión se me parece por aquello de la falta de un hogar acogedor y de la jaula desde la que uno ve la vida. 

Ya dijo Gutiérrez Solana en su 'España Negra' que los perros se nos parecen además porque comparten las mismas enfermedades: hipocondría, locura, catarro y mal de orina. ¡Orión, qué mala estrella la tuya y la mía! Mientras pienso en mi desdicha y en la de Orión, una mujer testigo de Jehová me ofrece un panfleto que habla de la «felicidad de leer la Biblia». De pronto escucho y veo cómo brotan los caños de agua en el estanque que tengo enfrente. ¿Alguna señal? La felicidad ha de estar en el Libro de todos los libros. Pero aquí no quieren bibliotecas.

18 marzo 2016

Nuestro código genético es muy parecido al de una gallina

Hoy, varios estremecimientos vienen a coincidir sobre el teclado del ordenador. 

El primero lo provoca el sombrío recuerdo de aquel día en que el mundo, entre atónico e incrédulo, asistió en directo al espectáculo del mayor atentado terrorista de la Historia. El segundo estremecimiento lo suscita el reparar en que de aquello, que aún parece que fue ayer, ya han pasado siete años, nada menos. 

Así de rápido se las gasta el tiempo. Casi todo en el Universo viaja a la velocidad de la luz, aunque el hombre se empeñe en no querer reconocerlo; nos metemos con los avestruces, pero nos parecemos a ese bicho mucho más de lo que nos imaginamos. 

El día en que comparen nuestro genético con el de esa gallina gigante que esconde la cabeza en vez del culo en caso de peligro puede que nos llevemos una sorpresa. El tercer estremecimiento de este 11-S se adelantó a su víspera. En Ginebra, los científicos del CERN se disponían a enchufar el gran acelerador de partículas donde pretenden recrear el big-bang del que, según la teoría, surgió el cosmos para ver qué pasa y, mientras, en Sevilla, un concienciado ecologista nos confesaba cuán contrito asistía desde sus adentros a dicho evento.

Ni que decir tiene que es de los que teme que el experimento dé lugar a la aparición de un agujero negro que se lo trague todo, linces incluidos. Pese a ser un tipo que huye de extremismos, no puede evitarlo. 'Juegan a ser dioses', dice sin ocultar cierta indignación hacia los señores de la bata blanca. A lo largo de la Historia siempre ocurrió así. A todo avance del progreso, sistemáticamente hubo quien se opuso utilizando para ello la superchería, el miedo, la hoguera. Ahora lo hacen los ecologistas; unos neoinquisidores que predican su particular Apocalipsis si el hombre no se aviene a volver a las cavernas. 

Pero hasta ahí llega su rabia, ya no le da para los responsables del vertido de Aznalcóllar, el incendio de Berrocal o la amputación de los jardines del Prado. Y es que, aunque uno sea vegetariano, hay que comer cada día. No sé si me entienden.

El gobierno municipal ha anunciado su intención de pedir a la Unesco la catalogación de la Plaza de España como Bien Patrimonio de la Humanidad. Lo que no se sabe exactamente es cuándo va a hacerlo, porque hace cinco años ya dijo que iba a pedir lo mismo para el Parque de María Luisa y todavía estamos esperando. 

Habría que advertirle que los responsables de dicha organización internacional podrían responder a su petición con un educadísimo y plurilingüe corte de mangas en atención al trato recibido este mismo año por el delegado del Icomos (la entidad que supervisa la protección y el cuidado que gobiernos y ciudadanos dispensan a los monumentos que reciben la citada catalogación) durante su visita a Sevilla pues el Ayuntamiento ni siquiera se dignó a recibirlo. 

