06 agosto 2015

Pillada con el culo al aire

Últimamente todo el mundo se rasga las vestiduras. Menos yo, tal vez porque fui educado en la más severa disciplina franquista-leninista cuya esencia es, como ustedes muy bien ignoran, el respeto a la vileza del Estado. El caso es que a mí las escuchas del CESID me entran por un oído y me salen por el otro. El Estado necesita de los espías y los espías, como su propio nombre indica, se dedican a espiar. 

Como todo el mundo: en las orejas del yo hay siempre unos prismáticos enchufados a la circunstancia y gracias a esa invencible curiosidad el hombre inventó la rueda, el cotilleo, el erotismo y los agujeros negros del espacio. Los astrónomos se pasan la vida espiando a las estrellas y los padres a los hijos y Hacienda a los contribuyentes. Vas a pedir un crédito y los del banco entran a saco en tu intimidad; buscas trabajo y la empresa se cuela en tu sistema endovenoso a ver cómo andas de salud. Y como no te des prisa en bajar la persiana te encuentras los ojos del vecino en el cajón de las bragas.

Aquí nadie reconoce que espiar es una cosa tan cojonuda que lo han tenido que prohibir. Inútilmente, por supuesto; el que más o el que menos ha visto su intimidad vulnerada por un geranio que era en realidad un espía de tallo carnoso y flores cigomorfas perteneciente al género CESID, periodismo de investigación, prensa del culebrón o venganza financiera. Los espías florecen por todas partes y atraen a las almas nobles con chismes del corazón y del dinero, culos, tetas, informes y dossieres. 

El comercio de la privacidad, es hermoso precisamente porque hace que los hombres se interesen unos por otros: hoy, cualquier político responsable, cualquier banquero decente, cualquier empresario honrado, cualquier periodista incorruptible o cualquier hombre de veras ha de espiar y ser espiado si realmente ama al prójimo como a sí mismo. Por eso me indigna la hipocresía de quienes se escandalizan por los pinchazos telefónicos de los geranios del CESID; porque la primera obligación de un Estado verdaderamente justo y democrático es dejar a sus miembros con el culo al aire y sin secretos, convirtiéndoles en objeto de chantaje y amenaza. No vaya a ser que salgan corriendo en caso de guerra. O de paz.

30 julio 2015

Los Sex shop virtuales

Estábamos en la sección sado maso de Mundo Fantástico, la antigua tienda de muebles de la calle Atocha que conservó su nombre cuando la convirtieron en sex shop. Amelia Alas, Marco Meer, de la productora Ice 9, y yo observábamos con relativa neutralidad el cepo de pene, los correajes, los látigos de tiras, las máscaras completas de color negro con ojos de redecilla metálica que parecen los de una mosca, el inmovilizador de brazos, la cadena de pezones, el arnés brida que utilizan los amantes duros para cabalgarse. 

La planta baja del local es una especie de Simago sexual, un amplio supermercado de objetos, fantasías, complementos y sustancias para estimular el deseo. Y el ciudadano mira estos productos como si fueran las latas, los yogures o los tetra brick de un Seven Eleven. Las cuatro mujeres jóvenes y modositas que de pronto entraron en pandilla seguro que no se reían entre ellas porque les diera corte, sino porque les hacía gracia decidir el regalo de boda o de despedida de soltera que pensaban hacerle a una amiga suya. ¿Qué tal le sentaría a Chuny un corsé con liguero? ¿Por qué no una mordaza o ese taburete regulable con polla incorporada para que se siente con placer cuando se sienta sola?

