02 enero 2012

La generosa luz del poema.

La poesía de América Latina, la literatura que es parte de la esencia pura de aquella cultura, recibe ahora el poderío y la cobija de una antología de poemas de José Triana (Hatuey, Camaguey, 1931) para hacer más amplio y seguro el refugio de su campo abierto y para que la emoción y el misterio, la música del idioma español, tengan otras regiones de amparo y libertad.

La obra, dos tomos publicados por la editorial Aduana Vieja, incluye los libros escritos por el cubano en su recorrido por la vida. Su primer poemario, De la madera del sueño, se publicó en Madrid, en 1958, y es el que inicia la nueva colección. Sigue en su país natal y termina con los versos que le han acompañado en su exilio de Francia, donde vive desde 1980.

Se dice en broma (y a veces en serio) que los malos poetas de la región y los críticos vagos o dispersos estaban tranquilos y ajenos porque tenían a Pepe Triana en un punto de la geografía francesa por el que supuestamente se paseaba con un letrero imborrable en la camisa en el que podía leer: «Dramaturgo asilado».

No sabían que el autor de la obra teatral La noche de los asesinos (1965), que se ha traducido a unas 20 lenguas y es una pieza clásica en Hispanoamérica, no estaba de tránsito en ninguno de los dos géneros. No ve diferencia a la hora de sentarse a escribir. Cree que con la poesía busca una estética y con el teatro se propone anular el vacío.

«Creo que durante todo el tiempo hago lo mismo», dijo una vez. «Y creo que los temas están insertos. Hay una correspondencia entre lo que escribo como poema y lo que escribo como teatro. Todo está enlazado, como imbricado extrañamente, formando un cuerpo solo. Posiblemente haya resultados diferentes, pero las dos formas están ligadas. Además yo miro el texto teatral como un enorme poema».

Así es que el poeta de Cuadernos de familia, Vueltas de espejo y Dados de apócrifo ha dejado que le quieran y le admiren como dramaturgo, ha visto su nombre fijo y perdurable en ese dominio, pero no ha desertado de la poesía ni un solo instante y en los versos ha hallado una revelación total del amor porque, entre otras cosas, es en los poemas donde están vivos siempre el nombre de su mujer, Chantal Dumaine, el de sus hermanas y el de sus amigos.

En la última zona de la selección de poemas titulada Del más vívido recuerdo, Triana ha hecho evocaciones de algunas de las personas cercanas que ya han muerto. Y hay memoria para nombres como José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Calvert Casey, Severo Sarduy, Vicente Aleixandre, Julio Cortázar, Gastón Baquero, Lydia Cabrera, Dulce María Loinaz, Eduardo Michelson, Manuel Mujica Láinez, François Sauvage y José Rodríguez Feo.

Pepe Triana ha dado una lección de entrega a su trabajo y a su obra. Una muestra de prudencia y virtud callada que lo reafirma en el sitio donde siempre se le ha tenido. Sus textos ayudarán a quienes le habían puesto un sello y una pegatina a descubrir a uno de los grandes autores de este tiempo. Y de todos.

Estos son los versos finales del poema Caja de música para una muchacha melancólica: «Y es que el otoño trenza sus candelas,/ sus precipitados puentes, sus desvelos/ o pañuelo mojados, y uno ve/ tarareando en lo más hondo las señales/ súbitas de lo que se hace posible/ a la luz generosa del poema».

Las leyendas de aparecidos, los cuentos de terror que toda la vida han convocado el miedo (y después el sueño) en los montes y las ciudades de América Latina comienzan a encontrar en la obra de los prosistas de las nuevas generaciones patrocinios más firmes que la tradición oral.

Hace unos meses leí en una revista literaria del Caribe la historia de una mujer vestida de blanco que se montaba a las ancas de todos los jinetes que pasaban, después de las doce de la noche, por una valla de gallos que era el sitio donde estaba trabada y sin transferencia, boletos ni documentación para el más allá.

La habían asesinado allí por adúltera y no hallaba descanso. El machismo le agregaba a esa penitencia la ligereza de montarse en cualquier caballo y abrazarse a cualquier hombre.

Escuché la historia a mis tíos que narraban cómo cabalgaron kilómetros enteros -serenos y callados- con la señora abrazada y sujeta firme con sus pies descalzos a las polainas o a los estribos de la montura. A mí, hasta en pleno día, en bicicleta, me causaba cierta inquietud pasar frente al matadero de gallos finos que se sacaban los ojos a espolazos.

El relato publicado era bueno y lleno de tensión. El autor le había restringido la fabulación y se centraba en las reacciones de los guajiros apresados por los brazos de la muerta y en las tragedias de las bestias que huían desbocadas y solían terminar en un desfiladero o en un arroyo que atravesaba el camino.

En Ecuador circula ahora un libro de Pedro Artieda (Santacruz, Quito, 1964) que rescata de las calles viejas y nuevas leyendas urbanas. Una selección de 10 relatos publicados bajo el título de Lo oculto de la noche.

La obra de Artieda comienza con otra historia de una mujer fantasma. Se trata, dice una nota del diario El Comercio, de un cuento trasmitido por varias generaciones que dan fe de la presencia de una sombra femenina que recorre las instalaciones de un hospital quiteño.

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