21 junio 2016

Hitler y el deporte

Siempre se miró con fijeza a Adolf Hitler, como si fuese el único malvado de la historia que puso a Jesse Owens fuera del tiempo, en la eternidad que la cordura celebra hoy. 

Pero el mito no sería tan virtuoso sin otro malvado de catálogo, Avery Brundage, quien permite este aniversario feliz del 9 de agosto: 75 años de los cuatro oros del negro Jesse Owens en los Juegos de Berlín, 1936.

La leyenda germinó en la derrota deportiva del supremacismo racial ario avalado por Hitler, pero también al erosionar la segregación racial vigente entonces en Estados Unidos. Aquel 9 de agosto, Owens, campeón ya de 100, 200 metros y salto de longitud, no iba a correr el relevo 4x100 metros. Tampoco Ralph Metcalfe, con quien compartía color de piel. Porque Brundage, presidente del Comité Olímpico yanqui, había previsto un cuarteto de pura raza... blanca. Un gesto de discriminación, no consumado, debido a la intermediación de la forma superior del racismo, el supremacismo nazi.

La narrativa oficial señala que Owens y Metcalfe se hicieron hueco en el 4x100 ante la amenaza de que Holanda batiese a Estados Unidos. Sin embargo, ha ganado crédito otra teoría igualmente creíble en el ambiente de los cínicos años 30: Brundage, simpatizante nazi, para corresponder a Hitler, prefirió sacar del relevo estadounidense a los dos únicos judíos de la selección, Marty Gluck-man y Stam Stoller. De hecho, Brundage no alteró el pleno de blancos en el relevo 4x400 americano, pese a la amenaza de Gran Bretaña, que acabaría ganando. De hecho, los dos judíos fueron los únicos que no disputaron una sola prueba en Berlín. De hecho, Hitler nunca maniobró ante el Comité Olímpico Internacional (CIO) para cerrar el camino de los Juegos a los negros, sino a los judíos, lo que motivó un movimiento de boicot que en los USA frenó el propio Brundage, premiado en 1952 con 20 años en la Presidencia del CIO.

Aunque los fondos bibliográficos de todas las bibliotecas del mundo civilizado certifican la desafección nazi por los negros, la innegable animadversión de Hitler por Owens se ha sobredimensionado para salvar a otros, desde Brundage a Franklin D. Roosevelt. Porque, como decía el atleta en una entrevista para Track and Field News en septiembre de 1974: No fui invitado a estrechar la mano de Hitler [ni le aplaudió desde el palco], pero tampoco a la Casa Blanca para estrechar la mano del presidente Roosevelt. Y decía más sobre su país en 1936: Era una sociedad que prohibía a blancos y negros comer o vivir juntos. Al regresar [de Berlín] escuché historias sobre Hitler y cómo me despreció, aunque en mi tierra no podía sentarme en los primeros asientos de los autobuses ni vivir donde quisiese. Entonces, ¿cuál era la diferencia?.

A su vuelta a casa, se quejaba: Se hizo cada vez más evidente que incluso había gente dispuesta a recibirme en su suite, pero nadie iba a ofrecerme un trabajo. Fue botones, camarero... La fama no le recibió. Ni Owens ni Joe Louis, boxeador, aún más célebre, igualmente negro, hacían publicidad pues las marcas temían que los consumidores del Sur racista les abandonasen. Por esa misma razón, Roosevelt, en plena campaña de reelección, no quiso estrecharle la mano. A Owens le costó perdonarle, sin embargo, de Hitler decía, como excusándole: Cuando pasé, se levantó, me saludó con la mano y yo le devolví la señal.

La politización de la fábula de Owens ha favorecido su trascendencia histórica, aunque esa vertiente se ha sobrevalorado. Sus cuatro oros apenas supusieron para Hitler un mal rato. Ni fueron un antídoto eficiente al nazismo, fortalecido tras los Juegos, ni, obviamente, frenaron los planes totalitarios con el final bélico conocido. El heroísmo del campeón tampoco interrumpió la segregación racial en casa, vigente tres décadas en las que Jesse apoyó a los movimientos, incluso radicales, de lucha por los derechos civiles. Por supuesto, la elite no aplaudió su guiño a los atletas del puño en alto en los Juegos de 1968. Así, pese a que su labor como conferenciante había revitalizado su estirpe, vio retrasado el homenaje en la Casa Blanca -Medalla a la Libertad- hasta 1976, cuatro años antes de morir, víctima del cáncer impreso en la cajetilla de cigarros que fumó, dicen, toda la vida.