Hay cintas de vídeo para todos los gustos. A Marco le fascinó este subtítulo de un porno que se titulaba Espuma: Una chica limpia en una historia sucia. Y Amelia y yo nos entretuvimos un rato con las películas del gran género de la zoofilia, que abarca múltiples subgéneros, algunos francamente especializados, como ésa que había «para amantes del sexo oral con caballos». Nos pareció que las mejores eran Suck a horse y Horse fever, aunque yo todavía no he olvidado el impacto que hace años me provocó Miss Piggy, una historia de mujeres nórdicas con rostros casi satánicos, de tan fríamente viciosos, que se lo hacían encantadas con un cerdo enorme y salidorro. Con decirles, por si no lo saben, que las pollas de los cerdos son como sacacorchos, pueden hacerse una vaga idea de lo que era aquello. Por eso suelo decir que con Miss Piggy perdí definitivamente la inocencia. Pero en fin. Y son divertidas las versiones porno de películas famosas como Juranal Park, con sus penisaurios desencadenados, The boodyguard (El guardatetas) o Rain Woman 5.

Yo no me conformé con el de Atocha. Cuando Amelia y Marco se retiraron, me asomé a varios Show Centers de la cadena Hollywood (el más grande está también en la calle Atocha). Están además los California y hay un Californiusa en los antiguos Salones Montera donde, por qué no decírselo a ustedes en confianza, tuve que hacerme una paja en una cabina, porque es que uno acaba poniéndose cachondo con tanto adminículo y tanto ver cuerpos follando en cualquiera de los ciento y pico canales de cine pornográfico, que está precisamente para eso, para provocar el deseo en el espectador solitario. 

Y como bien dice Umberto Eco -vamos a darle una pátina intelectual a esto para no patinar demasiado- en Cómo reconocer una película porno, un texto de su Segundo diario mínimo, el cine pornográfico está lleno de tiempos muertos, «lleno de parejas que pierden un tiempo increíble para registrarse en los hoteles». Porque «para que la transgresión tenga éxito, es necesario que se perfile sobre un fondo de normalidad». Y añade que «si Gilberto debe tomar el autobús e ir de A a B se verá a Gilberto que toma el autobús y el autobús que va de A a B», y «si para ir de A a B los protagonistas tardan más de lo que desearíais, eso significa que la película es pornográfica».

No sólo las películas, también la vida real está llena de tiempos muertos, y más en una ciudad como la nuestra, que es una mera sucesión de horas perdidas en los medios de transporte, de pausas para el café, para la comida, para el cigarrito, para que las empleadas de la empresa se pongan húmedas viendo cómo se quita la camiseta sudada el chico de la Coca Cola o para que el joven ejecutivo que va todo el día embutido en su traje de chaqueta y corbata libere al animal que lleva dentro en la oscuridad de una pequeña cabina de sex shop, como el que se para a hacer pis y luego sigue. Es un mero desahogo. Para eso sirven las tiendas del sexo virtual, donde las fantasías más monótonas o más increíbles te sumergen de golpe en un mundo fantástico de jadeos, besos húmedos y gargantas profundas.

Al día siguiente, Félix Leiro me acompañó a uno de los primeros sex shops que hubo en Madrid, junto con los también pioneros de la calle Barco, en el número once de Desengaño, en el corazón mismo de la prostitución más auténticamente arrastrada de la ciudad, entre un ir y venir de lumis y chulos temibles. Sin duda es el mejor porque no está estandarizado. La verdad es que conserva todo el aire de un bar de barrio al que bajaran los maridos para tomarse unas pintas de cerveza mientras una crazy girl pasea su cuerpo moreno por la barra con ademanes lascivos o sensuales. Y en lugar de echar unas monedas en la máquina tragaperras, las echan en la cabina y ven un puñado de escenas morbosas que les ponen a tono.

Quién sabe si dentro de poco no habrá también grandes superficies, enormes continentes del sexo para recorrerlos en familia, empujando un carrito entre estanterías repletas de pitos locos, tetas saltarinas, vaginas de látex, verduras con sorpresa fálica, bolas anales, vibradores dedo de dama, estimuladores de clítoris o anillos para potenciar la erección. Sólo es una cuestión de tiempo.

