19 julio 2017

Cuando el rey va a los toros

Me encantan las retransmisiones de las corridas de San Isidro en Canal Plus, sobre todo por lo que dicen en el «palco de invitados», que yo llamo «el tendido de los chuflas». Más que ver a Joselito es un espectáculo contemplar cómo luego el conde Lequio, maestro de aficionados, espejo de la fiesta, gloria refulgente del taurinismo, enjuicia lo que ha sido la faena. Suelo anotar la chorrada que dicen allí las niñatas de guardia: «Ha sido una estocada así como maravillosa, ¿no?» Lo que es maravilloso es observar cómo llaman «maestro» a todo el mundo, incluso a algunos que no pasan de aprendices, y sin la guasa que tal palabra tiene en Jerez de la Frontera...

Así que mayormente para ver qué tonterías decían sobre Ortega Cano, sobre el dicho José Miguel Arroyo y sobre Finito de Córdoba los que habían mangado por la cara la entradita de Polanco, me dispuse a ver la corrida del centenario de la Asociación de la Prensa. Y me llevé dos gratas sorpresas. La primera, oír una declaración institucional sobre los toros, formulada por Don Juan Carlos, todo lo informal que ustedes quieran, pero que ahí queda hecha y que no he visto recogida por nadie. Estaba el Rey en su barrera del 10, con Curro Romero al lado (quien por cierto tenía cara de estar pasando un rato malísimo, todo cortado tras sus gafas Rayban). Le acercaron al Rey un micrófono y dijo: «Estoy aquí porque ésta es la fiesta nacional y hay que protegerla y auparla». Hombre, ya era hora, pensamos algunos aficionados... 

Aficionados que luego nos llevamos la segunda, agradable sorpresa, cuando comprobamos que hablábamos por boca de Joselito en el brindis, cuando antes de tirarle la montera le dijo con la mayor sinceridad al Rey: «Me da mucha alegría verle en la barrera, y también me gustaría ver ahí a su hijo». Quizá Joselito se quede con las ganas de ver al Príncipe en los toros tal como vemos al Rey y a Doña María. ¿No hablan del oficio de la Real Casa? Conviene recordar el oficio de Doña Victoria Eugenia, la inglesa que se casó con el Rey de España y que la misma tarde de su boda tuvo que presidir una corrida de toros. Porque en España siempre las bodas reales, antes de la vigente moda greco-germánica (ay, Doña Elena), se han celebrado con una corrida de toros, que para eso es la fiesta nacional, y no con numeritos de los caballos de Alvarito, que es la fiesta nacional...de Viena.

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