Frente a su matizable influencia social -en Cleveland, donde creció desde los nueve años, no tuvo una calle con su nombre hasta 2010-, su ascendencia atlética fue absoluta (ver apoyo). Ningún atleta antes sumó cuatro oros en una cita, y nadie lo haría hasta 1984, cuando Carl Lewis le emuló en Los Ángeles, para actualizar la divisa del predecesor, Owens, de quien Jimmy Carter afirmó: Quizá ningún deportista simbolizó mejor la lucha humana contra la pobreza y el fanatismo racial. Eso recalcó el presidente, pero cuando de Owens sólo quedaba el alma.

14 junio 2016

El verano no sería lo mismo sin la siesta

Sus amigos la describen como una persona justa y equilibrada, inmune al egoísmo y con una visión positiva de la vida, aunque no sea precisamente una ingenua. 

Ni de lejos. Hace falta un profundo conocimiento de la naturaleza humana con todas sus luces y sombras para crear personajes como los que pueblan sus novelas, que título a título, página a página, la han llevado hasta una cumbre, que todavía puede subir mucho más alto.

Finalista del último Premio Planeta con El tiempo mientras tanto, Carmen vive este verano un momento dulce, de plenitud vital y profesional, con su hija de cuatro años. Le roba unos minutos de ese paréntesis de descanso para este test estival con la ayuda de Monsieur Proust.

Qué es lo que más le gusta y disgusta del verano.
Lo que más, disponer de todo el tiempo para mí y para los míos, sin compromisos, sin prisas… ¿Lo que menos? ¡Que se acaba!
P.-¿Cómo se ha montado este año las vacaciones?

Este año ha sido muy movido, así que hemos planeado unas vacaciones muy tranquilas. Tenemos una casa en Artana, en Castellón, y estamos disfrutando de la Sierra del Espadán y de nuestros amigos.
¿Cuál es su manera preferida de refrescarse por dentro y fuera?
 Poca ropa y mucha agua.
P.-¿Qué equipaje de libros lleva en la maleta?

No la he cargado mucho, no crea. He traído a Vargas Llosa, que lo tenía pendiente, algo de Jane Austen y poco más. En el cine, ya he visto los Pitufos…. ¡Con una hija de cuatro años, creo que no puedo aspirar a mucho más!
Siesta sí o siesta no. ¿Por qué?
¡Por supuesto que sí! El verano no sería lo mismo sin la siesta.
Su menú ideal anti calor
 Ensaladas, gazpachos, helados…

Mejor recuerdo de sus vacaciones pasadas.
 Cuando era pequeña y pasaba el verano en el pueblo de mis padres, en Cuenca, con esa sensación de ser los reyes del mundo, de que todo era posible, de que éramos invencibles y libres…
Cómo quisiera que sus hijos las disfrutaran en un futuro lejano.
 Uf… Espero que mi hija sea feliz, en general, no sólo en vacaciones…

Proyectos para el próximo curso.
 Seguir trabajando, terminar nueva novela…
Alguna fórmula secreta contra el agobio de la crisis y del mundo en general.
 Creo que no hay que ver el mundo con miopía, es decir: esto que estamos viviendo y que es tremendamente grave, no es eterno.
También sería bueno asumir que el mundo tal como lo hemos conocido, ha terminado. Vivíamos en una burbuja irreal, y hay que aprender que menos es más.

El cuestionario Proust / «No tolero la intolerancia»
El rasgo principal de su carácter? La perseverancia
¿Un defecto que no pueda dominar? La impaciencia.
¿Se consideras buena persona? Sí, la verdad.
¿Por quién se cambiaría? Por nadie, creo que hay que aceptarse tal como se es.

¿Cuál es su precio? En principio, ninguno. Pero supongo que si estuviera en juego algo relacionado con mi hija, con su salud, con su felicidad….
¿De quién siente envidia? Envidia, de nadie. Admiración, por muchas personas.
¿Cuál es su ideal de felicidad? Saber que los míos están bien, y sentirme satisfecha con lo que hago.