23 julio 2015

Carmen Russo se mantiene bien para su edad

Para el otoño, y seguramente para el invierno, la primavera y el verano, Tele 5 apuesta de nuevo por las tetas, aunque también por los muslos, las mollejas y los culos de las presentadoras, las bailarinas y las figurantas, y en su delirante Gran Gala de Sevilla con los cascos azules de Bosnia, las cien novias y las mil sevillanas ya dejó constancia de esa disposición, sobre todo en las personas de Arantxa del Sol y Carmen Russo, o, para ser más exactos, sobre sus organismos. 

Antena 3, en cambio, opta por las caras, se anuncia para este otoño con los retratos de todas sus caras y repite una y otra vez su eslógan «Damos la cara». Se ve que alguien de esa casa conoce el hermoso y certero refrán español de «rostro lleva al lecho, que no culo bien hecho», y ha pensado que esa sencilla verdad podría ser aplicada a la compleja mentira de la Televisión. Puede. 

Pero en la compulsión por el espectáculo, por lo espectacular, que padecen las cadenas, una cara puede ser vista, y entendida, exactamente como una teta, esto es, como algo que, de tan banalizado y visto, no remite a nada más hondo o, siquiera, posterior. Lo malo de las caras, al margen de la avilantez que eventualmente irradien, es que hay muchas, si bien las caras de Antena 3 televisión son, si me permiten la licencia, las más caras de todas: De una parte, la denuncia hecha en su día por Rafael Sánchez Ferlosio, que se quejaba el hombre de que en este país sólo había caras, rara vez asuntos o temas, adquiere renovado valor ante el alud de caras famosas sin nada, o casi nada, detrás. 

De otra parte, la mitomanía y el culto a la personalidad (a la cara), ese tósigo que descerebra a los pasivos (y los telespectadores lo son), alcanza su expresión más brutal en esa oferta televisiva de las caras a mogollón. Pues la televisión se cuela en la casa a todas horas, como un familiar o un huésped estable, sus caras se integran con pasmosa facilidad en el ámbito de la intimidad. Ellas no están cerca del espectador, pues ignoran incluso su existencia (sólo conocen, merced a los sondeos, el número de sus caras sin nombre), pero el espectador sí está cerca de ellas, muy cerca, pendiente de sus tics, magnetizado con su voz, atado, en fin, a esa quimera de rostro falsamente humano. 

Pero tiene razón Ferlosio en que sobran caras, aunque también es cierto que unas más que otras. La ubícua y bellísima de Ana Belén, que el domingo por la noche estaba, con edades y oficios distintos, en dos canales a la vez (actriz en Fortunata... y cantante en La Gala de A3), rara vez sobra.

16 julio 2015

Los testículos más de moda que nunca

Además de los dinosaurios y las enfermedades del pulmón, también están de moda los huevos, esto es, los testículos, esos simpáticos aditamentos masculinos que cada vez sirven menos para su función, que es la de fabricar esperma, pero que, en cambio, se ha revelado como mano de santo para vender películas y periódicos. Hay que aclarar, no obstante, que lo que la enciclopedia ésa llama testículos son, en realidad, las bolsas escrotales, que como todo el mundo sabe, menos la agencia de publicidad que ha compuesto esos elegantes anuncios, contienen, además de los testículos propiamente dichos, numerosos vasos sanguíneos, bastantes tubos seminíferos, un conducto deferente y el epidídimo, que es, como si dijéramos, el almacén o camerino donde los espermatoziodes aguardan su momento estelar. 

Pero si el anuncio de una enciclopedia en fascículos que, encima, se regala con la adquisición de un periódico, confunde el testículo con el escroto, y éste, a su vez, con la bragueta o el paquete de los transeúntes, se pueden imaginar ustedes la idea que del asunto puede tener Huevos de oro, esa película tan publicitada últimamente que, pues ha surgido del estro creador de Bigas Luna, tiene toda la pinta de ser muy desagradable. 

