15 agosto 2016

La hija de Adolfo Dominguez tiene el pie cavo

En su cara inocente, las aguas ocultas de eso que llaman charme se traducen en escandalosa sencillez. Desde el saludo hasta la despedida, todo en ella es compostura vital y semántica, aprendida en los mejores internados de Europa y EEUU. 

Estudió Empresariales, pero, recién licenciada, apartó de sí ese cáliz y se decidió por una vocación creativa que le viene de familia, con un progenitor, el diseñador Adolfo Domínguez, obsesionado además por el arte y la cultura. Adriana prefirió moldear sentimientos en lugar de tejidos, en una carrera como actriz que comenzó en el Actor's Studio -academia de arte dramático por la que han pasado desde Paul Newman a Gwyneth Paltrow. 

Una formación que ha redondeado con clases de guión, dirección, canto, danza..., incluso de striptease.Después de cuatro películas, entre las que se encuentra la producción internacional El puente de San Luis Rey (Mary McGuckian, 2004), con Robert De Niro y Kathy Bates como compañeros de reparto, ha concluido el thriller psicológico The Cry (Bernadine Santistevan, 2016) y ha escrito un guión que quiere dirigir ella misma.

¿Cómo planteaste en casa aquello de papá, quiero ser artista?
Mi padre dice que lo sabía y no me dijo nada. Creo que todos lo intuían menos yo. Como soy muy diplomática, lo fui dejando caer desde el cuarto año de carrera. Pero no exactamente lo de ser actriz. Yo lo enfocaba hacia la dirección y producción de cine. Creo que fue Henry Miller quien dijo que, para encontrarse, antes hay que perderse. Eso fue lo que me ocurrió. Cuando me licencié, tenía una idea de hacia donde quería ir, aunque estaba muy en el aire. Sólo tras perderme durante un año sabático, conseguí hallarme en la interpretación.

Y empezaste a formarte como actriz. ¿Las clases de striptease son para algún papel? ¿Veremos a Adriana Domínguez desnudándose en una película?
Me estoy formando eternamente. En cuanto al striptease, fue sólo por curiosidad, algo para mi intimidad. Te lleva a sitios interesantes, a explorar tu sensualidad, la sexualidad, tu cuerpo... Tiene un aspecto acrobático, de circo, que resulta muy potente. Pero, como yo soy yo y mi trabajo, todo acaba revirtiendo en mi profesión.

Has comentado en alguna ocasión que echas de menos buenas películas de sexo. ¿Te has planteado dirigir este tipo de cine?
Pues sí, la verdad. Hay un lugar poco explorado entre el cine erótico, que es malísimo, y el porno, que es aún peor.

Tu vida es muy gallega, en el sentido de que desde pequeña has emigrado de aquí para allá. ¿Se siente la morriña?
No, yo no he sido extranjera en ningún sitio. Al vivir en tantos países que no son el mío, la única supervivencia posible es mezclarte...En Roma, como los romanos. ¡Soy la más neoyorquina en Nueva York! No abordo la cultura desde fuera. Tengo muchos registros durmientes que entran en acción cuando los necesito.

Empezaste esa vida nómada siendo aún una niña. ¿No te apetece asentarte definitivamente en un lugar?
No he tenido una vida fácil, aunque desde fuera pueda parecerlo.Vivo en el extranjero desde los 8 años, en países cuya lengua no conocía. La pérdida de raíces ha sido brutal: cambiaba de colegio cada dos años. Todas las vidas son difíciles, cada una por una razón. Desde luego, he tenido muchos momentos malos, pero nunca uno totalmente definitivo. Cuando empecé a leer a los existencialistas, me tocaron de lleno. Es un lugar que entiendo profundamente, aunque procuro no ir a él con frecuencia.

Una impertinencia: cuando alguien te llama niña de papá, ¿qué le respondes?
A la cara no me lo dice nadie... No puedes organizar tu vida en torno a algo o a alguien. Es restrictivo y empequeñecedor.Además, he pasado la mitad de mi vida fuera de España, donde mi apellido era normal, no significaba. Por esa razón, me cuesta entender ese tipo de reproches, me resultan muy abstractos. Yo soy una persona cercana y muchos estereotipos que puede haber sobre mí se derrumban en las distancias cortas... Además, soy muy esforzada y trabajadora.

¿Crees que habrás alcanzado el éxito cuando llegue el día en que no tengas que hablar de tu padre en una entrevista?
No, ahora ya no estoy ahí. Es algo que me importaba más hace cinco años, porque necesitaba demostrarme algo. Hoy sé que la empresa de mis padres está construida sobre los hombros de mis abuelos y la sastrería de mis bisabuelos. Ese cúmulo de esfuerzos de una generación sobre otra me llena de responsabilidad y respeto.

Últimamente también has asumido esa obligación hacia la empresa familar y has colaborado con el departamento de diseño. ¿Qué te ha llevado a dar ese paso?
Creo que, al haber definido mis proyectos, me siento capaz de incorporar otras cosas. Digamos que es un acercamiento que mis padres agradecen. Consiste en ir varias veces al mes, con mi madre, al departamento de Mujer. Propongo tendencias y las analizamos.Al haber viajado tanto, tengo en la retina muchas cosas nuevas.

¿Tu participación en la línea de bolsos se enmarca en esta actividad?
Sí, es un proyecto en el que llevo muchos años involucrada. No es algo que surja de la nada.

