06 enero 2012

Juntas si pero no revueltas

Cuando hace unos meses, durante la campaña electoral municipal (22 de mayo 2011) Alberto Ruiz-Gallardón juraba por sus deudos que permanecería en la alcaldía hasta el final de la legislatura, su número dos, Ana Botella Serrano (Madrid, 1954) reía para sus adentros... Siete escasos meses después, ella es la que se sienta en el bokasiano despacho del palacio de Cibeles.

La euforia incontenida entre las huestes populares cuando en la fría mañana del pasado martes 27 de diciembre Botella tomaba el bastón de mando de la capital, rodeada de un ex presidente (su marido y «referente político»), siete ministros y la propia jefa de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, ocultaba también un rictus de incertidumbre política. Porque mientras los mismos que ensalzaban hasta el paroxismo las condiciones de la nueva edil, que llegaba sin confrontarse directamente en las urnas, preparaban ya sus maletas a toda prisa del Ayuntamiento con parada en otros destinos gallardonistas.

Conocí a Ana Botella el 31 de marzo de 1990 en Sevilla, en las horas previas en las que su marido iba a ser coronado como rey de la derecha durante el IX Congreso Nacional del PP. Era una mujer desconocida para el gran público pero ya entonces adquiría fama de «lista» y «ambiciosa». Recuerdo también que esos días Aznar me confesaba que su mujer no pretendía hacer carrera política propia (Carmen Romero era ya diputada por Cádiz), pero en años siguientes, durante largos cafés en Embassy -Botella prestaba servicios como funcionaria TAC en Hacienda en una sede de la calle Serrano- pude colegir que ella tenía previsto iniciar su propia carrera política llegara o no su marido a presidente.

El resto de su historia es conocida por todos. Es una mujer de derecha clásica, mamma por antonomasia, católica tradicional, intuitiva y con un rictus de superioridad, ahorradora y degustadora de la alta sociedad. En este sentido, ha sabido aprovechar como nadie su rol de primera dama y aunque aquel camelot monclovita acabó saltando por los aires por la nefasta gestión del 11-M, se incrustó con la inestimable ayuda del Rajoy de los primeros tiempos en el Comité Ejecutivo Nacional y pasó por las concejalías madrileñas que más le apetecían. ¿Acaso Gallardón podía negarle algo? No. Porque era la parte más señera del aznarismo en activo. Es decir, el fin (teórico) de la carrera de Aznar coincidió con el inicio del de Botella.

En realidad, Botella estuvo atrapada en el conflicto permanente entre Gallardón y Aguirre. El primero era su jefe (teórico) y la segunda era su «amiga de más de 40 años». Pese a su madrileñismo confeso ejerció de gallega y en público tuvo buen cuidado en no definirse escudándose tras el socorrido… «yo soy del PP», exactamente lo mismo que cuando el liderazgo de Rajoy estaba en almoneda. Pero en la Puerta del Sol siempre entendieron que la teniente de alcalde hacía causa común con Ruiz-Gallardón y Manuel Cobo; los respaldaba implícitamente. Fue uno de los sapos que la pundonorosa Aguirre tuvo que engullir.

Pocos saben que Aguirre fue compañera de promoción de Derecho en la Complutense de Madrid (1975) del matrimonio Aznar/Botella. No formaba parte de las «nueve magníficas» (amigas íntimas de Botella como Concepción Dancausa) pero Aguirre, desde sus diversos puestos en el Ayuntamiento de Madrid, frecuentaba a los Aznar. Y fue nombrada ministra de Educación en el primer gobierno de aquel.

En realidad, el discurso político de Aguirre y Botella coincide en lo básico, si bien la mujer de Aznar aparece mucho más escorada a la derechona entendida como tal sus posiciones religiosas siempre cercana a Legionarios, Kikos o la Obra.

Dadas las circunstancias generales, Aguirre parece estar viviendo el final de su abigarrada y hasta polémica vida política. Los terribles 60 aparecen en lontananza y el paso adelante se detuvo en los meses decisivos de la primavera del 2008.

«Sin duda, la marcha de Ruiz-Gallardón y su núcleo duro municipal ayudará mucho a que las relaciones entre el Ayuntamiento y la Comunidad sean más fluidas, sinceras y eficaces…», sostiene una íntima colaboradora de la presidenta. Pero ni esa amistad de «40 años» hará que Aguirre, que es además la jefa del PP madrileño y por tanto la jefa partidaria directa de Botella, eche un paso atrás en lo que considera subordinación jerárquica del Ayuntamiento a su presidencia, insisten fuentes de la Puerta del Sol.

En Cibeles creen también que la nueva alcaldesa huirá de los conflictos. Pero Botella tendrá que demostrar con hechos que su alcaldía, no ganada en las urnas aunque legítima desde el punto de vista legal, no es un capricho de una damisela acostumbrada desde hace ya muchos años al oropel y el coche oficial en una ciudad que está en quiebra. Esto es, dejar su impronta en una gestión general deshilachada y cara en la percepción de los ciudadanos de la capital. Una gestión despilfarradora con una clase municipal de todos los colores onerosa mientras el contribuyente asiste pasmado a continuas vueltas de tuercas en impuestos y tasas.

Aguirre siempre se ha mostrado radicalmente opuesta a la subida de impuestos e incluso ha sido una adelantada en liquidar lo que las cuentas le han permitido. Resumiendo, es la primera dirigente liberal en la España de hoy que intenta gobernar en clave liberal. «Es, quizá por ahí, donde pueden surgir algunos encontronazos entre las dos mujeres que tienen más poder y puestos de relumbrón mediático, tras la vicepresidenta Sáenz de Santamaría», afirma un alto dirigente del cuartel general popular. «Aguirre se ha ganado a pulso su posición en la política española, Botella tiene que demostrar que tiene condiciones y las ejerce para dirigir la primera ciudad de España y la cuarta de Europa…».

«Por de pronto, la oposición y la izquierda en general», subraya la misma fuente, «apuntará hacia el lado más débil, Ana Botella, porque Esperanza Aguirre ha demostrado ser muy correosa…».

Si la política hace extraños compañeros de cama convendrá el lector que Madrid va a ser campo de juego apropiado para comparar liderazgos, sensibilidades y fuerza...

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