El afiche, de entrada, ya lo es: el actor Javier Bardem tocándose, literalmente, los huevos de oro, como Michael Jackson, que es el que puso de moda esa estética jurásica inspirada en las criadillas. Se han puesto de moda, pues, los testículos, y los ovarios no, porque, pese a ser el equivalente femenino en la esfera de lo reproductor, no se prestan mucho a la cosa espectacular, de modo que se ha optado por lo clásico, por lo seguro, o sea, por las tetas, aunque el anuncio enciclopédico tampoco las llama, lógicamente, así. Con todo, la testiculitis rampante, que rezuma tanto machismo como ignorancia, no limita su radio de acción a la publicidad, y ahí tenemos a la afición merengue demandando a su equipo, implorándole casi, un poco de testiculina, como si los goles se metieran con el bajo vientre. Los huevos. Lo que nos faltaba. 

Aunque hay cosas que, siquiera en sentido figurado, los hinchan. Como, sin ir más lejos, el forofismo de los locutores que retransmiten los partidos de fútbol en las autonómicas, y que añaden un plus indeseado de pasión y de subjetividad al espectáculo deportivo. ¿Qué habrán pensado los casi 400.000 gallegos que viven en la comunidad madrileña de la retransmisión que hizo TM3 del encuentro Deportivo de La Coruña-Real Madrid? En fin, que los testículos, ahora que ya casi no sirven para nada, que como fabricantes de algo sufren también muchísimo los efectos de la crisis industrial, se han puesto de moda. A falta de algo mejor, se dedican a la publicidad.

09 julio 2015

La sensual Uma Thurman

Independientemente del tono de calidad o de la mediocridad que impongan las películas a concurso en los festivales de cine, es imposible excluir de ellos una jornada particularmente terrorífica. Ignoro si los organizadores han visto previamente lo que nos van a ofrecer o si el muermo con el que nos castigan forma parte de un ritual obligado y pintoresco. La salud mental de los asistentes se resiente a lo largo del día pero confía ingenuamente en que una vez pagada la cuota al intolerable muermo, éste no se vuelva a exhibir de forma tan transparente durante el resto del festival. 

Los autores de la felonía de ayer son un cineasta norteamericano y un cineasta francés habitualmente mimados por la crítica, gente consciente de su importancia que emplean cada dos por tres la odiosa cantinela «en mi obra, en mi arte... etc., etc.». El norteamericano es objeto de culto entre la modernidad. Se llama Gus Van Sant. 

Realizó la tan inquietante como atractiva Drugstore Cowboy (un original western moderno en el que los bandidos asaltaban farmacias y hospitales para conseguir drogas en vez de bancos y en la que el gran William Burroughs hacía una aparición e interpretación memorables) y la bastante insoportable Mi Idaho particular, una película que intentaba combinar a Shakespeare con unos chaperos líricos y moderadamente tontos.

Si esta película hace intuir futuros y prestigiosos horrores, la abominable Even cowgirls get the blues supera todo lo previsible. No he leído la famosa novela de Tom Robbins en la que está basada esta idiotez, pero la adaptación que ha hecho Gus Van Sant no incita precisamente a deleitarse con el material literario. La cosa va de moda neohippy, último invento del marketing posmoderno. La protagonista, una mujer bendecida por los dioses indios y adornada con poderes sobrenaturales que actúan según los deseos de los descomunales dedos de sus manos, recorre América haciendo autostop y a la búsqueda de la espiritualidad perdida y de las fuentes de la sabiduría. Un aristocrático travesti, que ejerce de protector suyo, le envía a un rancho habitado por unas lesbianas colgadas del peyote que pretenden rebelarse contra el poder establecido, hechiceros y una fauna bastante intragable. Todo es absurdo y ridículo en este engendro con mensaje. 

La protagoniza Uma Thurman, pero la sensual muñequita, al igual que su director, no tiene nada interesante que hacer ni que decir. Todo huele a una mala ingestión de drogas, a diarrea expresiva, a nadería simbolista, a aburrimiento de niños ricos. La otra pesadilla del día se titula Un, dos, tres, sol. La firma el francés Bertrand Blier y todo resulta tan grotesco como el propio título. Blier, que comenzó espléndidamente su larga e intragable carrera cinematográfica con la cínica y sorprendente Los rompepelotas, es uno de los valores más incomprensibles del cine francés, aunque la crítica y el público de su chauvinista país siguen considerándolo como el más divertido y rompedor del gremio. 