Y es que en el Icomos, y por tanto en la Unesco, existe una cierta preocupación sobre el impacto que la Torre Pelli, en caso de que finalmente se construya pueda tener sobre el paisaje monumental de Sevilla, que en su día ya fue declarado Patrimonio de la Humanidad; catalogación que, llegado el caso de que las barbaridades vayan a más, podría hasta retirársele. Pero hay más. El Ayuntamiento anuncia su intención de pedir la declaración de la Plaza de España como Patrimonio de la Humanidad, pero no dice nada de las rajas de sus torres y del deplorable estado que presenta. Ni dice, ni hace. De modo que más le valdría callarse y no decir tonterías, que bastante se ha puesto ya en evidencia.

No se dejen engañar por el epígrafe; aunque el asunto atañe a uno que se confiesa capillita, la cosa no va de cofradías ni de curas. 

En todo caso, tal vez de curas de humildad, algo que el personaje debería iniciar cuanto antes para rebajar la injustificada altanería que al parecer va exhibiendo. Sucedió en una esquina cualquiera de la ciudad, dos viejos compañeros de clase se encuentran y, aunque ambos van con prisa, intercambian una escueta información sobre sus respectivas vidas. 'Bueno, yo trabajo con ese concejal tan polémico que siempre está saliendo en los papeles', dice uno. 

El otro se queda estupefacto ante las vueltas que la vida ha hecho dar a su antiguo camarada hasta conducirlo a tan impensable destino y le insiste sobre el particular. 'La verdad es que el tipo no vale un duro. Casi todo lo que hace, lo hace mal. Si no fuera por nosotros, los que estamos detrás... de todos modos creo que le queda un cuarto de hora'. Esta vez nos hemos limitado a transcribir textualmente. Por lo visto, este otoño puede estar movido.

11 marzo 2016

La ostentación y el postureo comiendo marisco

Todos los políticos son alérgicos al marisco. En público y durante su permanencia en el cargo, claro. José Rodríguez de la Borbolla, ex presidente de la Junta de Andalucía, puede ilustrar la aseveración inicial con el calvario que le supuso una recepción de la Consejería de Agricultura y Pesca a bordo de un bateau mouche de París en la que había langostinos de Sanlúcar para deleite de los invitados. Aquello marcó su presidencia de modo imborrable. 

Más cercano en el tiempo, Zapatero dio muestras de sagacidad cuando ignoró una apetecible fuente de langostinos en un restaurante de Sanlúcar en agosto de 2007 y prefirió picotear de las tortillitas de humildes camarones. ¿Alergia al marisco? Más bien, alergia a la foto.

En una cosa tiene razón Antonio Rodrigo Torrijos, cuya foto ante una suculenta bandeja de mariscos en un restaurante de Bruselas en abril de 2008 ha desatado una controversia formidable en la ciudad. Los comunistas tienen todo el derecho del mundo a comer marisco. Faltaría más. Nadie está obligado, por sus ideas salvo que se sea vegetariano, a abjurar de un alimento con tantas propiedades y tan gustoso al paladar.

No hace falta leer al antropólogo Marvin Harris para coincidir con él en que es bueno para comer lo que es bueno para pensar. Y, en el caso de los políticos, es mejor pensar que no les gusta el marisco antes que fotografiarse con la mirada chispeante ante una fuente de tan suculento manjar.

Porque no valen las argumentaciones tramposas que ha esgrimido Torrijos de que cuando uno va a una feria de marisco tiene que degustarlo obligatoriamente o de que no se puede despreciar las gambas que cualquiera ofrece en un plato nada más llegar a su caseta en la Feria de Abril.

No, porque lo que está delante de Torrijos en la instantánea no es marisco, sino todo un símbolo. Y es en el plano simbólico (semiótico por seguir la estela de pensamiento de los 70 que hoy nos alumbra) donde se disputa esta singular batalla ante los ojos de la opinión pública.

