04 junio 2012

El auge de las casas de empeños

Mientras su interlocutora escruta con atención la esfera del objeto, en el mostrador contiguo Iván, empleado de mantenimiento, deposita una esclava que lleva grabado el nombre de su pareja, dos alianzas de boda y una cadena con un medallón de la virgen, todo de oro. Sus pertenencias quedan custodiadas en una cajita de plástico precintada y, a razón de 14,24 euros por cada gramo, el propietario se lleva a casa 590 euros. 

Cada día se realizan entre 300 y 800 operaciones similares a ésta en el Monte de Piedad de Madrid, una institución de préstamo con más de tres siglos de historia ininterrumpida en la capital. Los tentáculos de la omnipresente crisis, cómo no, también han alcanzado la clásica entidad, que en 2011 incrementó su actividad un 11% en comparación con el ejercicio previo, con un total de 78.996 créditos concedidos. 

Eso sí, para poder acceder físicamente al interior del inmueble, situado en la madrileña plaza de Celenque, a escasos metros de la Puerta del Sol, es preciso atravesar el enjambre amarillo fosforito de los Compro oro que aturullan al personal con su cantinela de «pagamos el máximo», «pagamos el máximo». Se calcula que sólo el año pasado se abrieron unos 350 negocios de este tipo en la región, más interesados en la adquisición que en la custodia. 

«La gente que viene aquí lo hace principalmente porque confía en recuperar sus joyas», apunta como primera diferencia F. Javier Jiménez, director del Monte de Piedad, dependiente de Caja Madrid. De hecho, «apenas ha variado» el porcentaje de lotes (un 5%) que acaban en subasta pública porque sus propietarios no vuelven a recogerlos, según puntualiza. 

Y desgrana las ventajas de este tradicional sistema de obtener liquidez mediante el empeño de objetos: «La seguridad jurídica, con una normativa aprobada por el Banco de España; la facilidad de pago, con tipos de interés inferiores a los del mercado; la profesionalidad de los tasadores, que son todos gemólogos; y la transparencia, entre otras cosas, porque los posibles beneficios van directamente a la Obra Social de la entidad financiera». 

El perfil de los usuarios de esta entidad, a priori tan heterogéneo como el de los clientes habituales de cualquier sucursal bancaria, ha variado ligeramente en los años de recrudecimiento de la crisis. «Ahora hay un nuevo grupo, el de los profesionales autónomos que tienen que utilizar las joyas familiares como aval porque les han cortado todo el crédito», señala Jiménez. Esta circunstancia ha originado que de cada 10 prestatarios cuatro sean hombres y seis mujeres, cuando tradicionalmente la proporción era de 30-70%. 

La práctica que se mantiene es la de las personas a las que les llegan antes las facturas que los ingresos mensuales y empeñan durante sólo unos días una joya de oro o alguna pieza de cubertería de plata, que son los únicos objetos que ahora se aceptan en esta entidad. «Les sale más barato que tener una tarjeta de crédito», apuntan sus responsables. 

En el momento en el que los objetos llegan a la impresionante cámara acorazada del edificio, donde algunos madrileños se refugiaron durante los bombardeos de la Guerra Civil, sus propietarios tienen un plazo de un año para volver a recogerlos o renovar el préstamo. Las tasaciones de hasta 300 euros tienen un interés del 5%, del 6,75% hasta 900 euros y del 8% el resto. 

Las operaciones valoradas entre 12.000 y 30.000 euros, el máximo que se entrega, se estudian de forma más detallada. Al resto se le aplican los parámetros de un sistema informático en el que se tienen en cuenta variables como el peso de la pieza, su número de quilates en el caso de que sea de oro y la antigüedad. 

Según precisan en el Monte de Piedad, hay personas que en el momento en el que vence el préstamo siguen teniendo problemas económicos y deciden vender. La mayoría recogen sus joyas y se las llevan a establecimientos donde les ofrecen mayor precio. Cuando acaban en subasta pública, el valor de adjudicación suele ser entre tres y cinco veces inferior al de una joyería tradicional. Si aun así la cifra es superior al préstamo que se concedió a los propietarios, éstos reciben la diferencia.

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