19 mayo 2012

Las coincidencias son algo más de lo que parecen

Ocurrió el pasado mes de julio. Con la primera versión de El ángel perdido recién salida de la impresora y todavía sepultado en montañas de papeles y mapas, sentí un súbito apremio. Llevaba semanas enfrascado en mi trabajo. Necesitaba un poco de oxígeno. Así que, sin pensármelo mucho, tomé el coche, enfilé la N-VI rumbo a Galicia y con mi borrador comencé a deambular por el escenario en el que arranca y termina mi trama. En el fondo buscaba algo simbólico para dar por terminado mi trabajo.

Soy un apasionado de las coincidencias. De las señales. Desde hace años llevo un diario donde las anoto todas y durante el viaje decidí abrir bien los ojos. "Ojalá encuentre una", pensé. Así empezó este juego, que sólo ahora revelo.

Llegué a Santiago una tarde de Mundial de Fútbol y Año Santo. Enfrascado como estaba en mi historia, ambas efemérides se me habían pasado por alto así que, con cierta aprensión, dando codazos a peregrinos y turistas, me interné en el templo tratando de imaginar cómo podría una restauradora que trabajara de noche en los andamios del Pórtico de la Gloria ponerse a salvo de una lluvia de disparos. Justo así arranca mi obra. Durante la siguiente hora recorrí los pasos que dan un agente de la Agencia Nacional de Seguridad norteamericana y un fanático yezidí del noreste de Turquía detrás de esa mujer. Incluso vencí a la carrera los mismos obstáculos que ellos y cuando terminé el recorrido, eché un vistazo satisfecho al reloj. El tempo de esa primera secuencia de El ángel perdido funcionaba, pero no había ni rastro de mi señal.

Fue al dejar atrás la Catedral cuando caí en la cuenta de algo. Siete años atrás, con La cena secreta en esa misma fase de redacción, también me lancé a un viaje parecido. Conduje más de 1.000 kilómetros del tirón hasta Amboise, a los pies del río Loira, sólo para mostrar aquella novela a la tumba de su protagonista, Leonardo da Vinci. Era como si, de algún modo, necesitara el nihil obstat del genio antes de darla a imprenta. Una autorización sin palabras, íntima, parecida a la que, por cierto, también requerí a la Gran Pirámide de El Cairo cuando, en las navidades de 2001, acudí a ella con el texto sin corregir de El secreto egipcio de Napoleón.

¿Qué era eso? ¿Una locura propia que me había pasado desapercibida hasta repetirla por tercera vez? ¿Un acto romántico? ¿Mágico tal vez? El lector es libre de ponerle etiqueta. Después de confesarlo aquí, yo prefiero tomarlo como una forma diferente de entender la literatura.

Desde que en 1998 publicara mi primera novela hasta hoy, no ha habido trama en la que no me haya implicado a fondo. Se trata de una implicación vital. Todas mis novelas merodean por las grandes preguntas. Mi ficción no sólo entretiene, sino que propone respuestas a esas cuestiones. Si en aquella novela sobre Napoleón exploraba de dónde venimos y buceaba en nuestra obsesión por la inmortalidad, en El ángel perdido me he propuesto entender quiénes somos y qué nos ocurre antes y después de la vida. Ahí es nada.

INTRIGA CON ÁNGEL. La tarea ha sido ardua. He tardado más que nunca en terminar esta novela que transcurre en 72 horas y contiene desde alta tecnología militar a viejas invocaciones mágicas. Lo curioso es que descubrí la inspiración en el Libro del Génesis, que me enseñó que esta especie de caos en el que hoy vivimos ya lo experimentaron antes nuestros antepasados… y salieron airosos.

En efecto. Hace unos 6.000 años, una inundación parecida a la que el mes pasado devastaba Brisbane (Australia), truncaba el curso de la Humanidad. El mito, que se ha inventariado con pocas variantes en más de 200 culturas de los cinco continentes, habla de cómo Dios alertó a una familia de elegidos dándoles instrucciones para que construyeran una nao colosal que los salvase. Hoy se acepta que los escribas del Antiguo Testamento versionaron ese episodio a partir de una narración más antigua. Fue escrita sobre tablillas de barro y muchos la consideran el primer relato de la Historia: la Epopeya de Gilgamesh.

Aztecas, aborígenes australianos, griegos e incluso egipcios contaron historias parecidas. Bajo esa óptica, hasta el hundimiento de Poseidón, la capital de Atlántida que describe Platón, parece beber de ese relato primordial. Pero lo que a mí me fascinaba es que los héroes de esos relatos se salvaron porque lograron comunicarse con los dioses y recibieron de ellos información privilegiada.

El último gran receptor moderno de esa clase de mensajes fue el filósofo, matemático, astrólogo y mago de la corte de Isabel I de Inglaterra, John Dee. En 1581 aseguró haber sido testigo de la aparición de un ángel que le urgió a aprender su lengua -la que hablaban Dios y Adán en el paraíso- para después darle instrucciones sobre cómo dominar la naturaleza.

Durante meses yo intenté estudiar la llamada lengua enoquiana, y descubrí que Dee fue uno de los últimos sabios en mencionar unas misteriosas piedras que, en circunstancias especiales, favorecían comunicaciones como las suyas. Las llamó "adamantas" y a mí no se me escaparon sus vínculos con otras piedras comunicantes, como la Kaaba, las Tablas de la Ley, e incluso con la versión del Santo Grial de Wolfram von Eschembach (siglo XIII) donde se lo describe como una piedra "del más puro origen", probablemente meteórico.

Cuando encontré esos cabos sueltos supe que tenía una novela entre las manos. Las piedras de comunicación debían proceder de tiempos antediluvianos, cuando, según todas las tradiciones, el hombre aún hablaba con sus divinidades. Imaginé que esas piedras pudieron sobrevivir a bordo del Arca de Noé, y que para encontrarlas habría que llevar a mis personajes hasta el monte Ararat.

Para escribir, también yo subí el Ararat, desafiando sus 5.165 metros con César Pérez de Tudela. Sin embargo, no fue hasta esa tarde de julio en la que viajé a Compostela cuando la catedral me dio al fin su permiso para publicar El ángel perdido. Justo bajando las escaleras que dan a la fuente de los Caballos leí en un viejo y oxidado letrero de hierro: ángel. Otro ángel perdido.

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