¿Con qué error humano se muestra más indulgente? Soy bastante tolerante con los errores. Creo que errar es una manera muy buena de aprender.
¿Ante qué es intolerante? Ante la intolerancia.
¿Qué despierta su ira? Es que ira es una palabra muy fuerte… Pero me molestan muchas cosas: la mentira, la soberbia, la prepotencia, la maldad…
¿Por qué sería capaz de matar? En condiciones normales, no mataría ni a una mosca. Pero supongo que en situaciones extraordinarias todos somos capaces de hacer cualquier cosa por defender a los nuestros.

¿Qué cualidad prefieren los seres humanos? La solidaridad, la capacidad de ponerse en la piel de los demás. Por desgracia, no son cualidades universales.
¿Cuál es su palabra favorita? Uf….¡No soy capaz de elegir una! Amor, siesta, verano, vacaciones…
¿Cuál es su máxima en el trabajo? Dar lo mejor de mi, hacer lo máximo de lo que sea capaz, y, a veces, un poco más.
¿Qué cree aportar profesionalmente? La empatía en mi entorno.

¿Dónde le gustaría vivir? Me encanta viajar, y he conocido ciudades maravillosas como Nueva York, Londres, París, Roma…. Pero para vivir, me quedo donde vivo. En Picanya, que es el pueblo donde nací y en el que he decidido quedarme.
¿Música favorita? Para escribir, escucho música clásica.
Un color: El morado.

Un poeta: Ángel González
Algo hermoso. La sonrisa de mi hija.
Un héroe. Dos: mis padres.
¿Cuál es su asignatura pendiente? Aprender a montar en bicicleta.
¿Crees en la eternidad del alma? Me gustaría creer.
¿Cómo le gustaría morir? Tranquila.
Estado actual de su espíritu. Feliz, relajado.

07 junio 2016

Cuentos de Hadas

Hace tiempo que tengo una deuda con usted que nunca podré pagarle; la recuerdo ahora porque la memoria es una forma de restitución. Las hadas carecen de recuerdos porque en ellas todo es eternidad, instante, fugacidad continuada. 

¿Cómo si no explicarse su frágil, su quebradiza presencia en un escenario, sostenida sólo por su inteligencia viva? Y su rapidez de reflejos ante la inocencia o la impertinencia de un público que, al socaire de la participación solidaria, bromea con su edad y augura su salida del escenario camino del cementerio. Cuide de que un día no le pidan derechos de autor por su colaboración.

No hay público inocente, créame; esa gente despreocupada y ociosa no se da cuenta de que las hadas no mueren y usted nunca morirá. Los Angelhadas, o sea las hadas que antes fueron ángeles, tienen buena culpa de sus infortunios. Juegan, tratan de establecer un diálogo imposible, porque el público tenemos una condición mostrenca y las hadas como usted pertenecen al reino lírico de lo inefable. No hay diálogo posible entre lo sublime de la divinidad y lo grosero de los humanos.

No es de extrañar que, a lo largo de las casi dos horas de ensoñaciones y silencios quebradizos que dura su espectáculo, la gente mire mucho a Martina Burlet, cuyo currículo de actriz desconozco, pero que derrama un mágico talento. En escena es tan difícil hablar como escuchar o como reflejar con el silencio y leves gestos lo que dice el otro. Martina también es un hada, un poco más carnal y más joven que usted. Llévela siempre consigo, porque puede que Martina tenga también el don de la eternidad.

Estos días en la sala pequeña del Español, AngelHada trata de implicar a los espectadores cantando Yesterday, acaso la más hermosa canción de todos los tiempos; vuelvo a la memoria que anunciaba al principio, a mi deuda impagada. Hace casi 40 años Ángel Pavlovsky me sacó al escenario, me colocó un tutú de bailarina y me puso a bailar. Fue el número de la función, palabra. Mis amigos, muertos de risa, me dijeron que tenía la misma gracia bailando que los hipopótamos de Fantasía, de Walt Disney.

A cambio se quebró, en parte, ese muro de timidez que me acongoja en momentos claves de mi vida. Que el reino de las hadas se lo pague, AngelHada, Ángel Pavlovsky. Le propongo un pacto secreto como debe ser entre hadas, aunque sean hadas rotas: yo seguiré rogando por su eternidad si usted me alcanza ese don apacible y generoso con que inunda el escenario. Que la Reina de las hadas y Martina nos protejan y ayuden.