Siguiendo este carácter simbólico de la foto, poco importa que la factura la abonara Mercasevilla o los mayoristas, puesto que Torrijos no hizo ademán de pagar, según confesión propia. Es lo de menos. Lo de más es la pose de compadreo, la mirada encandilada tras la proverbial fuente de mariscos por compartir, la pinta de cerveza en la mano y la servilleta negra al cuello. No es ni más ni menos que la actualización -bien sofisticada, por cierto- del mito de la comilona inscrito en el imaginario colectivo desde los tiempos de cerveza y gambas en Baturone los viernes con la paga recién cobrada en el bolsillo.

Lo que no se ve en la foto, pero es fácil intuir en las expresiones de los dos compañeros de mesa, es la consideración de que estaban culminando una arrojada incursión transgresora en los usos y costumbres de los plutócratas: a la fuente de marisco sólo le falta un pabellón rojo coronándola con el mismo valor icónico que el de los marines hincando la bandera de EEUU en Iwo Jima. ¡Aquí estamos dos comunistas comiendo lo mismo que ellos!, parecen decir con sus gestos divertidos.

Porque todo parte de ese imperdonable error de cálculo en un político de la experiencia de Torrijos. No es lo mismo dejarse fotografiar con todo el grupo, que centrando la imagen sólo en tres comensales; y no es lo mismo posar ante la mesa con el marisco detrás sin darle mayor importancia, que hacerlo con una sonrisa de oreja a oreja como la que Escobar le pintaba a Carpanta.

Es la ostentación lo peor de la imagen, y Torrijos lo sabe. Cree que aludiendo al orgullo de clase de comer como los ricos logrará poner de su lado a la militancia, pero ignora o prefiere hacer como que ignora que es esa ostentación (ay, la servilletita al cuello, el amago de brindis) lo más imperdonable de la fotografía. No es el marisco lo que rechina en la instantánea, sino el alarde de los dos comensales de francachela (el tercero se asoma más bien resignado a la escena).

A ese error de cálculo inicial le siguió el error de colgar la instantánea en su blog particular con la intención de neutralizar la publicación por parte de un periódico local. Lo que consiguió fue justo el efecto contrario: no sólo desbarató el scoop (la primicia), sino que facilitó su uso y redifusión a cuantos medios de comunicación quisieron hacerse eco. Lo que con tanto ahínco había buscado un competidor, estaba ahora en manos (y en boca) de todos sin apenas esfuerzo. Sin ese post en el blog, muy probablemente este artículo ni existiría. Así es la dura competencia en este oficio.

Su justificación de que no tiene nada que ocultar para difundir las fotos de aquel viaje a Bruselas encierra una media verdad como, muy probablemente, haya comprendido a estas alturas: lo malo no es comer marisco, ni mucho ni poco; lo peor es hacerlo con ansia. Y si es de clase, mucho peor.

04 marzo 2016

El ecologista al que le gustaba la economía

El estereotipo del ecologista que predomina en el imaginario colectivo es un joven vegetariano con greñas de hippy, vaqueros rotos y camiseta de Save the Whales. 

Por supuesto, esta caricatura es tan falsa como identificar a los homosexuales únicamente con las drag queen que lucen taconazos en las carrozas del Día del Orgullo Gay. Pero los tópicos pesan mucho en nuestro cerebro y por eso, a priori, a casi nadie se le ocurriría vincular a un economista de traje y corbata con el movimiento verde.

Sin embargo, la economía y la ecología tienen mucho más en común de lo que la gente se imagina. De hecho, ambos conceptos tienen una raíz común, la palabra griega oikos, que significa casa. 

Y es que ambas son ciencias que en última instancia se ocupan de analizar cómo gestionar los recursos limitados de nuestro frágil hogar planetario, ese buque cósmico que compartimos los animales humanos con todos los demás seres vivos. Por eso, no debería sorprendernos, aunque muchos parecen haberlo olvidado, que todos los grandes clásicos del pensamiento económico -Smith, Mill, Keynes, etc.- dedicaron muchas páginas a reflexionar sobre los límites del crecimiento.