Ahora también formas parte de la imagen de la firma. ¿Te tienta la pasarela?
Para nada. Esto es un posado de dos días al año y me cuesta definir una profesión a partir de ese ejercicio... Es algo que queda en casa, no lo haría para otras marcas.

¿Tienes una visión propia de la moda?
Mi estilo ha evolucionado de forma muy tardía. Usé uniforme hasta los 18 años y la imagen me daba igual, porque no definía mi personalidad.Luego, he ido por la vida con otros uniformes: vaqueros, camisetas...Como dicen los ingleses, tener estilo implica un alto mantenimiento, y yo no se lo he dedicado. No me complicaba la vida; venía a España, iba a la fábrica y lo que me sentaba bien me lo quedaba.También contribuyó el hecho de haber vivido tantos años en ciudades en las que no te mira nadie, donde lo importante es tu actividad, no una expresión externa.

Tu última película, The Cry, se ha estrenado en el neoyorquino Festival Internacional de Los Hamptons. En ella interpretas a una madre que se enfrenta a La Llorona, mito latino de una mujer que vaga como alma en pena en busca de su bebé muerto, y que en el filme clama venganza.

Es un thriller psicológico en el que una mujer con visiones ayuda a dos detectives a resolver una serie de desapariciones de niños en Nueva York. Crea una atmósfera de angustia y miedo, muy espiritual, indescriptible. Es un filme inteligente, pertenece a la categoría de cine que llamamos independiente. Somos tres protagonistas: Carlos León -el padre de la hija de Madonna-, Christian Camargo y yo. Participó en la selección oficial del festival y creo que tiene muchas posibilidades de éxito. Espero que se estrene pronto en España.

También tienes una productora de cine con tu pareja, Luis Muñoz.¿Qué proyectos estáis preparando?
Manejamos dos guiones. Uno lo dirigiré yo y el otro lo estamos desarrollando en la empresa.

¿Qué tipo de películas te gustaría realizar?
Digamos que mis intereses van por el cine de autor. Me gusta el proceso de John Cassavetes (actor y director de títulos como Una mujer bajo la influencia,1974, o Gloria, 1980): tres meses de improvisación para luego sentarse a escribir y rodar. Es una forma de trabajo artístico muy ligado al actor, a lo teatral...Hablo de la temática, la concepción de ideas, no del producto final.

¿Participará en la producción tu padre, como hizo en La Moños (Mireia Ros, 1996)?
Pues no sé, ya veremos. Hay muchas fórmulas y la que más se estila aquí es la subvención y la financiación de las televisiones.Sí puedo adelantar que aún no he pensado en el reparto. Tampoco creo que la protagonice yo, porque me cuesta ligar guión e interpretación.Lo he compatibilizado en alguno de los cortos que he dirigido y no es una experiencia que quiera repetir.

Para interpretar a Pepita, tu personaje en El puente de San Luis Rey, viviste una temporada en un convento con una tía monja.¿Leyenda urbana o realidad?
¡Sí, es cierto! Acabo de estar con ella, mi tía Angelines. Me formé en el método Stanislavski y hago mucha preparación, intento creerme el personaje antes de rodar. No tengo formación religiosa, y para esa producción era importante estar en contacto con la iconografía católica, ir a misa, coleccionar cruces y compartir mi vida con las monjas, que son muy luchadoras, muy optimistas.

Has participado en filmes nacionales y extranjeros. ¿Dónde te sientes más cómoda?
Digamos que tengo predisposición a trabajar fuera, porque vivo en el extranjero y las películas se generan allí donde estás.Además, como tengo proyectos propios, también te vuelves más selectiva. En este momento, me han ofrecido dos guiones de películas inglesas que están en preproducción para participar como actriz.

Cuando mantienes una relación estable con tu pareja, ¿cómo se lleva la distancia?
No es fácil, como tantas cosas en mi vida. Pero, si compartes afinidades, ¡claro que compensa!

Con tantos proyectos, no tendrás tiempo para pensar en ser madre, ¿o sí?
Creo que aún soy muy joven. Es una responsabilidad enorme, que abordaría como hicieron mis padres: a la tremenda.

13 agosto 2016

Acuchillan a mujeres con la falda demasiado corta

Con demasiada asiduidad nos equivocamos al hablar. Por ejemplo, yo mismo, que vivo del lenguaje, siempre había creído que un garrulo era lo que se dice un tío lerdo, zafio, patán, de esos a quienes no se puede llevar precisamente a un cocktail organizado por la gente más fina que conoces. 

Pero garrulo, como tal, no existe en el Real Diccionario de la Lengua Española. La palabra correcta es gárrulo, con acento en la a. Las esdrújulas a veces son muy traidoras. Por gárrulo, además de un viento molesto y pertinaz o ciertas aves que gorjean mucho, se entiende «persona muy habladora o charlatana».

Así, asépticamente, esa persona puede ser desde el tío Eufrasio de mi pueblo, pasando por José María Aznar hasta el mismísimo Einstein. O sea, pueden decir burradas o genialidades. Lo que cambia un acentito de nada...

En nuestro país, como supongo sucede en absolutamente todos, se da un determinado tipo de sujeto gárrulo a los que yo denomino gárrulos con túnica. A saber: desde los obispos, que cada vez que abren la boca es para afirmar una cosa más reaccionaria que la anterior, los magistrados y jueces y los del gremio médico. De los primeros es preferible no mentar sus dislates, pues la misma mustrenquez que demuestran en su celo apostólico les delata. 