31 mayo 2016

El alcalde ecologista

El otro día me tocó entrevistar a Monserrate Guillén quien, y por si alguien no lo sabe es el alcalde verde que manda, o se supone, con vara ecologista, en el municipio con más extensión y habitantes de todo el Estado español, gracias a un cuatripartito que semeja la Babilonia política, donde y a lo que se ve, andan apañados los socialistas bajo la tutela de Antonia Moreno, que parece la media aritmética entre Margaret Thatcher y Rosa de Luxemburgo; con unos liberales entre escindidos del PP, otros vocacionales o de siglas que anteriormente tuvieron menor predicamento, e incluso un extranjero, que va tan por libre como la costa y su mar que, al parecer, es lo único que le importa, pero logró otorgarle los votos que Francisco Camps negó a Mónica Lorente, al obligarla a cambiar las alineaciones de su lista electoral.

Mas con ser paradoja, esta vez sin crueldad, tal Alcaldía lo es más en un pueblo tan de derechas, tan de cerrado y sacristía, por no hablar de serrallos machadianos, chaqués bajo soles de justicia, monjas que viven su eternidad en vida, señoritos y labradores como de antiguo, incluso bandas urbanísticas organizadas a las que se le llamaba la Costa Nostra y porqueros multimillonarios con micrófonos y cámaras ocultas de corta y pega. 

Así que cualquier extrañeza de ver a Monserrate poniéndose a toda prisa una chaqueta para la foto, eso sí, sin ahorcarse con una corbata, y atendiendo a nuestras preguntas con una bondad casi franciscana, pero sin querer pisar más callos que los necesarios en pueblo tan procesional, nos pareció poca. Vamos, que más que verde-ecologista, el bueno de Guillén era Confucio redivivo. Quiere salvar ese Palmeral del que Miguel Hernández escribiera uno de sus mejores versos: «Alto soy de mirar a las palmeras»; quiere hacer un congreso para unificar a tanto verde y variadísimos ecologistas como podamos encontrarnos en el Amazonas, y que en este país se llevan peor que los comunistas de varias siglas en los lejanos tiempos de Franco.

Y por seguir hablando de aquel enano colérico al que le encantaban las charreteras, también este alcalde quiere quitar cuanta calle, avenida o plaza suene a la época del autoproclamado Generalísimo. O sea, dejar a Orihuelica del Señor como a la gitanilla del poema de Lorca: «Un carámbano de luna la sostiene sobre el agua [el Segura]». Yo no me lo creo, pero seguro que será bonito mientras dure.

24 mayo 2016

Cuando la tortura se convierte en fiesta

Plaza de toros de El Bibio. Viernes, 12 de agosto de 2016. Tercera de feria. Lleno de «no hay billetes». Toros de Salvador Domecq incluido el sobrero lidiado como 4º bis; rematados y bonitos; nobles fundamentalmente con otros matices; faltos de finales; bueno el 1º por el derecho; desfondado el 2º; muy suelto de cara el 3º; con su empleo el 6º.

José Tomás, de verde esperanza y oro. Estocada (petición y saludos). En el cuarto, estocada baja, estocada (oreja y petición de la segunda).
Alejandro Talavante, de malva y oro. Pinchazo y estocada (saludos). En el quinto, media estocada. Aviso (dos orejas). Salió a hombros.
Diego Silveti, de blanco y oro. Pinchazo, pinchazo hondo y estocada atravesada y dos descabellos. Aviso (saludos). En el sexto, dos pinchazos, media, descabello. Aviso (vuelta al ruedo y gran ovación de despedida).

Cuando Diego Silveti se despidó de El Bibio con el abrazo del capote de la Virgen de Guadalupe sobre los hombros, se me agolparon a puñados las nostalgias en los ojos. Seguía la ruta de José Tomás y la del padre Rey David en la memoria. A pie tantas veces por la puta espada para marcar la diferencia. El toreo en las muñecas. En el asiento. El maestro y el discípulo por su senda y Alejandro Talavante a hombros interpretando el papel de toricantano.