Aquí, se sitúa en los suburbios habitados por los emigrantes para contar diversas majaderías sobre una histérica que odia a su esperpéntica familia, pretende que unos macarras le despojen del engorro de la virginidad y es adoptada por una negra que resucita a los negros con el calor de sus tetas. Blier se empeña en hacer gracias y poesía a costa del lumpen pero maldita la gracia que tiene. Lo más lamentable es ver al venerable y venerado Marcello Mastroianni intentando dotar de humanidad a la caricatura que le ha caído encima. 

Mi capacidad descriptiva es incapaz de reflejar la sarta de disparates visuales, auditivos y argumentales que nos han ofrecido estas dos muestras del cine más inútil y pretencioso. Pobres de los espectadores que piquen el anzuelo de pasar por taquilla, seducidos por el inmerecido prestigio de sus autores. La única compensación a tanto espanto nos la ha regalado la excelente En la línea de fuego, proyectada en la sección «Noche veneciana». 

Dirigida por el alemán Wolfgang Petersen, un tipo habitualmente espeso, es sorprendentemente modélica como cine de acción y de suspense. No sé si el milagro responde a la evolución del director o a esa magia exclusivamente hollywoodense en que todo funciona a la perfección y que transforma a un director de estilo plúmbeo en un más que aceptable discípulo de los mejores artesanos del cine norteamericano.

Clint Eastwood interpreta con sobria intensidad a un guardaespaldas del presidente de Estados Unidos que arrastra un inmenso complejo de culpa por no haber podido evitar el asesinato de John Kennedy. Un antiguo y brillante miembro de la CIA, cuyo apocalíptico nihilismo ha decidido intentar asesinar al actual presidente, elige maquiavélicamente a ese guardaespaldas viejo, cansado y angustiado para desafiarle a que intente impedirle el magnicidio. La lucha y la persecución entre el hombre que necesita recuperar el autorrespeto y el implacable, turbio e inteligente asesino (papel muy adecuado para que se luzca el reverso tenebroso de John Malkovich), están narradas con una fluidez y una profundidad admirables. 

Es de esas películas cuyo metraje parece transcurrir en un suspiro, en las que no se te ocurre jamás el revelador acto de mirar el reloj o removerte en la butaca. La tensión que te provoca nace de la calidad y no del fácil efectismo, el villano es tan complejo y magnético como el héroe, todo funciona con armonía y precisión.

02 julio 2015

Los pechos motivo de mi alegría

El mendigo busca su alma en el vertedero; la urbe abandona todo signo de humanidad donde el suburbio pierde su honroso nombre y llega a autodesolarse hasta extremos increíbles; metralletas de cargador curvo como animales a punto de ser cazados hacen epilepsias en los antebrazos de los sonámbulos. Y al fondo, viejos edificios muestran las cavernas de los volcanes bélicos. 

Este es nuestro mundo y esa otra es la ciudad de los ricos, con sus arrogantes torres trazadas con regla sobre el torso enfebrecido del espacio. Es la ciudad y sus mandamases de la política, de las finanzas, de la cultura. Allí se cuece el discurso del culto a la belleza. Allí se dictamina sobre la calidad de una cara guapa, de unos pechos, de unas piernas, de unas nalgas. Allí se han escandalizado al ver la foto de esta mujer que enseñó el otro día un pecho operado de cáncer. 

Un pecho que ya no era «una buena teta», con su abundante volumen, con su consistencia casi aérea, con su semilla y el tierno disco de tierra que la rodea. La teta había sido profanada, deliberadamente, por esta mujer. Las tetas, misteriosas en su monólogo anatómico, alfa y omega de la castidad, prodigio de la síntesis de la mujer y la madre, callado portento sin representación en la naturaleza como ninguna otra cosa de la anatomía del cuerpo... 