Pero acerca de los otros sí quisiera puntualizar un par de cosas.Viene ocurriendo desde siempre, pero últimamente ha habido dos casos que me llenaron de estupor. En el primero un juez consideró que cierto individuo que asestó no sé cuántas cuchilladas a su mujer no había tenido intención de matarla, aunque varias de tales cuchilladas fueron en el cuello. Algo debió ver u oler el juez en la mujer, que era el principal y único testigo del caso, para rebajar muchísimo la pena que tal energúmeno merecía. Tal vez una falda demasiado corta, o cierta actitud insolente, quién sabe...

Algo similar pasó hace poco con una joven marroquí a la que su ex pareja le hizo otro tanto. Porrada de cuchilladas. Resulta que la chica, de muy bien ver, se presentó a la vista del juicio con un sugerente traje de cuero negro y con pulseras y collares.También ese dato debió mosquear a su Señoría, que prácticamente dejó en libertad al monstruito de turno. Con una lagarta que viste así es natural que acaben pensando ciertas cosas...

De tales casos está llena la historia reciente de la jurisprudencia española. Son gárrulos ilustres, sin duda. Como determinado doctor que al hablar de la edad avanzada a la que las españolas tenían hijos en la actualidad, y no entre los 20 y los 30 años como debiera ser, afirmaba que las mujeres de hoy «quieren consolidar primero una relación, necesitan conseguir una casa o un trabajo estable, o quieren ir de vacaciones a las Indias». 

Lo de la casa y el trabajo tendría una lógica, pero lo de la pareja estable ¿Es tan extraño? ¿Se trata de meter en el mismo saco a alguien que desea asegurarse de con quién va a vivir, quizá el resto de su vida, con el hecho de irse de vacaciones? Lo de las Indias, dicho sea de paso, suena más a Fray Bartolomé de las Casas o a Torquemada que a otra cosa. Pues eso.

11 agosto 2016

Que es la música chochi

Clara deja caer la cabeza sobre el váter. La diadema con forma de pene, que la identifica como casadera en vísperas de boda, sirve también para amortiguar el golpe. Vomita. Luego levanta la cabeza entre hilillos de baba y se mira en el espejo. Su cara está terriblemente borrosa, pero aún así se puede distinguir el contorno de la corona. Porque Clara ha sido reina por un día.

Horas antes, ella y sus amigas se miraban extrañadas frente a la puerta de una crepería. Ella le lanzaba rayos por los ojos a Graciela, autora de la feliz idea de ir allí a celebrar su despedida de soltera. «Que sí, tía, que me han dicho que es un sitio genial, con travestis y todo eso, que te lo pasas superbien y cantas, y te ponen música chochi, que yo no sé lo que es, pero que vamos, que seguro que es música de Goldfinger. Va, tía, que seguro que está bien». Y ahora Graciela mirando para otro lado, como si nada. Y Clara, pasando frío, justo el día más feliz de su vida. Ella, que sólo quería disfrutar con sus amigas en una noche tan especial, que hasta se había comprado la diadema picarona y....

De repente, de una puerta aledaña a la crepería surgió la anaranjada figura de Reina. Resplandeciente, enorme y sonriente, la drag queen las invitaba a entrar con un gesto de muñeca.

Reina por un día es un espacio que sigue con la moda de las cenas con show -con chou, habría que decir- de otros locales como Gula Gula. Pero lo que distingue a Reina por un día -que se transforma en Rey por un día si la ocasión lo requiere- es que es un restaurante interactivo. Estos dos términos juntos, que a Clara no le pegaban mucho, quieren decir que la velada no se limita a sentarse delante del plato y empujar las viandas para dentro con pan y bebedizos.No. Hay que licuarlo todo.

Y ahí es donde entran Reina y sus compinches. «Lo que nosotr@s intentamos es que quien venga aquí compita por ser el rey o la reina de la noche. Para ello, subimos a la gente al escenario para cantar, bailar y, bueno, lo que sea con tal de que tengan su momento estelar». La competición suele darse entre despedidas de soltero o de soltera, aunque la llegada de las fiestas navideñas cambia la fisonomía del público por las entrañables, deprimentes, demoledoras, evitables y gargantuescas cenas de empresa. Lo que propone Reina por un día en la campaña navideña es que Martínez, el de las fotocopias, cumpla al fin su sueño de calzarse unas medias de rejilla. O que los empleados mitiguen sus ganas de asesinar a don Faustino, el jefe de la fábrica de alfajores, tras comprobar su maestría en el excelso arte de cantar playback de Raffaela Carrá.

«Además», prosigue Reina con su explicación, «disponemos de un espacio para striptease masculino y femenino, y también para privados individuales. Y para los que quieran seguir hasta la madrugada, tenemos una discoteca a la que muy amablemente les llevamos. Allí hay más espectáculos, con gogós y actuaciones en vivo de drag queens. También tenemos artículos de sex shop y merchandising».

Clara y sus amigas, llegadas de Huesca para la ocasión, se encontraron de repente sentadas junto a otros grupos de potenciales peligrosas como ellas. Antes de que pudiese darse cuenta, una maquilladora del equipo Shaigon.com la sentó en una silla y empezó a aplicar colorines de fantasía por su cara.