José Tomás bautizó a Silveti en una ceremonia sobria. Las monteras caladas, el cariño en la palabra, en el apretón de manos, en el intercambio de trastos. Y la montera al cielo. Diego había sido Silveti puro en las gaoneras de suerte cargada. Sello y temple en la mano derecha del burraquito reservado para la ocasión. Que tuvo su ritmo impreso en la muleta mexicana y encajada de personalidad. Por abajo. Con una madurez pasmosa y un trazo cautivador. 

El sello de un cambio de mano ligado a tres naturales con la bragueta por delante. El empleo de Lisonjero al natural se soltaba por arriba; Diego Silveti lo corrigió y lo cortó. Le dibujó con el reverso de la muleta divinos medios pases por uno y otro lado y como si nada tuviese fin se envalentonó por bernadinas. El sol de atardecer se apagó por el acero inseguro. Yo vi a David partir de la Monumental de todas las monumentales a hombros con once pinchazos a cuestas… Y cuando su hijo se despidió por su paso, envuelto en la Guadalupana, tras las saltilleras arrebatadas, hacerle cosas del tío Alejandro en los péndulos por la espalda al sexto, y el temple de papá, y la dignidad del abuelo Juan, volvió a pesar la idea de que el toreo se escribe con renglones torcidos. La vuelta al ruedo reconoció a los Silveti en Diego, a Diego en los Silveti.

La cosa, el asunto, trataba de José Tomás. Devuelto el cuarto, el toro que llamaba mentirosa a las tablillas, o que aparentaba más de lo que las tablillas habían marcado ayer y anteayer, salió el sobrero de cara abierta con el que JT halló en su izquierda el paraíso. En la suya propia. En esa zurda que se rompe donde las olas, con el peso cargado en la pierna de salida, rota la cintura. Para alcanzar la eternidad JT había mimado al toro en redondo, retrasado el embroque, para hacérselo fácil, como en el saludo alado de delantales en los medios. Hasta que llegó su hora. 

Y, cuando ese momento se produjo, el milagro del toreo se iluminó. Los vuelos traían la embestida por su cauce y no acababan, como los oles sin final. Siete naturales y una trinchera ligados, con el pecho volcado, la armonía destroncada. Si quiero ponerle de más, me voy a quedar de menos. Habían surgido de la nada tres series de acongojante profundidad. La plomada hundida en las arenas de Gijón que son como una playa sin mar y los toros las acusan. Vivir para torear, esperar para vivir, quedarse con la verdad. Así es muy difícil verla. Un gozo, un paraíso. El toreo, chaval, el toreo, espabila, que esto es. Y cuando te quieras dar cuenta habrá volado de tus manos. Sólo un estúpido error en la estocada bajísima de horror quebró el zumbido, ese rumor de pasiones. La estocada no arregló el fallo, pese a la insistencia de la plaza. ¿Qué premio es esa oreja para tanto? ¿Volatilidad de la piedra? Inamovible, bragado, con el toro del turno anterior de Salvador Domecq, atacado de kilos, desfondado de bravura.

Al conjunto de don Salvador le faltó finales, durabilidad, que no bondad. Alejandro Talavante arreó. Tanto, que en los fuegos artificiales, el arrimón, las telas sueltas sin caída tersa, le arrastraron al triunfo. El desplante, las mil espaldinas, las trescientas manoletinas, el valeroso ardor, el quite por gaoneras, más de la mariposa de Marcial que de Gaona. Una tarde mala de Lalanda le dijeron: «¿Hoy no mariposeas?» Talavante mariposeó con el capote aun queriendo hacer de su talla José Tomás. Esto fue en el quinto. ¡Qué mal enlotada la corrida! ¿O no, Erice? Qué poquita clase para tratar de impedir que Silveti no tuviera su toro de alternativa. Alejandro arreó, muy bien. Pero no quedó nada más que su salida a hombros. Qué tristeza.

17 mayo 2016

Cuando el tiempo deja de tener sentido

Cuando mañana salga la Virgen de los Reyes a la calle se producirá uno de los momentos más bellos de esta ciudad. El tiempo dejará de tener sentido y los segundos se convertirán en eternidad. Sevilla en su máxima expresión durante tan sólo unos minutos.

Serenidad, constancia de que el pasado nunca ha dejado de ser presente y que éste se proyecta hacia el futuro. Amanecer de emociones simples y básicas, de elegante rito y suave claridad. Tumulto silencioso que perpetúa un código secreto entre la ciudad y la efigie fernandina, que todo lo ha visto y todo ha de ver. No es historia, es la historia de esta ciudad, de los sentimientos de esta ciudad.

