08 enero 2012

Santorum y su sueño de ir a por Obama

La iglesia de Santa Catalina se construyó al pie de una escuela y está a las afueras de Washington. La consagró la diócesis de Arlington en 1981 y desde entonces es uno de los templos católicos con más solera de la capital. El registro dice que Santa Catalina tiene 3.423 feligreses. Pero ninguno tan famoso como Rick Santorum, padre de siete hijos y estrella emergente de la carrera republicana por la Casa Blanca. Santorum se quedó el martes a ocho votos de arrebatarle a Mitt Romney el triunfo en los caucus de Iowa. Un logro notable si tenemos en cuenta que hizo campaña sin dinero y casi en solitario frente a una campaña multimillonaria. Ahora deberá demostrar si puede ganar en otros estados y liderar al electorado republicano más conservador, que se resiste a dejar la candidatura en manos del moderado Romney.

En Santa Catalina conocen bien al candidato, que es amante de la caza, miembro de la Orden de Malta y no suele faltar en la misa dominical. En sus días en el Senado rezaba a diario en una iglesia al lado del Capitolio. Pero los domingos venía con su esposa Karen y sus siete hijos a la eucaristía de 12 porque le gustaban los sermones del párroco Alexander Drummond y sus oraciones en latín.

Santorum ha dicho muchas veces que no es miembro del Opus Dei. Y sin embargo le unen algunos lazos con la Obra, que en 2002 le invitó a Roma para hablar en el centenario del nacimiento de Escrivá de Balaguer. El viaje salió por unos 2.000 dólares entre el vuelo y la manutención y el entonces senador lo aprovechó para reunirse con dirigentes políticos italianos. Fue entonces cuando dijo que John F. Kennedy había cometido un error al subrayar en un discurso la separación entre la Iglesia y el Estado. «Comprendo sus motivos porque aún había un fuerte sentimiento católico en el Sur», explicó. «Pero desde entonces muchos políticos católicos han seguido su ejemplo y eso ha llevado a muchas personas a separar peligrosamente sus valores morales de su vida pública».

«Rick es un católico muy devoto y nunca va a renunciar a sus principios», explicaba en diciembre su amigo Charlie Artz. «Es un misionero católico en el Senado», decía hace unos años una persona de su entorno. Lo de misionero se antoja una hipérbole pero no lo es. Al fin y al cabo, Santorum creó un grupo de oración en el Capitolio y acompañó en su conversión al catolicismo al senador republicano Sam Brownback.

El candidato se presenta a menudo como el nieto de su abuelo Pietro: un italiano que combatió en la I Guerra Mundial y emigró luego a América huyendo de Mussolini. Pietro se mudó a Pensilvania y trabajó hasta los 72 años en una mina de carbón. Falleció cuando su nieto era aún un adolescente y Santorum suele decir que le recuerda en el féretro con un rosario entre las manos. «Aquellas manos grandes cavaron la libertad de la que ahora disfruto», proclamó el martes. «A veces siento que todavía hoy camino sobre sus hombros».

Santorum cursó sus estudios en Pensilvania y empezó a trabajar como abogado en la firma Kirkpatrick & Lockhart, donde defendió en un caso célebre a la asociación de Pressing Catch argumentando que la lucha libre no era un deporte y por tanto sus luchadores no tenían por qué someterse a la legislación sobre anabolizantes. Entró en el Capitolio con apenas 32 años. Primero como miembro de la Cámara de Representantes (1990-1994) y luego como senador (1994-2006). Se lo llevó por delante el triunfo demócrata en los comicios de 2006 y desde entonces ha trabajado como tertuliano de Fox y abogado. En 2008 soñó con competir en las primarias pero sólo ahora se ha decidido a probar suerte.

A Santorum se le critica a menudo por sus palabras cortantes sobre la homosexualidad, que ha comparado con la zoofilia y con la pederastia. Son palabras que le han convertido en el favorito de los republicanos más conservadores y le han puesto en la diana de los grupos de gays y lesbianas. En 2003 el cómico Dan Savage inició una campaña para convertir el vocablo santorum en un neologismo que definiera «la mezcla espumosa de lubricante y materia fecal que se origina después del sexo anal». El entonces senador intentó que Google suprimiera estas y otras referencias. Pero el buscador se lavó las manos y declinó cualquier intervención.

En sus años como senador, Santorum intervino en polémicas innumerables. Casi siempre en asuntos morales y casi siempre con palabras que desataban la indignación en la prensa progresista. Y sin embargo sus colegas explican que Rick no es tan intratable como parece a primera vista. «La gente le asocia con esos asuntos», decía recientemente el senador independiente Joe Lieberman, «pero es una persona mucho más compleja. Su religión le lleva a sentir una preocupación especial por la pobreza y está preparado para recaudar dinero para proyectos sociales».

El candidato habla mucho en los mítines de su esposa Karen y de sus siete hijos. A todos les ha enseñado el catecismo y los ha educado en casa porque desconfía del adoctrinamiento de los colegios públicos. Pero ninguno es tan especial como Bella, que nació en mayo de 2008 con una malformación genérica. Tiene una trisomía en el cromosoma 18. El 90% de los niños que la sufren mueren antes de nacer y el 90% de los restantes fallece en el primer año de vida. Al examinar a Bella, el médico les dijo a sus padres que era «incompatible con la vida». La envió a casa con cuidados paliativos y les explicó cómo iba a morir en los próximos días.

Santorum y su esposa no se resignaron. Cambiaron de médico y se conjuraron para que su hija tuviera una vida feliz. Bella acaba de cumplir tres años y medio y sus padres hablan de ella como «una niña milagro». «Todos los niños son un don que le dan a uno sin garantías», escribió Santorum en su segundo cumpleaños, «pero vivir con Bella ha sido un curso de carácter y virtudes. Ella nos hace mejores y enriquece cada vida que toca».

No es la primera vez que Santorum se enfrenta a una situación difícil. En octubre de 1996 su esposa dio a luz a un niño prematuro que apenas sobrevivió dos horas. Sus padres enseguida lo bautizaron como Gabriel y no quisieron dejar el cadáver en la morgue del hospital. Prefirieron dormir en el hospital abrazados a su cuerpo sin vida y llevárselo a casa al día siguiente para presentárselo a sus hermanos. Esa noche celebraron en el salón una misa de angelis y lo enterraron luego en un ataúd blanco.

La experiencia la contó luego la esposa del candidato en el libro Cartas a Gabriel, que publicó una editorial católica con un prólogo que firmaba la Madre Teresa de Calcuta. «Tus hermanos no podían tener más ganas de verte», escribe Karen, «Elizabeth y Johnny te cogieron en brazos con tanta ternura... Elizabeth incluso dijo mientras te abrazaba: "Este es mi hermano Gabriel y ahora es un ángel"».

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