Estaba Clara pensando en cómo la estarían dejando, mientras sus oscenses amigas leían la carta, cuando se le ocurrió abrir un ojo. Y vio que ella no era la única reina o aspirante. En férrea competencia estaban La Roci, diablesa custodiada por un grupo de compañeras encamisetadas. Luego Rita, a la que habían ataviado en plan enfermera destroyer («Y eso que ésta llega entera», carcajeaba la más fiestera de sus acompañantes a la vez que se atragantaba con un canelón). Un poco más lejos grupos de amigas -jovenzuelas unas, casadas o divorciadas las otras-, sin nada que perder y que por eso mismo podían hacerse con la noche. Mmmm... y por el rabillo del ojo aparecía una pareja de chicos con los ojos muy abiertos, escoltados por la amiga-carabina-candelabro que, ahora quedaba claro, les había montado la encerrona.

-Graciela, tía, ¿dónde encontraste este sitio?
-¡Viva Huesca! ¿Qué dices, tía?
-Nada, nada. Mira, el camarero, vamos a pedir una...
No, mejor que no. La temblorosa figurilla que aparecía en ese momento sostenía dos enormes jarras de sangría con un pulso que no era precisamente de robar panderetas. Dos gruesos ceniceros por gafas y una mirada extraviada completaban un retrato nada halagüeño. Sus movimientos a la hora de servir el cóctel hispánico -el combustible que necesitaban estas hembras y cualquier rey o reina por un día que se precie- eran seguidos con pavor por la mesa. La catástrofe rondaba entre sus manos. Sergio, se llamaba.

Para acabar la escena, Reina presentaba en ese mismo momento a Shai-gón, la drag anfitriona (Drag Hostess, en lengua trasformí) que irrumpía a ritmo de Alaska repartiendo unos simpáticos papeles entre las mesas. Clara atrapó uno al vuelo y vio que se trataba de un contrato atípico en que una de las partes (o sea, ella) se comprometía a «hacer lo que sea para conseguir ser rey o reina de la fiesta», así como «a ser el centro de atención de su mesa y a seguir al pie de la letra las indicaciones de la Drag Hostess».Y más abajo: «Los amigos y amigas del aspirante a rey o reina deben esforzarse en dar la sensación de que les encanta que su amigo se convierta en rey o reina, mostrando su felicidad continuamente, aplaudiéndole, coreando su nombre, sin envidias ni malos rollos.Se aconseja una media sonrisa toda la noche». Bueno, por lo menos este contrato no dice nada de pactos con Belcebú, misas negras, o (peor) hipotecas...

Y para acabar con el zoo, Plexy, toda plataformas y giros imposibles, que surgió de las cocinas a ritmo del Se dice de mí, de Betty la Fea. Roci, Rita, Clara y las demás miraban con envidia su agilidad con las botas-zanco, hasta que abrió su sucia boca.«¿Qué tal estáis? ¿Bien? Pero decidlo como si fuera un orgasmo.Uy, pues sí que estáis frígidas. Claro, todo el día en la Casa de Campo. ¿Y esos dos hombres? Van con ella. ¿Y tú que haces? Ella mira, seguro. Diga que sí, señora, ríase [señalando los pechos], que se le mueven los neumáticos».

Si usted o sus amigos son de los que detestan los gritos y cánticos en las cenas, si aborrecen los ropajes humillantes o si las despedidas de solter@ les parecen lo peor, seguramente no pondrán un pie en Reina por un día a menos que vayan engañados. Nada de alta cultura, ni de música de gourmets. Pero aquí no hace falta nada de eso porque la testosterona se deja en casa. Es mirar a esa jauría de mujeres -la pareja de chicos se achanta en una esquinita: «No es nuestra guerra»- que devoraría a un hombre despistado si pasase por ahí -y en efecto, casi lo hace cuando uno de los camareros se quita la camiseta y coge en volandas a Roci-, y comprenderlo todo. Mientras las reuniones de hombres son una competición de superioridad testicular -a ver quién es más hooligan o quién es capaz de desmontar mis hábiles argumentos sobre el lenguaje fílmico de Polanski-, las chicas, sencillamente, se lo pasan mejor. Vamos, que si no lo es ya, hágase mujer cuanto antes.

Se sucedían los besos y abrazos, se quemaban las córneas con los flashes de las cámaras digitales, se colapsaban los pasillos por los bailes espontáneos... Y Plexy que seguía a lo suyo. «A ver Roci, ven pacá. ¿Estarás contenta? Porque no había ni Dios que te casara. Como te gusta el arroz pegao... Y ahora que salga Isabel, que tiene nombre de atún. Así que sois un grupo de amigas que habéis dejado a los maridos en paz. O sea, que están siempre dando por...».

Plexy no tuvo que convencerlas mucho para ponerlas en pie a cantar Pasión de Gavilanes. No podía faltar el grito de guerra para el pincha -desterrado al ala oeste de la crepería-: «¡Un, dos, tres, disc-jockey, nos la metes!».

Clara estaba abrumada. Por un lado, las tres drags enseñando una nueva coreografía para Sex Bomb («teta, teta, culo, culo, y fingimos un orgasmo; ejem, aunque aquí hay alguien que no lo consigue desde el 82»), luego Sergio que sacaba a bailar a Isabel disfrazado de Pantera Rosa, las de Roci montando un jaleo flamenco («¡Ah! Cuidado con los bolsos, que éstas son de La Rosilla»), Sergio que volvía a aparecer con un mandil pornográfico ¡y sin nada debajo! ¿Qué está pasando aquí? «Las bebidas no llevan nada raro. ¡Las bebidas no llevan nada raro! Y la comida tampoco, eh», advertía Shai-gón.