Esos senos, siempre dignos de panegírico, eran ahora motivo de elegía. Sí. La muerte de ese pecho era intolerable porque se mostraba. Podrá parecer la miseria urbana, el arrabal imposible, la gran bomba cayendo sobre el tejado, la fachada hecha añicos... Pero un pecho surcado por una hendidura, muerta la estrella polar del pezón, desmayada toda su textura y gracia, eso no podía tolerarse por los dicen lo que debe ser el buen gusto y todos los que gregariamente le siguen por su lacerante brujulear sobre el decorado tétrico y al mismo tiempo luminoso de esta época que tiene más de submarina que de solar. Todo ello es escrito aquí en La Mirada con el mayor fervor, horror, intensidad y compasión. 

El gran hallazgo del pensamiento en el budismo fue y es pensar que mi pena -no es mi pena, que es la pena del mundo como señalaba el científico David Bohn, que decía que él, cuando trabajaba en.el laboratorio con el sodio, no decía mi sodio, sino el sodio.

09 junio 2015

Codigo promocional Groupalia

Para quienes acuden solos al gimnasio, también supone un incentivo, ya que el personal trainer se convierte en la compañía perfecta, en la persona que guía el entrenamiento y lo hace más ameno, frente a las aburridas tablas seguidas sin interés. Y para ello nada mejor que pillar alguno de los códigos de descuento que ofrece Groupalia




Con este objetivo, Caroli Health Club ha diseñado unos ejercicios alternativos y complementarios, que tonifican el cuerpo de forma diferente y divertida. 

El Indiaka, por ejemplo, es un juego en el que se golpea este instrumento brasileño (parecido al volante del bádminton) con cualquier parte del cuerpo, evitando que toque el suelo; en las Mazas, se simula una lucha de gladiadores o, incluso, un partido de hockey, para fortalecer la musculatura y desarrollar el equilibrio, y el Scatch es un juego de pelota para dos personas que se practica con un guante de velcro.

Si el problema es la falta de disciplina y la inconstancia, nada mejor que disponer de un entrenador personal que nos ayude a sacudirnos la pereza. Además de vigilar la correcta ejecución del programa de ejercicios, se encargará de insuflarnos la motivación y el apoyo necesarios cuando las fuerzas flaqueen. 

Cada vez es más difícil encontrar una disculpa para evitar ir al gimnasio. Se han quedado sin ella quienes alegan falta de tiempo, los que se aburren con las interminables clases de aeróbic o de step y hasta aquellos que identifican las máquinas de musculación con un método moderno de tortura. El concepto fitness ha evolucionado y gran parte de la culpa la tienen los centros de última generación y la corriente wellness, cuya filosofía va más allá del desarrollo físico, al englobar también el psicológico. 

El lema que los define bien podría ser el clásico Mens sana in corpore sano y su clientela persigue algo más que un cuerpo 10 moldeado a base de sudor y lágrimas. Muy al contrario, saben que, para alcanzar su meta, lo más importante es sentirse bien con uno mismo. 

¿Cómo consiguen satisfacer unas expectativas tan exigentes? Poniendo toda su artillería al servicio del disfrute. Desde el diseño de interiores -caracterizado por los colores neutros, la decoración minimalista y el espíritu zen, para crear un ambiente relajante-, hasta sus instalaciones y servicios. 

Estas, además de atender a lo último en aparatos y técnicas de ejercicio, están equipadas con espacios balnearios y salas de belleza. Otra enseña muy importante es haber adoptado la personalización como sistema de trabajo. Más allá de las tradicionales clases colectivas, cada cliente dispone de un programa de entrenamiento adaptado a sus propias necesidades.Y todo, con el fin de completar un circuito dedicado a la salud y al bienestar. 

Precisamente, para conocer los objetivos de cada usuario y garantizar ese trato individualizado, algunos centros, como Caroli Health Club efectúan un chequeo previo para determinar el estado físico. Empieza por una revisión médica, que incluye un estudio de los hábitos de vida y los posibles factores de riesgo cardiovascular, y culmina con un examen de belleza, en el que se analiza la composición de la piel del cuerpo y el rostro.