21 junio 2016

Hitler y el deporte

Siempre se miró con fijeza a Adolf Hitler, como si fuese el único malvado de la historia que puso a Jesse Owens fuera del tiempo, en la eternidad que la cordura celebra hoy. 

Pero el mito no sería tan virtuoso sin otro malvado de catálogo, Avery Brundage, quien permite este aniversario feliz del 9 de agosto: 75 años de los cuatro oros del negro Jesse Owens en los Juegos de Berlín, 1936.

La leyenda germinó en la derrota deportiva del supremacismo racial ario avalado por Hitler, pero también al erosionar la segregación racial vigente entonces en Estados Unidos. Aquel 9 de agosto, Owens, campeón ya de 100, 200 metros y salto de longitud, no iba a correr el relevo 4x100 metros. Tampoco Ralph Metcalfe, con quien compartía color de piel. Porque Brundage, presidente del Comité Olímpico yanqui, había previsto un cuarteto de pura raza... blanca. Un gesto de discriminación, no consumado, debido a la intermediación de la forma superior del racismo, el supremacismo nazi.

La narrativa oficial señala que Owens y Metcalfe se hicieron hueco en el 4x100 ante la amenaza de que Holanda batiese a Estados Unidos. Sin embargo, ha ganado crédito otra teoría igualmente creíble en el ambiente de los cínicos años 30: Brundage, simpatizante nazi, para corresponder a Hitler, prefirió sacar del relevo estadounidense a los dos únicos judíos de la selección, Marty Gluck-man y Stam Stoller. De hecho, Brundage no alteró el pleno de blancos en el relevo 4x400 americano, pese a la amenaza de Gran Bretaña, que acabaría ganando. De hecho, los dos judíos fueron los únicos que no disputaron una sola prueba en Berlín. De hecho, Hitler nunca maniobró ante el Comité Olímpico Internacional (CIO) para cerrar el camino de los Juegos a los negros, sino a los judíos, lo que motivó un movimiento de boicot que en los USA frenó el propio Brundage, premiado en 1952 con 20 años en la Presidencia del CIO.

Aunque los fondos bibliográficos de todas las bibliotecas del mundo civilizado certifican la desafección nazi por los negros, la innegable animadversión de Hitler por Owens se ha sobredimensionado para salvar a otros, desde Brundage a Franklin D. Roosevelt. Porque, como decía el atleta en una entrevista para Track and Field News en septiembre de 1974: No fui invitado a estrechar la mano de Hitler [ni le aplaudió desde el palco], pero tampoco a la Casa Blanca para estrechar la mano del presidente Roosevelt. Y decía más sobre su país en 1936: Era una sociedad que prohibía a blancos y negros comer o vivir juntos. Al regresar [de Berlín] escuché historias sobre Hitler y cómo me despreció, aunque en mi tierra no podía sentarme en los primeros asientos de los autobuses ni vivir donde quisiese. Entonces, ¿cuál era la diferencia?.

A su vuelta a casa, se quejaba: Se hizo cada vez más evidente que incluso había gente dispuesta a recibirme en su suite, pero nadie iba a ofrecerme un trabajo. Fue botones, camarero... La fama no le recibió. Ni Owens ni Joe Louis, boxeador, aún más célebre, igualmente negro, hacían publicidad pues las marcas temían que los consumidores del Sur racista les abandonasen. Por esa misma razón, Roosevelt, en plena campaña de reelección, no quiso estrecharle la mano. A Owens le costó perdonarle, sin embargo, de Hitler decía, como excusándole: Cuando pasé, se levantó, me saludó con la mano y yo le devolví la señal.

La politización de la fábula de Owens ha favorecido su trascendencia histórica, aunque esa vertiente se ha sobrevalorado. Sus cuatro oros apenas supusieron para Hitler un mal rato. Ni fueron un antídoto eficiente al nazismo, fortalecido tras los Juegos, ni, obviamente, frenaron los planes totalitarios con el final bélico conocido. El heroísmo del campeón tampoco interrumpió la segregación racial en casa, vigente tres décadas en las que Jesse apoyó a los movimientos, incluso radicales, de lucha por los derechos civiles. Por supuesto, la elite no aplaudió su guiño a los atletas del puño en alto en los Juegos de 1968. Así, pese a que su labor como conferenciante había revitalizado su estirpe, vio retrasado el homenaje en la Casa Blanca -Medalla a la Libertad- hasta 1976, cuatro años antes de morir, víctima del cáncer impreso en la cajetilla de cigarros que fumó, dicen, toda la vida.

Frente a su matizable influencia social -en Cleveland, donde creció desde los nueve años, no tuvo una calle con su nombre hasta 2010-, su ascendencia atlética fue absoluta (ver apoyo). Ningún atleta antes sumó cuatro oros en una cita, y nadie lo haría hasta 1984, cuando Carl Lewis le emuló en Los Ángeles, para actualizar la divisa del predecesor, Owens, de quien Jimmy Carter afirmó: Quizá ningún deportista simbolizó mejor la lucha humana contra la pobreza y el fanatismo racial. Eso recalcó el presidente, pero cuando de Owens sólo quedaba el alma.

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