Salían al escenario las chicas de Getafe («¡Qué bien! De la costa marrón: Getafe, Móstoles y Alcorcón») y Clara se empezaba a dar cuenta de que las fotos jamás llegarían a reflejar lo que es una noche en Reina por un día. Tal vez absorta por estos pensamientos o por el rosado nalgar de Sergio -cada vez más revolucionado-, Clara no se dio cuenta de que Plexy la llamaba. «¡A ver! Que venga la amiga bollera de Heidi». Era su oportunidad y no la desaprovechó. Daba igual que alguna bailase ya levantando la falda o intentando subirse a las mesas -cosa que finalmente se consiguió-, que las drags confesasen que Sergio era un actor infiltrado -también se pueden elegir camareros ligones, amigas clónicas, yonkis...-, que Shai-gón fuese todo un motero y que Plexy acabase de ser papá.

Clara empuñó el micro y cantó una jota como un torrente. «Lo que no pase aquí, no pasa ni en Gente Joven, sección cantos regionales», musitó Shai-gón. Y es que Clara acababa de descubrir que reina no se nace, se hace.

09 agosto 2016

Las botas de agua Hunter

Luces, guirnaldas, espumillón y árboles adornan ya las calles de Madrid. El ambiente festivo comienza a contagiarse y las apretadas agendas navideñas están que echan humo. Copas de cava, cócteles y cenas se solapan con comidas, reuniones familiares y festivales escolares. 

Vestir de forma adecuada para cada ocasión se convierte, a veces, en una misión imposible y la cosa se complica más si, además, se va acompañado de niños. Para los padres que quieran poner de tiros largos a sus retoños sin caer en lo cursi sugerimos cuatro direcciones con un tipo de ropa más vestida que la que habitualmente llevan los niños. Chez Pois, en Claudio Coello, es el nombre de una tienda deliciosa. 

Decorada en tonos pastel con papel pintado a rayas, pufs de capitoné y arañas de cristal asemeja una boutique de alta costura a escala. Abierta en febrero de este año tiene ropa y complementos para niños de entre 0 y 6 años. Sus dueños apuestan por la multimarca e intentan traer a España firmas extranjeras poco conocidas como Fleur des Pois, Charabia, Il Gufo, Petit Bateau o Simple Kids que mezclan con prendas de fabricación propia. 

Esta temporada han acertado con la ropa adulta en versión mini: abrigos de tweed, americanas, chalecos A escasos metros Melly Mello vende las creaciones de Caroline Stephan. Un pequeño espacio ambientado en la estética retro de los 60, con papel pintado de flores y percheros cromados de donde cuelgan los diseños de fabricación propia, despunta como una de las tiendas de ropa infantil más originales de Madrid.Caroline Stephan explica cómo cada estación complementan «el universo Melly Mello» con prendas y accesorios que encajan en su colección. 

Este año se han decantado por los vaqueros Finger in the Nose, las botas de agua Hunter y las preciosas bailarinas de Repetto. La tendencia a diseñar prendas que imitan al mundo adulto también se hace presente aquí, con gabardinas reducidas, abrigos de tweed, camisas básicas, corbatas, chalecos de pelo y pantalones de espiguilla. Para gustos más clásicos Papo D'Anjo es una buena opción. Instalada en la calle Velázquez, esta firma portuguesa tiene básicos para edades comprendidas entre 0 y 14 años. 

El precio de la ropa varía de acuerdo a las tallas. Aquí se pueden comprar abrigos clásicos para niño y niña, conjuntos escoceses de pantalón y chaqueta, vestido y abrigo o pichi, camisas con cuello babero, jerseys de todo tipo y, como novedad esta temporada, vestidos y conjuntos de terciopelo de inspiración oriental en varios colores. 

Por último, en el callejón de Jorge Juan encontramos Hadas del callejón, de espíritu bohemio con firmas como Honoré, Maan, Zef, Oscar et Valentine, y la exclusiva en España de la firma holandesa Jil&Sil, cuyos diseños recuerdan los trajes de niños de principios de siglo. Esta tienda resulta ideal para el público que busca algo diferente con cierto toque retro, con colecciones para bebé en cachemir, camisas de seda, americanas con coderas multitud de opciones se agolpan en un espacio realmente acogedor.

07 agosto 2016

Nieves Álvarez en pelotas

Nos encontramos en el hotel Costes, en el Faubourg Saint-Honoré de París. Soy puntual, 9 de la noche; ella, sin embargo, ha llegado antes que yo, pese a que ha tenido un día de top model, o sea, de un esfuerzo endemoniado en un rodaje. Aprecia su trabajo, pero es consciente de las estrictas exigencias, y responde al máximo, con sus energías físicas a tope, y también con su mente desbordante de imaginación. Ahora que está tan concentrada en su bebé, al que ha tenido que dejar al cuidado de sus abuelos maternos, sabe que no podrá desconectar de la realidad con frecuencia, como hacía antes.

Ha parido hace pocos meses y en su cuerpo no se nota la más mínima huella del embarazo; yo diría que se la ve aún más bella, y me pregunto cómo puede ser posible. Poco a poco, ella me irá dando la respuesta, con la buena vibración que emana de su presencia y la exactitud de sus frases sencillas. Su hijo, Adriano, le aporta serenidad, da otro sentido a su existencia -más lúdico y, al mismo tiempo, más hondo-, y extrañándolo, así de lejos, se da cuenta de que ahora la vida requiere el doble de atención, que el tiempo se desdobla en infinitos sortilegios, que leer un libro -lo que hacía en una semana, o en menos- le cuesta dos meses y que valora todo de manera muy especial, porque está él, su hijo, y su familia. Pregunto por Marco, su esposo, y me dice que también se ha ido, a Nueva York, para trabajar en lo suyo, que es la fotografía.

