26 enero 2013

El que paga siempre manda

«Al contrario. Compañeros nicaragüenses nos pidieron fondos para mantener a un miembro liberado del partido. Cuando les preguntamos que cuánto dinero sería preciso nos dijeron que 10 dólares al mes (cerca de 1.300 pesetas). No nadamos en la abundancia pero hasta ahí sí llegamos». El Partido Comunista de los Pueblos de España (PCPE) es, sin duda, el partido de la izquierda radical con las finanzas más saneadas. Recientemente, se embolsaron unos cuantos cientos de millones de pesetas tras la venta de su anterior sede, un edificio situado en la calle Saturnino Calleja. Pese a todo, mencionan como principio supremo del socialismo la destrucción de la propiedad privada.

En estos momentos, el partido ha adquirido una planta entera en la madrileña calle Desengaño, en la que hay sitio incluso para un coqueto salón de actos en el que hasta las mesas son rojas. Allí, ajenos al deambular de prostitutas, proxenetas, «voyeurs» y demás fauna humana que merodea por la zona, los dirigentes del PCPE tratan de explicarse, sin mucho éxito hasta el momento, las razones de la mutación sufrida por el Parnaso que representaba para ellos los países del Este europeo. El partido sufre aún la secuelas de la escisión sufrida hace escasamente un año, cuando su líder, Ignacio Gallego, decidió reintegrarse a la disciplina del PCE y con él una buena parte de sus cuadros. A consecuencia de ello, el PCPE abandonó la coalición Izquierda Unida en la que estaba integrado. Uno de los miembros de su comité ejecutivo, José Consolo, llega a comparar la situación rumana con la que viven cientos de miles de personas en Madrid, en el umbral de la pobreza. «Y no por eso -dice- se lían a tiros».

A su juicio, el comunismo no ha estado «petrificado» en los últimos años y afirma que los regímenes instalados en los países del Este en las últimas décadas «han sido formas básicamente válidas de construcción del socialismo». «Si los desastres económicos que han existido en estos países hubieran ocurrido en un país capitalista ¿Cuánto tiempo -se preguntahubiera tardado en estallar una crisis? La corrupción y el vivir bien de algunas élites ha sido infinitamente inferior a lo que se roba en cualquier país capitalista». Consolo no duda en aventurar que en el Este han actuado «fuerzas contrarrevolucionarias» y alerta sobre los peligros que representa el giro experimentado. «El capitalismo -dice- tiene una premisa básica: cambia los servicios por mercancías. En Polonia ha ocurrido ya con la primera subasta de pisos. Es decir, las casas no se adjudican al que la necesita sino al que más paga por ellas.

Es legítimo aspirar a más pero sin que te quiten lo que ya tienes». Una visión radicalmente diferente es la que mantiene Miguel Romero, uno de los principales dirigentes de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), una organización fundada en 1971 que quería recoger la experiencia de la LCR francesa y del Mayo del 68 a través de su inspiración trostkista. «Nosotros somos una corriente política que nació precisamente para decir que eso no era socialismo. Pero estos sucesos han hecho creer a la gente que el comunismo no tiene respuestas para los problemas de la sociedad y ello nos obliga a reorganizar las fuerzas y las ideas, a volver a imaginar el proyecto comunista». Eso sí, para Romero, «el comunismo no está acabado. No existe otra alternativa al capitalismo que un comunismo distinto al del Este, basado en la emancipación de la humanidad, el fin de las opresiones y la reconciliación del hombre con la naturaleza».

La LCR sigue pensando en la «revolución» como único camino en el que la violencia será finalmente inevitable. «En el momento en que exista una mayoría de la población que quiera una sociedad socialista, habrá una resistencia violenta por parte de los poderes constituidos. Entonces, defenderemos que el pueblo se arme, y nosotros nos armaremos con él». «La revolución -añade- es una carrera de fondo en la que nadie sabe dónde está la meta. Pero, en último extremo, lo que ocurre en el mundo nos da la razón. No hay nada mejor que leer el periódico todos los días para convencerse que merece la pena ser revolucionario».

En la sede del Movimiento Comunista (MC), los albañiles se aplican en dar los últimos retoques al local. Gotelé en las paredes y parquet en el suelo. El sistema de seguridad de la entrada está ya concluido. «Fachas obligan», como dicen algunos dirigentes de estas organizaciones cuyas sedes, en su mayoría, están dotados de algún mecanismo para prevenir visitantes inoportunos. Eugenio del Río está en el centro de una amplia habitación rodeado de los pósters que han hecho del MC, al menos en este aspecto, la fuerza más imaginativa y mordaz en sus críticas de las existentes. Para el MC, la desaparición de los regímenes del Este «es algo bueno. Sabíamos -dice Del Ríoque acabarían entrando en crisis porque carecían de apoyo popular».

Del Río propone un retorno a la inspiración socialista inicial «en donde no había una distinción clara entre socialismo, comunismo y anarquismo» y recuperar el sueño de una sociedad igualitaria «sin propiedad privada de los medios de producción». El MC, una federación de partidos surgida al margen del PCE, asegura ser la organización más fuerte de la izquierda extraparlamentaria. Desde hace algunos años ha renunciado a concurrir con sus siglas a las elecciones, pese a prestar su apoyo, en ocasiones, a diversas candidaturas. Del Río explica esta ausencia de las urnas afirmando que, en la actualidad, «no existe un electorado amplio y significativo al que podamos representar, salvo en Euskadi y, en cierta medida, en Galicia». «Sería engañarnos a nosotros mismos si pensásemos que hoy día en España y en toda Europa Occidental existen posibilidades de una revolución a medio plazo».

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