Éstas son sólo algunas de las muchas perlas de sabiduría que contiene El grito de la Tierra (RBA), el nuevo libro de un economista ecologista llamado Ramón Tamames, cuyos contenidos ya fueron adelantados en exclusiva por este suplemento a principios de octubre.

El pasado martes, Eureka participó en la presentación de este lúcido ensayo en el Club Financiero Génova de Madrid, un acto que el propio Tamames bautizó como un triálogo entre el autor y dos periodistas científicos (mi compañero Pedro Cáceres y yo). Cuando le preguntamos si creía que el movimiento de los llamados escépticos seguía haciendo daño a la lucha contra el cambio climático, respondió con su inconfundible sorna: «Hombre, no sólo Bjorn Lomborg, sino incluso José María Aznar, se han convertido a la causa. Ya sólo debe quedar el primo de Rajoy, pero seguro que acabará aceptando los hechos».

Tamames aprovechó la presentación de su libro para dejar muy claro que el verdadero ecologismo «no es de izquierdas ni de derechas», sino que se basa en análisis científicos de la realidad. Y cuando un miembro del público le preguntó cuál sería el coste de no hacer nada, manteniendo la actitud del business as usual que sigue predominando, citó a otro economista ecologista, su colega británico Nicholas Stern: «Las consecuencias serán brutales en menos de 20 años». 

Tamames cree que «corremos el riesgo de ser expulsados del único paraíso conocido», pero está convencido de que el surgimiento de un nuevo Homo ecologicus nos salvará del desastre. Ojalá proyectos como Equo, ese nuevo movimiento liderado por Juan López de Uralde cuya visión también adelantamos hoy en Eureka, contribuya a lograrlo.

26 febrero 2016

El acoso a los fumadores

Carlos Rodríguez Sanclemente nació en el valle del Cauca, entre Los Andes y el Pacífico. Vino a España para estudiar económicas, y el amor lo dejó prendido aquí donde este permanente hacedor de sueños montó un restaurante vegetariano, La Mazorca allá por los años 80. 

Un buen día se encontró una casa en ruinas ubicada entre La Rambla y el Casco Antiguo, y después de viajar a Barcelona y conocer los ambientes más comprometidos con esa música sólo equiparable al flamenco, como es el jazz y el blues, decidió montar en Alicante un local de actuaciones en directo, y que se ha convertido en mítico después de 23 años ininterrumpidos de buenas actuaciones: El Jamboree.

Más tarde Rodríguez Sanclemente convirtió el ático en un restaurante y ahora ha decidido reconvertirlo en un club de libertades, diferentes culturas y artes, e incluso aficiones futbolísticas para fumadores, que hoy viven constreñidos esos momentos en los que pueden compartir los cinco sentidos con un cigarrillo en la mano, sin molestar a nadie ni infligir ley o normativa alguna.

Los socios pagarán una cuota mensual de aproximadamente 10 euros para los fijos, y de tres a cinco, para los eventuales o transitorios. Dado que el local está en el ático y tiene estupendas terrazas, ningún problema de ventilación, y cualquiera podrá bajar por el ascensor para elegir y servirse su bebida, y tal vez la de sus amigos que lo esperan arriba viendo un clásico del cine mudo acompañado de su perceptivo piano que toca la sintonía original, un solo de jazz arrancándole el espíritu de John Contrane a un saxo, las discusiones de un club de lectores que han acordado cualquier libro para desmenuzarlo, o los dogmas, ironías y maldiciones de los moderados tifosis de un Hércules-Valencia.

Por supuesto aquí no hay ni habrá ningún interés lucrativo, únicamente que las cuotas de los socios sirvan para mantener los gastos de limpieza del local, alquiler, televisión, ayudar a los músicos que lo requieran y promocionar algún tipo de conferencias de los más diversos temas escogidos por determinado grupo de socios. Incluso y por qué no, jugar al ajedrez con la mirada en el tablero y el cigarrillo echando humo y nervios contenidos.