¿Cómo se imagina Nieves Álvarez a su hijo con la edad que tiene ella en la actualidad? «Pues no paro de pensar en eso, en el futuro, mis preocupaciones se acumulan, se multiplican. Pienso en los sufrimientos de algunos jóvenes hoy en día, y me da miedo; tengo miedo, como cualquier madre. Las madres no paramos de imaginarnos el futuro.» Sí, le aseguro, yo tuve miedo cuando nació mi hija, y no se me ha quitado 12 años después. «Imagino que podré ayudar a Adriano, apoyarle en los momentos difíciles, por ejemplo, durante la adolescencia. Creo que será un joven educado, atento, curioso, estudioso.» Será guapo, sin duda, añado yo. Ella sonríe tímida, su voz es muy suave y tengo que acercarme para no perder el hilo de sus respuestas.

Estamos sentadas en uno de los mejores lugares del restaurante del hotel Costes, pero el sitio es bastante ruidoso, hay mucha gente y el abejorreo del murmullo resulta incómodo. Ella bebe agua, su cena es pollo con verduras, yo pido alcachofas y un café con leche, jamás he pedido semejante estupidez. Las alcachofas están crocantes, muy sabrosas, y el café con leche me lo sirven tibio. La camarera es una pesada que se cree la última Coca-Cola del desierto, raro, porque en el Costes suelen atender bien, o no con peor carácter que en cualquier restaurante normal de París, que cuando tratan bien la impresionada es una.

«Nieves», susurro. Ella levanta la barbilla, me mira, y sus ojos azules son de una calidez discursiva. Continúo: «Tengo, como ya sabes, una niña de 12 años, es muy alta, envueltita en carnes, no está gorda, pero tiene el pie grande, y aunque es preciosa, se la pasa contemplándose en el espejo y repitiéndose que es fea, ¿debo alarmarme?». Niega con la cabeza, lleva el pelo recogido, su piel es muy luminosa. Me pide que transmita un mensaje a Attys Luna, mi hija. «Pues no, no te preocupes, yo también, como cualquier adolescente, sufrí mucho a causa de mi físico. Es la edad de los complejos, pero yo le aconsejaría que disfrutara plenamente de esta etapa, que es el momento más hermoso de la vida, pasa demasiado rápido, acaba cuando apenas nos damos cuenta, y luego nos estamos arrepintiendo de no haber sabido atrapar los instantes de euforia o de melancolía que nos regaló esa época. Que no vaya demasiado deprisa, que aprenda a dosificar bien el tiempo, y un día podrá recordar esos momentos con mayor regodeo, cuando la belleza se haya instalado en el interior de ella.»

Hablamos de diferentes temas con naturalidad, ella no pone límites.Somos dos amigas que conversan, y se lo agradezco. La charla nos lleva incluso a otros mundos. Hubo muestras de solidaridad con el ciclón horrendo en Nueva Orleans, en Louisiana, ¿no tiene ella la sensación que tengo yo de que la gente se mostró más solidaria con el tsunami de Asia que con Katrina en EEUU? Ella no duda en explicar su punto de vista: «El mundo está terriblemente politizado, y para muchos ayudar a Asia era lógico, pero algunos creen que EEUU se tiene bien merecidas todas las desgracias del planeta. Estas afirmaciones de un puñado de irresponsables, que he escuchado desafortunadamente en más de una ocasión, me sacan de quicio, no entiendo cómo alguien puede declarar que se merecían el 11 de Septiembre y también el huracán Katrina. Sueltan esos comentarios sin pensarlo, automáticamente. Es despiadado, por supuesto. No sólo estoy en desacuerdo, sino que no admito que en mi presencia se hable en semejante tono, es espantosamente inhumano. Detesto que la gente confunda a las personas con los gobiernos».

Le cuento que una persona me comentó, en son de advertencia: «¿Vas a entrevistar a Nieves Álvarez? Ten cuidado, es amiga de Ana Aznar». Nieves se remueve en el asiento, parece que va a perder su compostura, pero no, regresa a la actitud natural de siempre, la sinceridad, que es uno de sus mayores atractivos: «No sólo soy amiga de Ana Aznar y de su marido, sino también de la familia Aznar.

La conversación gira en torno a mi exilio, a mi obra. Ella se interesa por la forma en que me las ingenié para escapar del castrismo. Cita uno de mis libros. Conoció a Ivelín Giró, trabajó con ella. Ivelín Giró es la modelo -hoy actriz- en quien me inspiré para escribir mi novela Milagro en Miami. El exilio es un castigo, musito. Sobre todo, porque no puedes vivir cerca de tus amigos de la infancia, y el lugar de tu infancia resulta imposible de revivir, como no sea en sueños, y, aun así, la mayoría de las veces se vuelve inalcanzable, lo has perdido todo, es un corte muy doloroso. Cambió el tema. ¿Cómo haces para ver a tus amigos, los ves a menudo? «Sí, intento no perder la conexión con ellos.» ¿Y de qué hablan, de ellos o de ti?