Matronas sevillanas de otros tiempos acuden a su llamada, batitas frescas de verano, pelos aún mojados tras una ducha mañanera, nerviosismo en el inagotable batir de los abanicos y la conciencia de que cumplen con el pacto que un día se firmó entre Ella y los habitantes de esta ciudad.

Vendrán sevillanos desde las playas cercanas, bajarán desde el Aljarafe milenario cuando todavía no ha amanecido para asistir a las primeras misas celebradas aún en plena noche cerrada, convencerán a sus maridos y parejas para que las acompañe a sabiendas de que el protagonismo es absolutamente femenino.
Reyes, en Sevilla, es nombre de mujer, que las modas han reducido en número pero no en su significado último. Vayan a donde vayan, estén donde estén, si una mujer se llama Reyes, alguna conexión tendrá con esta Sevilla, no lo duden, pero cuidado, con lo mejor de esta ciudad. Imagen dulce y plácida, lejos de falsas algarabías y de oropeles engañosos. Ella, mejor que nadie, representa el alma de esta ciudad, que aunque no lo parezca detesta en su fuero interno los estereotipos.

Mañana de gloria, de evocación y de orgullo, el mismo que transmite su imagen portando en sus manos a un niño que solo quiere sonreír. Sonrisa socarrona de una Virgen que refleja como ninguna el natural instinto de supervivencia que cada mujer lleva en su interior, fuente inagotable de vida y amor.
Y mientras, los hombres nos dedicaremos a observar con envidia la inmensidad de lo femenino ante la fatuidad de lo masculino.

Desde su sillón de tijeras, bajo su peculiar palio, y escoltadas por increíbles varas de nardos, con esa elegancia de siglos, hará una vez más su particular milagro, derrotar al tiempo y a la vulgaridad, aunque sólo sea por unos minutos. Es el lujo que Sevilla se permite cada 15 de agosto y que nadie debería perderse.
No obstante, los que acudan a la procesión se sentirán reconfortados y tocarán la gloria por unos instantes. No es sólo cuestión de fe, es pura y simplemente una cuestión de sensibilidad.

Aquellos que esperen la brillantez de una procesión al uso, que se abstengan de acudir, se sentirán defraudados al no entender su oculto mensaje de total serenidad que intenta transmitir.

A las mujeres de Sevilla, agradecimiento eterno por haber sabido guardar, calladamente y en silencio, el auténtico misterio que la rodea y que tan bien refleja su pálida sonrisa apenas entreabierta. Es la intimidad expuesta a todos los que quieran sentirla.

Es el momento más puro de una ciudad que casi siempre optó por la falsedad como forma de vivir. Mañana no habrá mentiras, ni concesiones a la galería, sólo autenticidad, por eso hay que estar allí para disfrutarla una vez más mientras Ella lo permita.

25 marzo 2016

Una caja vacía de galletas Fontaneda

La verdad es que últimamente el verde se ha convertido en un color coñazo. Que si la ilusión óptica de los brotes verdes en economía. 

Que si el verde Betis echado a la calle para pedir la marcha del ditero al que tanto idolatraban las criaturitas. Ahora se nos ha echado encima otro asunto que lleva también su verde oriflama de actualidad. 

Es la disputa contenciosa por una zona verde en los jardines del Prado de San Sebastián, justo donde se construye la biblioteca de la Universidad de Sevilla con diseño futurista de la arquitecta iraquí Zaha Hadid. Digo yo que, con la calor febril, tanto verde coñazo va a provocar la caza indiscriminada del inocente vegetariano. Al tiempo.

El caso es que esta semana el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha fallado contra la construcción de la biblioteca por vulnerar una zona reservada al ocio de la muy noble ciudadanía. Se le da así la razón al núcleo de vecinos del número 9 de la calle Diego de Riaño, cuyo portal donde me hallo luce una solitaria placa sobredorada indicando la consulta del Dr. José Cubiles Martínez. Esta vecindad anda a la gresca con el Ayuntamiento. 

Todos pues contra la biblioteca que ya ha provocado un arboricidio que, me suena a mí, más sirve de ecológica excusa para tapar los legítimos intereses vecinales de tener vistas hacia la floresta y no hacia un enorme depósito de cadáveres como van camino de ser los libros. 