De todos, pero más de ellos.Mi vida es interesante, pero saber de ellos, de su evolución, para mí es una gran satisfacción, es vital. Mi vida no sería igual de agradable si no supiera que mis amigos están bien.

Por otro lado, Nieves mantiene una excelente relación con la prensa, y ha conseguido conservar la discreción, guardar el misterio.¿Cómo lo habrá logrado? «Cuando realmente estás ocupada, cuando andas viajando debido a tu trabajo y lo haces arduamente, y a la vez estás embebida en tus asuntos personales y familiares, el reconocimiento y el respeto siguen el curso que deben seguir, el de la normalidad. Lo único que he hecho es vivir de manera natural.» La cena termina temprano, ambas tenemos que madrugar al día siguiente. Para ella, levantarse a las 6 de la mañana es como beberse un vaso de agua, para mí es toda una epopeya.Nunca olvidaré el encuentro con Nieves Álvarez, una de las mujeres más bellas del mundo, por fuera y por dentro. Una mujer moderna, fina, sin necesidad de crear caos a su alrededor ni de choquear a nadie con extravagancias. Una mujer cuya calidez define su aureola poética.
Ahora que tengo un hijo no paro de pensar en el futuro.
Siento miedo, como cualquier madre.

Destaco sus pómulos con terracota
Beatriz Matallana, maquilladora de Nieves Álvarez para Astor
por Armando Pinedo
¿Cómo le gusta a Nieves que la maquilles?
Natural, con una base color porcelana. Le encanta que destaque los pómulos con terracota para lograr un aspecto bronceado.Los labios, en tonos neutros, y los ojos, sin sombras, aunque para las ocasiones especiales, como una fiesta, los resalto un poco.

¿Cuáles son los productos que utilizas con ella?
La base Antistress & Lift,
la terracota Natural Fit Sun Bronzer, la máscara de pestañas Lycra Extend y la barra de labios Color Last, todo de Astor. Y para las mejillas, siempre tonos rosados.
¿Qué consejos darías a aquellas mujeres que quieren llevar su look?
Rizar las pestañas y aplicar la máscara arriba y abajo, elegir tonos rosados para las mejillas y brillo transparente para crear unos labios muy sugerentes.

¿Qué truco de maquillaje te ha enseñado Nieves?
Maquillar muy bien las cejas, tanto con un pincel fino como con un lápiz, y siempre con pequeños trazos de color, pero que no sea muy oscuro. Lo mejor es elegir un tono similar al natural del propio pelo.

05 agosto 2016

Scarlett Johansson levanta la chispa

Parece enteramente recubierta de un almíbar deletéreo y aromático, tal vez con su toque de pimienta. 

Con sangre danesa y polaca, nacida en el village neoryorquino, ya en su nombre lleva el germen de su encanto de emigrante, todo el misterio infantil de los personajes de los cuentos de Andersen, toda la dorada fuerza de los vikings de Borges. Hay mujeres que resplandecen cuando te las encuentras en la desolada hora del infame desayuno ciudadano, y su brillo, más que deslumbrarte, te reconforta. Scarlett no necesita una fiesta ni una alfombra roja para convencer, su tirón es más madrugador y revuelto.

En una Navidad familiar, sería la guinda en aguardiente; en la cómoda del dormitorio, un par de mullidos calcetines de mohair nacarado con su roto del dedo gordo; en el bosque encantado, la seta roja y blanca del enanito; en medio de un temporal de nieve, ella sería el reno, las campanillas, el trineo, la manta de pieles y, ¡ay!, el látigo del cochero.

El cochero esta vez es nada menos que ese detector de irresistibles payasas que es Woody Allen. Experto en debutantes sarcásticas, para bien y para mal, se ha topado, diría yo, con la horma de su zapato, incluso se ha topado con ella siendo ya demasiado viejo. De ese decalage de energías ha surgido un chispazo, un restallar de cuero trenzado que no se sabe muy bien a quién va a doblarle la espalda. Mientras tanto, Scarlett aporta al paisaje neoyorquino su voz ronca, su desfachatez funky y esa manera impaciente de balancearse sobre sus zapatillas Converse cuando le preguntan una vez más por el efecto que causa en los hombres. 

Ya que ella esquiva la pregunta, contestaré yo: no sólo de indefensión y, sobre todo, eso. Sí, ellos fluctúan entre encerrarla en un internado para díscolas o llevarla a pasear por un parque frondoso armados de caramelos de violeta. De repente, cuando se está ordenando las tablas de la falda aún colegial, pegando el chicle en la puerta del coche y poniendo cara de ¡vaya rollo!, tira del jersey para abajo y se hace evidente que esta chica es todo escote, morros, carne de redondo. 

Por eso está en su salsa vestida con prendas pequeñas o muy grandes, un recurso cómico chaplinesco que la distancia del sexy obvio de las estrellas de ahora y que nos recuerda a otra gran favorita desternillante de Allen, su compañera de esnobismo intelectual, Diane Keaton. Porque, la verdad, a Scarlett se le nota que ejecuta con pericia sonatas de Schumann, que creció en un ambiente de educada bohemia, que ha leído sus cosas y que, cuando se viste de estrella, es consciente de estar interpretando un papel, con los labios reventones de rouge y el pecho cinchado de paloma. 