Tras el fallo del TSJA han pedido el fin inmediato de las obras. Por contra, los munícipes alegan que los jurisconsultos han invadido sus competencias. Van a apelar el fallo con recurso de casación y dicen que el auto no significa que las obras hayan de paralizarse. Hasta aquí la información de tribunales, que se me ha jamado ya buena parte de la crónica.

Como puedo observar, desde luego las obras siguen con su ritmo de martillo pilón. Desde la calle Diego de Riaño, junto al portal 9 de la discordia, contemplo el paisaje bronco y primigenio de las obras. Vigas. Canalones cilíndricos. Chispas de soldaduras. Andamios de hierro. Camiones de maquinaria de obra pesada. Casetillas de arquitectura portátil. Grúas de Ferrovial de acongojante altura. Obreros con casco y sin casco… 

Esta zona cero está acotada por un largo y monótono panel rectangular que, por dentro y por fuera de los jardines, impide ver cómo marcha la aparatosa obra de Zaha Hadid. Como hay poco que ver, nunca mejor dicho, decido darme una paseata por estos jardines del Prado que antaño fuera quemadero de herejes.

Pese a los siglos, aún quedan restos de chamusquina. En un quiosquete de ladrillo rojo dispuesto para el disfrute ciudadano, veo restos de tizne de alguna fogata gamberra. Los ladrillos están todos pintarrajeados con arabescos de spray y declaraciones de amor de adolescentes hormonales en fase álgida. Leo que un tal Fabio o una tal Estrella (sus nombres están enmarcados por un cursi corazoncito).

Más adelante, me siento en un banco a la sombra. Sobre el asiento de forja hay una botella de agua recalentada con un repugnante color fecal. A los pies tengo una bolsa de plástico del Opencor, una caja vacía de galletas Fontaneda, una cajetilla de Chesterfield y un arrugado anuncio de un curso intensivo de relajación zen. Según parece a esto lo llaman zona verde, la cual se ha salvado de las obras destructoras del medio ambiente por culpa de la odiosa biblioteca. 

Pese al denuedo de los operarios de Parques y Jardines, muchas partes de este supuesto vergel del Prado son sólo un acumuladero de basurillas que con el viento se enganchan en los parterres de arrayanes o flotan como medusas en los estanques cubiertos de florecillas caídas de los árboles. Mire donde mire, siempre hay un papel volandero que ensucia la vista. Pero contra la Sevilla guarra que somos nadie pone ningún recurso en lo contencioso-administrativo.

Como digo, los operarios de jardinería se afanan en la limpieza del entorno. Con sus máquinas sopladoras van formando montículos de florecillas color yema de huevo que alfombran el suelo. El sonido de la sopladora me hace evocar el de la máquina cortacésped de las urbanizaciones con piscina donde estrenábamos los veranos. Pero ahora, escuchándolo mejor, ese mismo sonido quizá se parezca más al de la tala de todos los veranos que fuimos.

En los troncos de los árboles veo que hay pegados con fiso varios anuncios de perros abandonados. Leo uno al azar: «Orión. Rubio, de ojos verdes, guapísimo y joven, buen carácter y sano… ¿Qué más se puede pedir? A pesar de todo, Orión lleva años ya con nosotros y sigue sin encontrar hogar. Por favor, ya le toca salir de una jaula. ¡¡Llévatelo contigo!!».

Salvo en lo rubio, los ojos verdes (otra vez el verde coñazo), la guapura y el buen carácter, el perro Orión se me parece por aquello de la falta de un hogar acogedor y de la jaula desde la que uno ve la vida. 

Ya dijo Gutiérrez Solana en su 'España Negra' que los perros se nos parecen además porque comparten las mismas enfermedades: hipocondría, locura, catarro y mal de orina. ¡Orión, qué mala estrella la tuya y la mía! Mientras pienso en mi desdicha y en la de Orión, una mujer testigo de Jehová me ofrece un panfleto que habla de la «felicidad de leer la Biblia». De pronto escucho y veo cómo brotan los caños de agua en el estanque que tengo enfrente. ¿Alguna señal? La felicidad ha de estar en el Libro de todos los libros. Pero aquí no quieren bibliotecas.