Votante de Kerry, amante de la ropa vaquera y los pins, guarda de su paso por el cine independiente una cierta petulancia silenciosa, y su conmovedora aspiración por aprender la hermana con alguien de destino más trágico, Marylin. Son rubias inestables que toman apuntes, forran los libros, se pegan al micro tarareando baladas con los párpados sesgados, vigilan la raya del pelo, y que habrían dado cualquier cosa por que les gustase más hacer pasillo en la Universidad de Berkeley que en la Paramount. Pero, bueno, hay tantas maneras de ser aplicada: siempre está Woody. 

21 junio 2016

Hitler y el deporte

Siempre se miró con fijeza a Adolf Hitler, como si fuese el único malvado de la historia que puso a Jesse Owens fuera del tiempo, en la eternidad que la cordura celebra hoy. 

Pero el mito no sería tan virtuoso sin otro malvado de catálogo, Avery Brundage, quien permite este aniversario feliz del 9 de agosto: 75 años de los cuatro oros del negro Jesse Owens en los Juegos de Berlín, 1936.

La leyenda germinó en la derrota deportiva del supremacismo racial ario avalado por Hitler, pero también al erosionar la segregación racial vigente entonces en Estados Unidos. Aquel 9 de agosto, Owens, campeón ya de 100, 200 metros y salto de longitud, no iba a correr el relevo 4x100 metros. Tampoco Ralph Metcalfe, con quien compartía color de piel. Porque Brundage, presidente del Comité Olímpico yanqui, había previsto un cuarteto de pura raza... blanca. Un gesto de discriminación, no consumado, debido a la intermediación de la forma superior del racismo, el supremacismo nazi.

La narrativa oficial señala que Owens y Metcalfe se hicieron hueco en el 4x100 ante la amenaza de que Holanda batiese a Estados Unidos. Sin embargo, ha ganado crédito otra teoría igualmente creíble en el ambiente de los cínicos años 30: Brundage, simpatizante nazi, para corresponder a Hitler, prefirió sacar del relevo estadounidense a los dos únicos judíos de la selección, Marty Gluck-man y Stam Stoller. De hecho, Brundage no alteró el pleno de blancos en el relevo 4x400 americano, pese a la amenaza de Gran Bretaña, que acabaría ganando. De hecho, los dos judíos fueron los únicos que no disputaron una sola prueba en Berlín. De hecho, Hitler nunca maniobró ante el Comité Olímpico Internacional (CIO) para cerrar el camino de los Juegos a los negros, sino a los judíos, lo que motivó un movimiento de boicot que en los USA frenó el propio Brundage, premiado en 1952 con 20 años en la Presidencia del CIO.

Aunque los fondos bibliográficos de todas las bibliotecas del mundo civilizado certifican la desafección nazi por los negros, la innegable animadversión de Hitler por Owens se ha sobredimensionado para salvar a otros, desde Brundage a Franklin D. Roosevelt. Porque, como decía el atleta en una entrevista para Track and Field News en septiembre de 1974: No fui invitado a estrechar la mano de Hitler [ni le aplaudió desde el palco], pero tampoco a la Casa Blanca para estrechar la mano del presidente Roosevelt. Y decía más sobre su país en 1936: Era una sociedad que prohibía a blancos y negros comer o vivir juntos. Al regresar [de Berlín] escuché historias sobre Hitler y cómo me despreció, aunque en mi tierra no podía sentarme en los primeros asientos de los autobuses ni vivir donde quisiese. Entonces, ¿cuál era la diferencia?.

A su vuelta a casa, se quejaba: Se hizo cada vez más evidente que incluso había gente dispuesta a recibirme en su suite, pero nadie iba a ofrecerme un trabajo. Fue botones, camarero... La fama no le recibió. Ni Owens ni Joe Louis, boxeador, aún más célebre, igualmente negro, hacían publicidad pues las marcas temían que los consumidores del Sur racista les abandonasen. Por esa misma razón, Roosevelt, en plena campaña de reelección, no quiso estrecharle la mano. A Owens le costó perdonarle, sin embargo, de Hitler decía, como excusándole: Cuando pasé, se levantó, me saludó con la mano y yo le devolví la señal.

La politización de la fábula de Owens ha favorecido su trascendencia histórica, aunque esa vertiente se ha sobrevalorado. Sus cuatro oros apenas supusieron para Hitler un mal rato. Ni fueron un antídoto eficiente al nazismo, fortalecido tras los Juegos, ni, obviamente, frenaron los planes totalitarios con el final bélico conocido. El heroísmo del campeón tampoco interrumpió la segregación racial en casa, vigente tres décadas en las que Jesse apoyó a los movimientos, incluso radicales, de lucha por los derechos civiles. Por supuesto, la elite no aplaudió su guiño a los atletas del puño en alto en los Juegos de 1968. Así, pese a que su labor como conferenciante había revitalizado su estirpe, vio retrasado el homenaje en la Casa Blanca -Medalla a la Libertad- hasta 1976, cuatro años antes de morir, víctima del cáncer impreso en la cajetilla de cigarros que fumó, dicen, toda la vida.

Frente a su matizable influencia social -en Cleveland, donde creció desde los nueve años, no tuvo una calle con su nombre hasta 2010-, su ascendencia atlética fue absoluta (ver apoyo). Ningún atleta antes sumó cuatro oros en una cita, y nadie lo haría hasta 1984, cuando Carl Lewis le emuló en Los Ángeles, para actualizar la divisa del predecesor, Owens, de quien Jimmy Carter afirmó: Quizá ningún deportista simbolizó mejor la lucha humana contra la pobreza y el fanatismo racial. Eso recalcó el presidente, pero cuando de Owens sólo quedaba el alma.